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Emprendimiento en zonas de conflicto

En el país hay organizaciones que se enfocan en extraer a jóvenes de la ilegalidad y en apoyar iniciativas de empresa para generar empleo en regiones afectadas por la violencia.

06 de septiembre de 2014 - 09:00 p. m.
Participantes de la escuela de emprendimiento estuvieron ocho días en Santa Marta para simular experiencias de trabajo en equipo. / Cortesía
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Un pueblo pequeño es “bueno pa vivir”, como dice Nubia Molina, una artesana de Ansermanuevo, en el Valle del Cauca. Lo bueno se acaba, sin embargo, cuando en ese lugar faltan oportunidades laborales y cuando, para completar, se está en medio de una zona de conflicto.

Nubia es la presidenta de Asocalan, una asociación de mujeres cabeza de hogar que trabajan la tela con la técnica del bordado y el calado. “Aquí (en Ansermanuevo) calan las mujeres, los hombres y los niños”, dice. Es parte de su tradición. Los jóvenes llegan del colegio a ayudar a sus mamás, porque con eso “se compra el mercadito y se paga el arriendo”. Pero luego, esas nuevas generaciones terminan de estudiar y se enfrentan a un mundo laboral y un panorama de oportunidades reducidos. “Hay violencia y droga. Los jóvenes estudian, pero luego salen y no hay nada que hacer”, concluye Nubia.

Jorge William Ortiz es mimo y recreador. Es de Monterrey, Casanare, y toda su vida ha sido empleado, desempeñándose como vigilante. En la cabeza, a pesar de todo, siempre tuvo la idea de formar su propia empresa de recreación, arte que aprendió empíricamente. Al igual que en muchos “pueblos pequeños”, y sobre todo en aquellos envueltos por la guerra, en el suyo no había encontrado la posibilidad de sacar adelante su proyecto.

De Ansermanuevo y todo el norte del Valle se despliega un historial lamentablemente atravesado por la palabra narcotráfico; de los Llanos Orientales, otro de paramilitarismo y procesamiento de cocaína. Las buenas ideas, los saberes y los talentos difícilmente pueden materializarse sin apoyo y educación.

“Ser parte de la base de la pirámide no limita a las personas para tener una idea de emprendimiento, pero sí las limita para hacerla realidad”, dice Nelson Guzmán, director ejecutivo de Caja de Herramientas, una consultora en gestión y responsabilidad social empresarial que decidió consolidar su experiencia en asesoraría de proyectos en una escuela de emprendimiento. Allí se formó Jorge William, quien está ultimando los trámites para que su negocio de recreación comience a operar. Ortiz, además, ha podido empezar a transmitir su conocimiento capacitando a diez personas más.

Fundacolombia es otra de las iniciativas que se encarga de no desaprovechar las capacidades y los talentos de personas en zonas rurales y que han estado marcadas por un pasado de violencia. “El propósito es mitigar los impactos del conflicto armado”, dice Juliana Rubiano, directora ejecutiva de la institución. Fundacolombia comenzó siendo beneficiaria de The Coca-Cola Foundation, hasta que en 2012 tuvo que dar un giro y aplicar lo que a sus alumnos les había enseñado: ser autosostenibles.

Una de las formas que encontraron para recaudar fondos fue la iniciativa de Colombia Consciente, una estrategia para trabajar de la mano con artesanos que puedan transmitir saberes y técnicas que estén en peligro de extinción. Uno de ellos fue la asociación de 22 mujeres en Ansermanuevo. Las madres cabeza de hogar recibieron capacitación y los conocimientos en diseño, comercialización, sostenibilidad y servicio al cliente que da la fundación.

Lo que tienen en común estas dos organizaciones es la directriz de, según gestores, diseñar las estrategias de acuerdo con los contextos. Nelson Guzmán afirma que para ser exitoso no es indispensable incursionar con una idea nunca antes desarrollada. “Se puede hacer lo que otro hace, pero hacerlo mejor”. Es por eso que en la escuela de emprendimiento se apoyan proyectos tradicionales como panaderías, zapaterías o incluso gimnasios, que en ciudades intermedias y pequeñas pueden ser una innovación. “Por lo básico del servicio tienden a ser de alto consumo y, por lo tanto, ayudan a fortalecer la economía local”, agrega Guzmán.

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“No queremos sacar a las personas de su asociación y sus saberes”, dice Juliana Rubiano. Por esa razón, en el caso de las mujeres de Ansermanuevo, ellas se mantuvieron organizadas en su esquema, trabajando ocasionalmente para Colombia Consciente, quienes distribuían sus productos a través de Artesanías de Colombia y joyerías en ciudades como Cartagena. Más del 90% de los ingresos es para los artesanos. “Nos aportó económicamente y aprendizajes. Crecimos como personas e incluso solucionamos problemas de convivencia”, cuenta Nubia.

Fundacolombia, además, se enfoca en la consolidación de un proyecto de vida desde temprana edad. Para Juliana Rubiano, lo principal es empezar a generar la autorreflexión en los niños y que se pregunten qué quieren ser cuando grandes. Por esa razón, desarrollaron una metodología para aplicar en colegios, públicos y privados, de todos los niveles socioeconómicos, que se llama ‘Diario mi proyecto de vida’. Allí los estudiantes consignan sueños, metas, sentimientos y amistades que construyen a lo largo de la vida escolar. La idea es que los estudiantes mantengan ese diario durante primaria y bachillerato, y que al final puedan ver y reflexionar sobre su proceso.

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Asimismo, hay cartillas para profesores y padres. Para estos últimos, incluso, hay material diseñado para adultos que no saben leer y escribir, y que, de todas formas, a través de imágenes y recortes, puedan acompañar el desarrollo de sus hijos. Al final, el acompañamiento psicológico para los jóvenes, según Rubiano, empata con las competencias para el trabajo.
“La idea es competir con los grupos armados para quitarles los muchachos y llevarlos a la legalidad, a generar sus propios recursos e insertarse laboral y socialmente”, dice Juliana Rubiano. Y no es para menos. Según el Registro Único de Víctimas, entre 1985 y 2012, 2’520.512 niños fueron desplazados; 70 fueron víctimas de violencia sexual; 154, de desaparición forzada; el mismo número de menores fueron asesinados y 342 cayeron en minas antipersonales.

El director de Caja de Herramientas afirma que al trabajar en proyectos para la base de la pirámide, enfocados a adultos, muy fácilmente se cae en el error de infantilizarlos. “Sin importar su condición socioeconómica, para nosotros esa persona es un empresario”. En la escuela de emprendimiento, con sedes en Tauramena, Monterrey, Vistahermosa y Santa Marta, los alumnos participan en un seminario de liderazgo “para identificarse y autorreconocerse como líder, y que la solución no sea buscar trabajo en una estructura que a alguien más se le ocurrió, sino más bien jalonar a otros y generar empleo”, añade.

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Luego viene el curso de formación empresarial, en donde se enseña sobre las funciones que tiene que desempeñar un empresario. “Muchas veces ellos se concentran en el producto y el servicio, pero no en la condición de jefe”, dice Nelson Guzmán. De manera que se familiariza a los estudiantes con el componente burocrático de hacer empresa: expedir licencias, permisos, llevar las finanzas y consolidar un plan de negocios. “Se dan conocimientos básicos en derecho, como celebrar un contrato, y aspectos tributarios”.

Finalmente, hay un simulador de la creación de la empresa que recoge lo aprendido y se conjuga con pruebas de trabajo en grupo. “Se hacen actividades que reflejen lo que sucede en el entorno empresarial. Hay juegos de roles y de azar. Luego se analiza cuál es la actitud frente al fracaso, qué tantos riesgos se toman y si se trabaja en equipo; o si para construir una torre hay una estrategia y se designa a un coordinador; y se ve con quiénes se asocian: con el más arriesgado o el más precavido”, explica Guzmán.

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Para Jorge William la experiencia fue de “formación de empresa y autoestima”. De acuerdo con él, el principal problema de su región no tiene nada que ver con las condiciones del entorno, sino “creer que no se puede” y desconocer que “hacer empresa no es complicado”.

Caja de Herramientas funciona por contratación del Gobierno y a través de programas de responsabilidad social de empresas, sobre todo petroleras y mineras, con presencia en los Llanos. Y, en definitiva, para Guzmán, la idea es hacer partícipes a los “excluidos” por esa actividad económica, en municipios con poco desarrollo económico y donde la constante es el comercio informal. En los dos últimos años se han recibido cerca de $1.000 millones para apoyar emprendimientos, con una inversión de $30 millones en promedio para cada uno.
Uno de los miedos podría ser, por supuesto, que, debido al contexto de conflicto y violencia en donde estas iniciativas quieren surgir, el proceso se eche a perder. Para Guzmán, sin embargo, “el emprendimiento es la solución al conflicto”.


mmedina@elespectador.com
@alejandra_mdn

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