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¿Por qué resulta problemática la visión que Elon Musk tiene de Twitter?

La oferta de compra de Elon Musk por Twitter parece no satisfacer a algunos inversionistas, analistas de medios y defensores de la libertad de expresión. ¿Por qué es tan problemática la visión del multimillonario sobre Twitter?

15 de abril de 2022 - 09:00 p. m.
La oferta de Musk por Twitter es de US$43.000 millones. / AFP.
Foto: AFP - OLIVIER DOULIERY
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Este jueves, Elon Musk puso en firme una oferta para comprar la totalidad de Twitter, la red social que suele utilizar para quejarse, entre otras cosas, de Twitter. Después de convertirse -temporalmente- en el principal accionista de la compañía y rechazar un puesto en su junta directiva, el empresario aseguró que puede ofrecer unos US$43.000 millones para privatizar la compañía (que hoy se cotiza en la bolsa).

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Musk es el fundador de Tesla, uno de los principales jugadores en el terreno de los carros eléctricos, así como de SpaceX, uno de los principales fabricantes de cohetes espaciales hoy en día. Además, es la persona más adinerada del mundo.

Con estas credenciales, una oferta para comprar Twitter y solucionar sus problemas con la libertad de expresión -Musk opina que la plataforma la limita- pareciera un negocio hecho y, acaso, bienvenido. No tanto.

Las acciones de Twitter descendieron 2 % en las negociaciones de este jueves, cuando típicamente lo que sucede cuando hay una oferta de este tipo es que los títulos suban al precio por el cual están siendo ofertados en la posible compra (en este caso es US$54,20). Claro, este es el escenario tradicional cuando los inversionistas y el mercado tienen una opinión favorable de la oferta. Y parece no ser el caso: el precio de cierre de los títulos para este jueves fue de US$45,08.

Lea: Junta de Twitter se defiende de la oferta de compra de Elon Musk.

¿Qué preocupa del plan de Musk?

Varias cosas parecen no cuadrar de a mucho con el proyecto de Musk. Lo primero y más inmediato son los asuntos financieros, pues hay quienes piensan que Twitter vale más de lo que refleja la oferta del billonario. En una nota para inversionistas reportada por Bloomberg, uno de los analistas dijo que los US$54,20 ofrecidos por Musk resultan muy poco cuando se tiene en cuenta que las acciones de la red social llegaron a US$70 hace menos de un año.

Algunos inversionistas apoyan esta visión, como el príncipe saudí Al Waleed bin Talal, quien a través de Twitter se describió como uno de los mayores accionistas, y de más trayectoria, en la compañía y dijo que “no creo que la oferta de Elon Musk siquiera se acerque al valor intrínseco de Twitter al tener en cuenta su prospecto de crecimiento”. Vale la pena decir acá que la corona saudí puede no ser la mejor institución para defender la libertad de expresión o la apertura de la información.

La junta directiva de la red social publicó su respuesta oficial: un plan que, cuando menos, le da más tiempo para negociar y no acepta de entrada la oferta de Musk. La junta empleará una serie de maniobras que podrían terminar por incrementar el precio de las acciones, lo que diluiría el atractivo de la oferta de Musk. En pocas palabras, la idea es que si insiste en comprar la operación salga tan cara como para disuadirlo de tomar este camino. Y también abre la puerta para encontrar más oferentes.

Por otro lado, tampoco hay claridad absoluta de dónde saldría el dinero para adquirir Twitter, pues si bien Musk es obscenamente rico, buena parte de su riqueza está atada a sus acciones en Tesla. Por asuntos regulatorios, los miembros de la junta directiva de esta compañía solo pueden utilizar 25 % de los títulos que poseen como garantía para adquirir préstamos. Hay más opciones, como firmas de capital privado o acudir a la banca.

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Este último punto tiene algunos matices, pues una operación de este tipo, al menos en EE. UU., solo podría ser apoyada por nombres grandes como Bank of America y JP Morgan. El punto acá es que, al menos en este último caso, las relaciones entre el banco y Musk están en malos términos por cuenta de una demanda que el banco interpuso en contra del billonario por una serie de mensajes (en Twitter, además) que, según los banqueros, afectaron las acciones de Tesla.

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Los mensajes a los que el banco hace referencia datan de 2018, cuando Musk aseguró que tenía el dinero para privatizar Tesla, lo que llevó a que las acciones subieran en el mercado. La privatización nunca sucedió porque, sorpresa, el tal dinero no existía (o al menos no estaba disponible para esa operación, cuando menos). Los títulos sufrieron una pérdida y JP Morgan no quedó contento con todo el asunto, por decirlo de cierta forma.

Este episodio también sirve para ilustrar otro punto que tampoco parece cuadrar en la oferta de compra de Twitter: Musk, más allá de ser enigmático y genial, como es descrito por muchos, no es particularmente adepto a seguir códigos de conducta corporativa. Más que rebelde, varios de sus encontrones con las autoridades regulatorias parecen más como pataletas, solo que en su caso cuestan dinero y conllevan riesgos más grandes por el enorme poder que el empresario detenta en un sistema social que descansa en buena parte sobre la santidad del dinero.

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Y es por esta vía que se llega al que quizás es el punto más problemático del plan de Musk: nadie sabe muy bien qué quiere hacer exactamente con Twitter, una plataforma que sirve a más de 200 millones de usuarios en todo el mundo. Y si bien esta cifra palidece frente a los números de usabilidad de Facebook, no por ello significa que esta red social deja de estar profundamente incrustada en el tejido cultural y social de muchos países.

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“Los titulares sobre Musk y Twitter son todos variantes de ‘¿Qué hará Elon?’. Es una señal de lo perdidos que estamos. Nos obsesionamos con un hombre y sus caprichos”.

Las palabras son de Shoshana Zuboff, profesora emérita de la Escuela de Negocios de Harvard e investigadora en temas de privacidad e información digital, y van al grano de uno de los aspectos que más preocupa.

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Parte de lo que Musk dice que hará con Twitter es algo así como liberar el potencial de la plataforma como una herramienta de la libertad de expresión. Esta línea de argumentación es curiosa, cuando menos, porque, en el fondo, señala hacia una cierta represión y censura que, en boca del hombre más adinerado del mundo, no termina de cuadrar para algunos.

Poco después de que Twitter vetara al expresidente Donald Trump luego del asalto al Capitolio de EE. UU. (bajo el fundamento de incitar a la violencia), Musk tuiteó: “Muchas personas van a estar muy molestas con que la alta tecnología de la costa Oeste sea el árbitro de facto de la libertad de expresión”.

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Privatizar la empresa no pareciera resolver, bajo prácticamente ninguna medida, el problema de moderación de contenido con el que lidian hoy en día las redes sociales. Retener control solo pareciera garantizar eso: la posibilidad de hacer lo que sea. Y, al menos hasta el momento, poco se sabe de qué haría Musk con ese nuevo poder.

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“De la misma forma como el señor Zuckerberg (fundador de Facebook) se recuesta en la ‘libertad de expresión’ para justificar los flujos de información corrupta e impulsar la extracción de datos, el señor Musk se presenta en el escenario con la misma retórica”, escribió Zuboff.

Ahora bien, el punto de fondo acá es que una plataforma con el valor y uso de Twitter no debería estar en manos de multimillonarios, como ha sucedido hasta ahora con gente como Jack Dorsey (cofundador y ex-CEO de Twitter): no debería ser tecnología que descanse sobre los hombros de una o un par de personas con inmenso poder económico (y político, de paso).

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Lo más problemático acá es el paso de un tipo como Dorsey a uno como Musk; reportes no oficiales aseguran que Dorsey venía trabajando desde hace un tiempo con el actual CEO, Parag Agrawal, para descentralizar la plataforma, no para privatizarla aún más.

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El asunto Twitter no parece estar resuelto bajo ninguna medida. Con la respuesta de la junta se abren más caminos de negociación, incluso que aparezca otro inversionista dispuesto a comprar la compañía.

Sin embargo, la oferta de Musk, para algunos académicos e investigadores de política digital, así como activistas de la libertad de expresión, no suena a buenas noticias.

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Jeff Jarvis, uno de los expertos en medios más reputados del mundo, lo resumió de esta forma: “Hoy en Twitter se siente como la última noche en un bar de Berlín en el ocaso de la Alemania Weimar”.

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