A dos semanas de la aprobación de un salvavidas para las finanzas griegas, aún no amaina el temor sobre el futuro del euro. Una vez superado el obstáculo de Atenas, las autoridades económicas de la Unión Europea (UE) se centran en un problema que, ahora sí, puede comprometer la estabilidad de su moneda: la crisis española.
Desde inicios de 2010 los números ibéricos sólo han traído malas noticias. Mientras las principales economías del continente reportaban crecimientos e inspiraban reportes positivos sobre recuperación económica, el gobierno del primer ministro español, José Luis Rodríguez Zapatero, debía enfrentarse a un retroceso del 3,6% en el crecimiento del PIB en 2009.
Sus pecados se remontan hacia principios de la década: un auge inmobiliario que trajo consigo múltiples proyectos de construcción, inversiones extranjeras y filas en los bancos para solicitar créditos de consumo, que después de 2008, con el estallido de la crisis financiera mundial y de la burbuja hipotecaria, no pudieron pagarse.
Como consecuencia, los precios escalaron, muchos obreros se quedaron sin empleo y los capitales del exterior volaron a otras tierras. Estimular nuevamente la economía no ha sido una tarea fácil, pues el gobierno se ha tropezado con poderosos sindicatos que defienden a todo dar las políticas estatales de protección a los empleos. La disputa, que ha ocasionado la intervención del rey Juan Carlos de Borbón, continúa mientras el país es azotado con una tasa de desempleo del 20%.
Y si bien el salvavidas griego supone que Europa no dejará a Madrid hundirse en sus problemas, el desprecio en el seno de la eurozona hacia aquellas economías (que, paradójicamente, eran modelos a seguir en el pasado) se ha hecho claro en la redacción del mismo plan: no todos los miembros aportarán el dinero.
Los análisis apuntan a una auténtica crisis europea. Paul Krugman, Nobel de Economía en 2008, aseguró en su blog del diario The New York Times que si Madrid tuviera su propia moneda, en los tiempos aciagos habría podido aplicar medidas devaluatorias para salir del agujero actual. En nuestro medio, economistas como Roberto Steiner, de Fedesarrollo, creen que la estricta política monetaria de la eurozona, que mantuvo las tasas bajas en tiempos de inflación alta, contribuyó al resultado actual.
La animosidad de los países más fuertes de Europa, Alemania y Francia, puede ir contra el bienestar monetario comunitario. El término recientemente acuñado de Piigs (cerdos, en inglés), que describe a las economías que necesitarán planes de ayuda (ver recuadro), no es buen indicativo de lo que le esperará, de aquí en adelante, a la consistencia del euro.
Un futuro no muy brillante cuando las calificadoras de riesgo consideran negativa la deuda de Portugal, al tiempo que Irlanda trabaja en un millonario rescate bancario e Italia lo hace a toda marcha para reducir su déficit fiscal.