La guerra de Rusia contra Ucrania no solo presenta un pronóstico sombrío en el aspecto humanitario, sino también en su potencial impacto económico a escala global.
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Además de un alza en materias primas como níquel, paladio, trigo y maíz, el conflicto ha incrementado drásticamente los precios del petróleo a un nivel que, en este punto, pareciera estar contrayendo la demanda de este combustible.
Lo que no solo es una eventual mala noticia para los productores de crudo, sino que bien podría representar un campanazo de una recesión global que se está cocinando al son de la artillería y los misiles rusos que arrasan con un país entero.
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El petróleo es uno de los alimentos principales en la cadena de producción de energía, pero también es un insumo fundamental en una larga lista de industrias y productos que abarca desde la producción de plásticos hasta químicos. Una menor demanda implica, desde cierto punto, menos actividad económica, y es por ese camino que la palabra recesión comienza a ser pronunciada.
El billonario Carl Icahn, una de las figuras más relevantes en el panorama financiero mundial, dijo este lunes que una recesión “o algo peor” puede estar en las cartas para este año. Las palabras de Icahn no han sido las únicas en advertir la posibilidad de este escenario.
La Reserva Federal de Dallas publicó esta semana un análisis en el que concluyen que si la mayoría de las exportaciones energéticas rusas salieran del mercado, la posibilidad de una caída económica global comenzaría a parecer “inevitable”.
Hay que recordar en este punto que este mes Estados Unidos vetó las importaciones de productos energéticos rusos, como petróleo, gas y carbón. Algo similar hizo el Reino Unido, al prohibir las compras de crudo ruso (aunque seguirá recibiendo, por el momento, el gas que venga de ese país, pues sigue siendo dependiente de ese combustible).
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Mientras tanto, la Unión Europea (UE) anunció que reducirá en dos tercios sus compras de gas ruso para finales de este año, con la mira a tener independencia energética de Rusia para finales de esta década.
Para Nicolas Daher, analista de la Unidad de Inteligencia de The Economist, la guerra de Rusia en Ucrania “no solo está afectando la destrucción de los suministros de la energía, sino que además está generando incertidumbre en los mercados globales de la energía, ejerciendo incluso una mayor presión en los precios, que están alcanzando máximos sin precedentes”.
Ahora bien, el tema es que reemplazar los barriles rusos es una operación tan delicada como lenta, hasta un punto: pocos países pueden entrar a suplir parte de lo que Rusia dejará de aportar en la ecuación energética, tanto a escala global como para mercados determinados.
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Rusia produce cerca del 40 % del gas que se consume en Europa y representa el 16 % del suministro de este combustible a escala global. Además, es el tercer productor de petróleo en el mundo: antes de que estallara la guerra en Ucrania, se calcula que las exportaciones rusas de crudo y productos refinados cubrían alrededor de 7,5 % de la demanda mundial de petróleo.
Y este desajuste entre oferta y demanda (que hoy se expresa en precios altos) pareciera estar impactando fuertemente la demanda, de acuerdo con cifras de la Agencia Internacional de Energía (AIE).
En un informe publicado esta semana, la Agencia prácticamente da por descontado que el próximo mes se van a evaporar cerca de la mitad de los ocho millones de barriles diarios que Rusia pone en los mercados internacionales.
El impacto global de esto será que, bajo los cálculos de la AIE, la demanda de petróleo bajará en 1,3 millones de barriles entre el segundo y el cuarto trimestres de este año, frente a los estimados que tenía la entidad en febrero. En otras palabras, el apetito global por este producto energético llegará a 99,7 millones de barriles diarios para el año, en comparación con los 100,5 millones que anticipaba en febrero.
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Aunque estas son proyecciones, con posibilidades de fluctuar en cualquier sentido, el fenómeno de fondo que guía el análisis de la AIE es la ralentización económica causada por la guerra y que, de nuevo, incluye otros productos claves en una serie de industrias (metales pesados para fabricación de carros y baterías eléctricas, por ejemplo), así como alimentos y fertilizantes que, a su vez, impulsan las cadenas del agro en el ámbito mundial (en momentos de alzas en inflación en prácticamente todo lado).
La Agencia alertó esta semana de la posibilidad de ocurrencia de “la mayor crisis de oferta en décadas”. Y a la hora de revisar soluciones (y, tal vez, apuntar hacia posibles responsables) señaló en dirección hacia la OPEP +, la alianza de los principales productores de petróleo, en la que el símbolo + corresponde a Rusia (pues no es un miembro oficial, sino una especie de agregado en el cartel).
Los cálculos de entidades como la AIE y la propia OPEP dan cuenta de que solo Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait pueden responder prontamente al llamado mundial de tener más petróleo.
Uno de los problemas aquí es que este escenario depende de un acuerdo de voluntades en el interior de la OPEP +, que en su más reciente reunión decidió no subir su producción más allá de la meta trazada anteriormente (unos 400.000 barriles diarios). El incremento fue calificado por la AIE como “modesto”.
La AIE ya realizó una liberación de reservas estratégicas de sus países miembros, con el ánimo de estabilizar los precios y dijo estar preparada para repetir la dosis de este procedimiento: más que una salvación, es una medida de emergencia en medio de una tormenta que no pareciera ser temporal.