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Tres décadas de avances y desigualdades laborales en América Latina y el Caribe

El BID presentó un informe sobre los mercados laborales en América Latina y el Caribe: más educación y mujeres trabajando, mayores ingresos, pero también informalidad persistente, baja productividad y desigualdades que frenan el bienestar de los trabajadores.

03 de agosto de 2026 - 09:00 p. m.
Una mujer revisa bananos en una plantación en Apartadó, Antioquia. Imagen de referencia.
Foto: Bloomberg - Agencia Bloomberg
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En América Latina y el Caribe los mercados laborales han rebotado entre avances y estancamientos. De acuerdo con el informe “Hacer que los mercados laborales funcionen: mejorar la productividad y el bienestar de los trabajadores en América Latina y el Caribe”, del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), aún queda mucha tela por cortar para garantizar un cambio en la estructura. Este cambio permitiría aumentar las condiciones de trabajo dignas y disminuir las desigualdades laborales.

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Según las autoras del informe, “casi la mitad de los trabajadores carece de cobertura de seguridad social y el empleo informal es frecuente incluso dentro de empresas formales”. Además, hay poca estabilidad laboral en la región, lo cual implica directamente una baja productividad en los jóvenes que ingresan al mundo laboral.

Pero la desigualdad no se queda ahí, también reside en la distribución o, más bien, poca distribución de estos avances en cada rincón del continente.

Para el caso colombiano, estos rezagos en avances han sido identificados por otras voces. Marcela Meléndez, directora ejecutiva de Fedesarrollo, y Marcela Eslava, economista e investigadora de la Universidad de los Andes, aseguran que “el desempeño histórico del país ha sido pobre en ambos frentes: ha exhibido un crecimiento lento que lo mantiene con las mismas brechas de ingreso que tenía cincuenta años atrás frente a los países ricos, y tiene el dudoso honor de clasificarse entre los países con mayor desigualdad de ingreso en el mundo”.

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El auge de las microempresas y el meollo en la baja productividad

El informe indica que el empleo en la región ha estado focalizado en las empresas pequeñas y de baja productividad, incluso también en el trabajo independiente. En el 2024, el 46 % de las y los trabajadores de los 12 países de la región trabajaban como independientes o en microempresas. El porcentaje queda en 50 % si se tienen en cuenta aquellos que trabajaban en negocios familiares sin ser remunerados económicamente.

Esta cifra es inmensa en comparación con países con economías más productivas. En países europeos, por ejemplo, solo el 9 % tenía trabajo como independiente y el 43 % de los trabajadores estaban vinculados a grandes empresas.

“Esta distribución del empleo es importante porque las empresas más pequeñas tienden a ser considerablemente menos productivas. La asignación de una proporción desmedida de la fuerza laboral a empresas de baja productividad reduce la productividad agregada y desacelera el crecimiento económico”, dicen las investigadoras y el investigador del informe: Carolina González Velosa, Auri Minaya, María Teresa Silva Porto y David S. Kaplan.

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La propuesta del BID para fortalecer el bienestar de las y los trabajadores y, al mismo tiempo, aumentar la productividad en la región es clara: las políticas laborales son fundamentales para transformar el mercado laboral de base. Políticas que impulsen “el acceso al financiamiento, las inversiones en infraestructuras y educación, y los marcos tributarios y regulatorios que promuevan la innovación y el desarrollo”.

Frente a este panorama, el informe sostiene también que la narrativa en América Latina y el Caribe debe cambiar. Según el informe, se debe tener en cuenta el punto medio entre los discursos “protrabajadores” y aquellos “proempresas”. Por ejemplo, los aumentos de los salarios mínimos son primordiales para la calidad de vida y condiciones dignas de las y los trabajadores, y al mismo tiempo, “pueden contribuir a que una mayor proporción de ellos se emplee en empresas de elevada productividad”.

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¿Por qué proponen una transformación de la estructura del mercado laboral latinoamericano y del Caribe? Porque desde la estructura parten las oportunidades de empleo y la calidad de las condiciones laborales. En nuestro caso, las mejoras en el mercado laboral se han distribuido desde la desigualdad que caracteriza a la región: el acceso a empleos de calidad, ingresos y seguridad social ha dependido (histórica e injustamente) del sexo, grupo étnico, edad, nivel educativo y lugar de residencia.

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Avances lentos pero positivos: educación, mujeres e ingresos

Entonces sí, queda mucha tela por cortar, pero es importante reconocer lo que sí ha mejorado. Durante los últimos 30 años ingresaron más personas al mercado laboral, pero también con mayores niveles educativos. “Los jóvenes que acceden actualmente al mercado laboral poseen niveles educativos muy superiores a los de generaciones anteriores”, afirman las investigadoras. En el 2006, quienes ingresaban al mundo laboral con educación superior representaron el 11 %, mientras que en el 2024 esta cifra aumentó al 18 %. Colombia, de hecho, sobrepasó el 15 %.

Ahora bien, un mayor acceso a la educación le abrió paso a las mujeres para que se incorporaran en la fuerza laboral durante estas tres décadas. Según el informe, entre 1991 y el 2024, el promedio de la participación femenina en la región aumentó del 49 % en mujeres entre los 15 y 64 años.

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Otro aspecto importante es el aumento del ingreso laboral real por trabajador en la región. Este ingreso es lo que se recibe directamente, es decir: los sueldos, salarios, bonos y prestaciones. El incremento que hubo del 18 % es positivo, pues cualquiera de estos incrementos contribuye a disminuir la pobreza laboral.

Aun así, este crecimiento en la región de ingresos laborales reales que reciben los trabajadores presenta dos retos. Por un lado, la lentitud con la cual ha venido aumentando en los últimos 30 años; por otro, las cifras diferenciadas en cada país de la región. En Colombia se registró un aumento del ingreso laboral real adquirido, mientras que en otros países como Guatemala fue lo opuesto.

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El debate actual: la tecnología en este cuento

La inteligencia artificial (IA) no solo está preocupando a las personas de la región, sino que también ha transformado el mercado laboral. Las vacantes destinadas a labores más rutinarias han disminuido, puesto que estos trabajos tienen mayor posibilidad de automatización. Desde el BID determinan que la mayoría de empleos en la región hacen parte, justamente, de estas labores más rutinarias.

A pesar de estas predicciones, el impacto de la inteligencia artificial aún no es tan evidente.

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Algunos estudios afirman que el uso de la IA puede fomentar la productividad en un puesto, pero otros también determinan que, cuando la IA puede realizar la mayoría de las tareas de ese cargo, el empleo dentro de la empresa disminuye alrededor de 14 %. En cambio, cuando la IA afecta solo a unas pocas funciones, el empleo puede aumentar. Es decir, el efecto no es uniforme: depende de qué tanto puede reemplazar o potenciar.

La exposición de los puestos a la IA en América Latina y el Caribe sigue siendo baja, pero hay grandes chances de que aumente en los siguientes años. Según el informe, la exposición se refiere no solo al uso, sino también a la probabilidad de que un empleo sea reemplazado por las tecnologías.

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“El 83% de los empleos de México presenta una exposición baja a la IA y solo el 5%, una exposición alta. En un horizonte de diez años, la exposición aumenta y alrededor del 30% de los empleos pasa a estar altamente expuesto, una proporción similar a la de Estados Unidos”.

La pregunta central que se hace el informe con respecto a este tema es si el uso de la inteligencia artificial que sustituye la mano de obra realmente está aumentando la productividad o si eso es únicamente una ventana abierta para que las empresas eviten pagar impuestos sobre el trabajo y la seguridad social. Si realmente aumenta la productividad, los empleadores e instituciones tendrían que blindar a las y los trabajadores para que no asuman el costo de esta transición.

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Por Sophie Echappé Palomino

Comunicadora social y politóloga con énfasis en periodismo e investigación para la paz de la Pontificia Universidad Javeriana. Fotógrafa por afición. sechappe@elespectador.com
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