Cada tercera semana de enero las calles de Davos, un apacible pueblo suizo cercano a la frontera con Austria, son ocupadas por numerosos periodistas con sus cámaras fotográficas y antenas de televisión, por vehículos elegantes que transportan a ejecutivos, millonarios y gobernantes a reuniones exclusivas, por activistas que protestan contra la globalización y proclaman una repartición más justa de la riqueza mundial.
Desde hace 40 años, el Foro Económico Mundial, celebrado en Davos, se convierte en la cita obligada de los hombres de negocios, las élites financieras, los gobiernos democráticos (incluso los no tanto) y de los académicos para medirle el pulso a la economía mundial.
“Aunque no se toman decisiones determinantes, es el lugar en donde las élites económica, financiera y gubernamental forman opinión. Allí se generan consensos que no necesariamente son universales”, explica Mauricio Pérez Salazar, decano de Economía de la Universidad Externado de Colombia.
Paradójicamente, fue su tranquilidad la que convirtió a Davos en el centro de atención del planeta. “Cuando lo iniciamos, era un pequeño plan familiar, con no más de 400 personas concentradas principalmente en asuntos de administración. Y en esos días podíamos pasar dos semanas enteras metidos en reuniones”, recordó Klaus Schwab, el profesor universitario que en 1971 tuvo la idea de crear un foro de empresarios europeos con el fin de discutir las prácticas de negocios empleadas por las compañías norteamericanas, en una entrevista con el Financial Times.
Era un sitio clave dentro de un territorio neutral e imparcial, un pueblo lo suficientemente pequeño como para garantizar la seguridad y tranquilidad de sus asistentes, cercano al aeropuerto de Zürich y reconocido por sus hoteles y su centro de conferencias.
Pero la tranquilidad tan sólo duró dos años. La crisis petrolera que causó una escalada en los precios internacionales y la suspensión del sistema de conversión entre el oro y el dólar (conocido como Bretton Woods), hicieron que la agenda de los encuentros fuera liderada por el contexto político que podría transformar radicalmente la forma de hacer negocios en el mundo. Primero fueron las relaciones entre los centros de poder y las periferias, después el mundo que se configuraría con la caída del Muro de Berlín y, de a poco, la eliminación de la pobreza en el planeta, el cambio climático y el colapso del sistema financiero en 2008.
“Este año, en lugar de mirar las consecuencias de la reciente crisis, nos ocuparemos de definir la nueva realidad y en discutir las normas compartidas que se necesitan para la cooperación en esta nueva era”, anunció Schwab esta semana en rueda de prensa, durante los preparativos de la edición número 41 del Foro, la cual, además de buscarle una salida definitiva a la Ronda de Doha (las negociaciones para la liberalización del comercio), también debatirá el papel que desempeñan las economías emergentes en las finanzas de hoy en día.
De hecho, los protagonistas principales no serán Ángela Merkel, canciller alemana, ni Robert Zoellick, presidente del Banco Mundial, ni mucho menos Dmitri Medvedev, mandatario ruso (quien pronunciará el discurso de bienvenida). El tema de conversación será la ausencia de los gobernantes de China e India, las naciones que están transformando la economía global gracias a sus flujos de inversiones y exportaciones.
“Se decía que Davos era una reunión de los dueños el mundo. Pero el mundo está cambiando de dueño. Los líderes de las economías emergentes eran invitados pintorescos; hoy son huéspedes de honor. Davos, como la economía mundial, se está convirtiendo en reunión de nuevos ricos”, dice Alejandro Gaviria, decano de Economía de la Universidad de los Andes.
Este año, en la lista de invitados aparecen 1.400 altos ejecutivos de las principales compañías del globo, entre las cuales habrá una amplia presencia de intereses provenientes de Asia y de América Latina. Después de todo, el mundo sigue tomando nota de las medidas adoptadas por la región que impidieron un profundo impacto de la crisis en sus finanzas.
También se dice que en los próximos años el crecimiento mundial tendrá como protagonistas a Brasil, México, Chile y Argentina. E, incluso, a Colombia.
“Hay que estar en Davos porque otorga prestigio y puede hacerse ‘networking’, o sea, establecer contactos de primer nivel”, comenta Pérez, y añade: “Es curioso, los países europeos están sufriendo las mismas enfermedades que afectaron la economía latinoamericana a finales del siglo XX. La región está protagonizando un cambio en las finanzas mundiales”.
Uno que en el caso colombiano se explica con el aumento del 31% en los flujos de inversión extranjera directa entre 2009 y 2010, los cuales totalizaron US$9.483 millones. Dineros concentrados en petróleo y carbón, los combustibles de la economía en transformación.
Precisamente, entre los encuentros que se sostendrán desde el próximo miércoles en Davos sobresale un conversatorio llamado “La década de América Latina”. Será un espacio en donde los presidentes de México, Felipe Calderón; de Panamá, Ricardo Martinelli; y de Colombia, Juan Manuel Santos, explicarán por qué el mundo deberá ir tomando clases de español y portugués.