La búsqueda de petróleo y gas natural siempre ha implicado un cierto nivel de riesgo. Después de todo, la inmensa mayoría de las reservas están atrapadas bajo la corteza terrestre, retenidas por una inmensa capa de roca a manera de sobrecarga.
Cuando esas reservas son penetradas por la mecha de perforación, los hidrocarburos fluyen hacia el agujero del pozo y de allí encuentran su camino hacia arriba. Cuando las presiones de ese flujo no son adecuadamente controladas, se puede producir un reventón (blow out), o sea que el flujo de petróleo y gas llega a la superficie descontroladamente, con inmensos riesgos para los trabajadores y para la integridad del taladro.
En las etapas tempranas de la explotación petrolera, con tecnologías primitivas y operaciones rudimentarias, los riesgos de reventones eran mucho mayores que hoy. En general, actualmente se usan tecnologías sofisticadas y equipos modernos, los procesos de trabajo son mejor organizados y los trabajadores están mucho mejor preparados para las tareas del taladro.
Estados Unidos consume 21 millones de barriles de petróleo diarios (B/D) y cerca de 25 Tera Pies Cúbicos de gas natural por año (Tpc/A), de los cuales 11 millones de B/D y 4 Tpc/A, respectivamente, son importados. Esas cifras han propiciado una carrera para la exploración y el desarrollo de reservas de difícil y costoso acceso en Alaska, el océano Ártico y en aguas profundas costa-fuera. La plataforma Deepwater Horizon, con contrato de la BP, constituyó una clara expresión de tales complejidades, las cuales se derivan de la perforación de un pozo costa-fuera en una profundidad de agua de 1.800 metros.
El cabezal del pozo a esa profundidad en el lecho marino tiene que ser operado por robots. El accidente produjo una docena de muertos y el hundimiento de la plataforma, lo cual provocó la ruptura de la tubería que conecta la plataforma con el cabezal del pozo. Fue a consecuencia de eso que se generó la fuga que continúa contaminando el mar, después de casi tres meses.
En respuesta al derrame de la BP, la administración de Obama ha ordenado una moratoria costa-fuera en Alaska y en aguas profundas del Golfo de México. A pesar de que una corte federal ha revocado la moratoria, es muy probable que la administración encuentre estrategias alternativas para reinstaurarla mediante programas regulatorios. Pero la moratoria hará poco por reducir el riesgo de derrames, ya que la pérdida de producción resultante del cese de actividades tendrá que ser compensada por intenso movimiento de tanqueros trayendo crudo importado.
La reducción en la actividad de exploración costa-fuera provocará un éxodo de gente calificada y de modernas plataformas de perforación que tendrán que buscar oportunidades en otras latitudes.
Los beneficios de la moratoria no son claros y la medida no resulta fácil de entender. Los derrames costa-fuera provocados por reventones son muy escasos. Solamente se conocen tres casos de grandes accidentes, uno en 1969 en California, otro en 1988 en el mar del Norte y el actual en el Golfo de México. La moratoria ha puesto en jaque millares de empleos en dicho Golfo y arrojará nubes negras sobre las posibilidades de fuentes de trabajo en la industria del petróleo y el gas natural. Finalmente, las cuentas fiscales y de regalía se verán afectadas, lo cual tendrá un impacto importante en las cuentas de los gobiernos federal y regional.
La sobrerreacción que lleva a la condenatoria de los combustibles fósiles y al planteamiento de abandonarlos a favor de fuentes alternas de energía es irresponsable. Los combustibles fósiles satisfacen el 85% de la demanda y estarán vigentes por muchas décadas más. Es necesario dedicar esfuerzos a consumirlos limpia y eficientemente y mejorar sus operaciones para evitar accidentes y daños ambientales.