Hace exactamente un año el mundo se despertó con la noticia de que Lehman Brothers, el cuarto banco más grande de los Estados Unidos, se había declarado en bancarrota. El 10 de septiembre Lehman había reportado que esperaba pérdidas por US$3,9 mil millones para el tercer trimestre de 2008 y que se encontraba adelantando negociaciones para vender la totalidad del banco.
Entre los posibles compradores se encontraban Barclays y Bank of América, para quienes la eventual compra de Lehman estaba condicionada a que la Reserva Federal garantizara el valor de sus activos más riesgosos, tal y como lo había hecho seis meses atrás cuando JP Morgan Chase adquirió a Bear Stearns.
En esa ocasión la Reserva Federal optó por no ofrecer dicha garantía. El 14 de septiembre Barclays anunció que se retiraba de la negociación y al día siguiente a Lehman Brothers —el legendario banco que surgió a finales del siglo XIX a partir de la tienda de abarrotes que Henry, Emanuel y Mayer Lehman habían establecido en Montgomery, Alabama, en 1844— no le quedó alternativa distinta que declararse en quiebra.
Los titulares de prensa (nuestra traducción) no se hicieron esperar. “Con su quiebra, Lehman Brothers paga todos los pecados de Wall Street” (ABC, 16 de septiembre); “Wall Street se rinde al derrumbe de Lehman Brothers” (Expansión, 15 de septiembre); “La quiebra de Lehman Brothers le genera un infarto al mercado de dinero” (Telegraph, 16 de septiembre); “Quebró el banco Lehman Brothers y Wall Street lucha por sobrevivir a la crisis” (La Gaceta, 15 de septiembre).
Algunos meses después un reputado profesor de la Universidad de Nueva York, hoy en día convertido en vedette de la profesión en razón a que aparentemente fue uno de los primeros en avizorar la crisis que se venía, señalaba en su blog que “la peor crisis económica y financiera desde la Gran Depresión revela la debilidad del modelo capitalista del Laissez Faire anglosajón”. (Nouriel Roubini, 19 de febrero de 2009).
Transcurrido un año desde el colapso de Lehman Brothers existe amplio consenso, al que se ha plegado incluso el mismo Roubini, en el sentido de que lo peor de la crisis casi con seguridad ya pasó, pero que la recuperación va a tomar un buen rato. Si le creemos a las más recientes proyecciones del FMI, al finalizar 2010 el ciudadano típico de un país desarrollado tendrá un ingreso similar al que tenía al finalizar 2006, el latinoamericano un ingreso similar al que tenía al finalizar 2007, mientras que los ciudadanos chinos e indios tendrán el ingreso más alto de su historia.
Queda claro que, por demorada que sea la recuperación, ni se acabó Wall Street ni se acabó el mercado monetario, ni colapsó el modelo de producción basado en la economía de mercado. Para América Latina esta crisis no tiene comparación con la década perdida de los 80. Para Colombia representa una irrisoria contracción si se compara con la debacle de 1999.
Evidentemente, la crisis reveló falencias del modelo imperante y resulta prioritario que las mismas sean atendidas prontamente. Sin embargo, y como reza un adagio muy popular entre los americanos, “ojo con botar al bebé al momento de desocupar la bañera”. En mi opinión, algunos de los problemas que la crisis ha hecho evidentes incluyen las siguientes:
1. Hizo crisis el sistema de instituciones financieras multilaterales dominado por los países ricos en general y por los Estados Unidos en particular. Si bien le correspondió a académicos como Roubini señalar que la crisis era inminente, de tiempo atrás instituciones como el FMI y el Foro para la Estabilidad Financiera venían clamando de puertas hacia dentro para que se regularan los “hedge funds”, se revisara el esquema institucional americano que facilitaba el mantenimiento de la burbuja hipotecaria y se extendieran líneas de crédito preventivas para países emergentes con buenos macro-fundamentales.
El cuidadoso análisis técnico que apoyaba dichos argumentos muchas veces resultó inocuo a la hora de la toma de decisiones en virtud al poder de veto de los países desarrollados en las mesas directivas de dichas instituciones. Fue necesario esperar a que estallara la crisis para que varias de esas medidas se llevaran a la práctica o se volvieran a poner sobre la mesa. Hoy día, afortunadamente, están sentadas las bases para que más pronto que tarde se reduzca de manera significativa el poder casi que hegemónico que históricamente han ejercido los países desarrollados sobre las instituciones financieras multilaterales.
2. También hizo crisis la noción de que los bancos centrales, en cuanto tengan el mandato de velar por la estabilidad de los precios al consumidor, no deberían preocuparse por la evolución de otros precios, incluidos los de las acciones y los de la finca raíz. Dura lección para Ben Bernanke, hoy día gobernador de la Reserva Federal.
Siendo un prestigioso académico escribió junto con Mark Gertler, de la Universidad de Nueva York, un muy influyente artículo en el que se concluía que los bancos centrales no deberían fijar su atención en las burbujas de precios de activos financieros o de la finca raíz. De acuerdo con el célebre estudio, las burbujas son difíciles de identificar y casi imposible de desactivar sin consecuencias colaterales costosísimas.
Durante sus años como miembro del Directorio de la Reserva Federal y siendo Alan Greenspan el gobernador, Bernanke utilizó todo su liderazgo intelectual para que, posterior al septiembre 11 de 2001, la Reserva Federal facilitara la generación de quizás la burbuja especulativa más grande de la historia. Bernanke el teórico hubo de dar paso a Bernanke el bombero, y desde la quiebra de Lehman la Reserva Federal ha tenido que hacer todo tipo de malabares para controlar la debacle que produjo el estallido de dicha burbuja.
En el futuro, así no se cambie el mandato de los bancos centrales, éstos con absoluta seguridad tendrán que tomarse más en serio los efectos de sus políticas sobre toda una gama de precios y no solamente sobre los precios de una canasta de bienes de consumo.
3. Hizo crisis la idea de que en mercados financieros sofisticados una cosa son los bancos comerciales, que tienen el monopolio de la generación de cuentas corrientes, y otra bien distinta intermediarios financieros como los bancos de inversión y los “hedge funds”. Al final de cuentas, las interrelaciones entre todos son enormes y problemas en unos rápidamente se reflejan en otros.
Nada más frustrante para la Reserva Federal que haber tenido que extender el privilegio de acceso a su ventanilla de descuento a intermediarios distintos de los bancos comerciales. El riesgo moral que con ello se creó fue enorme y no quedó alternativa que obligar a todos los bancos de inversión a transformarse en bancos comerciales. En el futuro, quien quiera tener acceso al prestamista de última instancia tendrá que mantener elevados niveles de capital y someterse a las más estrictas normas de regulación y supervisión.
Con seguridad otras cosas habrán hecho crisis en el último año. Queda claro, sin embargo, que tras la quiebra de Lehman Brothers la economía de mercado liderada por el sector privado —en la que el libre comercio, la libre movilidad de capitales, la inflación baja y la sostenibilidad fiscal son insumos esenciales— sigue viva y coleando.
*Director ejecutivo de Fedesarrollo.