Esta crisis tiene tres grandes características. El primer problema es de transparencia. Nadie sabe, a ciencia cierta, cuál es la magnitud del desequilibrio ni quiénes serán los otros actores afectados por el deterioro de la cartera y la restricción de liquidez. Los muy sofisticados instrumentos financieros disponibles en los mercados globales han generado un colosal fenómeno de transferencia del riesgo.
Entidades en los cuatro rincones del planeta compraron fracciones de esta gigantesca cartera de créditos hipotecarios de baja calificación de riesgo. Los estados financieros no permiten identificar con claridad quiénes son los más expuestos. Por ello la crisis se desarrolla por angustiosos capítulos en los que las entidades más vulnerables empiezan a presentar serios problemas de pago.
La crisis es también un problema de control. La burbuja hipotecaria creció estimulada por un largo período de bajas tasas de interés en los Estados Unidos. El entorno de liquidez llevó a muchos a aumentar excesivamente su endeudamiento y a las entidades financieras a buscar rentabilidades superiores en instrumentos cada vez más complejos y riesgosos. Al subir la inflación mundial, el problema se agudizó poniendo en aprietos a quienes tenían créditos y a las entidades que requerían liquidez para cubrir sus pérdidas. El laxismo de la Reserva Federal no pudo contener la avalancha de malos créditos. Es evidente que el control ejercido por el Securities and Exchange Commission, la Reserva Federal y las demás instancias de supervisión no estuvo a la altura de las circunstancias.
Finalmente la crisis es un problema de confianza. Los factores sicológicos juegan un papel central en estos momentos. Cuando se pierde la confianza, el costo de la crisis aumenta en forma exponencial. Todas las operaciones de salvamento resultan más onerosas para el fisco y los accionistas. En finanzas nada es más peligroso que un rumor o la duda. Las autoridades estadounidenses han intentado enviar señales contundentes al mercado pero el nerviosismo es tan alto que nada tranquiliza a quienes están cerca del abismo. Y falta por analizar el impacto que tendrá este fenómeno sobre la banca europea y nipona.
La crisis financiera americana tiene patrones similares a los que han experimentado muchos países en vías de desarrollo. Guardadas las proporciones, el fenómeno actual en los Estados Unidos se parece al que vivimos en Colombia hace una década. Sobreendeudamiento, pobre calificación de riesgo crediticio y contracción de la liquidez ponen a tambalear cualquier sistema financiero por importante y sofisticado que sea.
Hoy, en medio de esta tormenta económica perfecta, resulta muy cierta la frase según la cual “no existen banqueros ortodoxos y banqueros creativos; sólo hay banqueros ortodoxos y banqueros quebrados”.