Una mujer joven, invadida por una curiosidad mítica, que concentra toda su atención en una ánfora. Al abrirla no sólo libera todos los males posibles, sino que se convierte en el símbolo de una sociedad que achaca sus desgracias a la esencia femenina. Su nombre, Pandora. La caja, una sutil venganza de Zeus contra la humanidad que, tiempo atrás, encontró en el fuego la semilla del desarrollo.
Es la tragedia que hoy viven los países de la Eurozona, sólo que con diferentes actores: Grecia es la mujer, la ánfora contiene el déficit fiscal que se ha apoderado de la economía del Viejo Continente y que erosiona la semilla de su consolidación: el euro, aquella moneda que permitió la consolidación de uno de los bloques económicos más dinámicos de la década pasada.
Pero de aquellos días sólo quedan recuerdos. La desgracia se inició en 2009 con la revelación de un informe de control político: Yorgos Papandreu, por entonces primer ministro griego, acusó a su predecesor de alterar los balances de la nación para esconder una deuda de US$410 millones y un déficit fiscal equivalente al 12,7% de su Producto Interno Bruto (PIB). La desconfianza se apoderó del país, que no pudo implementar políticas para revertir la situación y terminó pidiéndole un salvavidas financiero.
Pero no era el único país miembro con deudas crecientes. Irlanda y Portugal se sumaron a la lista, mientras Los números de España e Italia comenzaron a tornarse de un tono rojo que incomodó a los inversionistas. Alemania, como la economía más fuerte del bloque, asumió un liderazgo férreo e impuso sus normas: recortes en todos los rincones del Estado, privatizaciones y una disciplina fiscal que garantizara el pago de las obligaciones y no la liquidez de los deudores.
El resultado generó altas tasas de desempleo, protestas en las calles, cambios radicales de gobierno, desgaste del liderazgo alemán y un euro que se vende a menos de US$1,25, el nivel más bajo desde julio de 2010, en pleno apogeo de la tragedia griega que se tomó a la Eurozona.
Las propuestas para salir de la crisis están a la orden del día. La más comentada en los últimos días es la salida de Grecia de la unión monetaria. Una decisión obvia en el papel, incluso inminente (ver artículo superior), pero que los expertos prefieren que no se tome en serio. “Es un error pensar que no tendrá un efecto muy serio en los bancos europeos, en el Banco Central Europeo (BCE), en países como España, Italia o Portugal debido al contagio. Si ocurre, desestabilizará toda la economía mundial”, advirtió Charles Dallara, director del Instituto Financiero Internacional.
El más golpeado sería el sector bancario. La salida demostraría que el problema es tan grande que no puede ser atajado, por lo que la desconfianza se profundizaría en un momento muy delicado, justo después de que los ahorradores griegos corrieran a retirar sus ahorros, que Bankia (el cuarto banco más grande de España) solicitara recursos públicos y de que las calificadoras sigan rebajando la nota de las instituciones financieras europeas.
Un caso muy particular es el de la economía española. De acuerdo con las proyecciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), al país le esperan dos años de una economía en recesión y desempleo en altos niveles. “Para entonces, la casi totalidad de la banca española se encontrará nacionalizada o quebrada y el país experimentará una grave confrontación social que obligaría a la emergencia de un gobierno de concertación entre populares y socialistas para salvar la institucionalidad. Esos ingredientes se están comenzando a producir y a observar”, afirma César Ferrari, catedrático de la Universidad Javeriana y PhD. en Economía.
Dentro de las opciones no se descarta un cambio de liderazgo en la Eurozona y nuevos recursos para el sector bancario, aunque su probabilidad no es tan alta (ver infografía). Es, sin duda, un cuadro trágico, muy diferente de aquella prosperidad que soñaron los europeos al acuñar su moneda común.
Krugman: un oráculo en la crisis
La tan comentada salida de Grecia de la Zona Euro se dará en junio próximo. Es el vaticinio de Paul Krugman, premio Nobel de Economía, quien en su blog del diario The New York Times auguró un futuro oscuro para el euro a mediano plazo.
El cronograma sería el siguiente: “Retiros en masa de los bancos españoles e italianos mientras los ahorradores tratan de poner su dinero en la banca alemana”, lo cual daría paso a controles más severos para impedir las transferencias internacionales.
Para entonces el nivel de pánico estaría tan alto que el Banco Central Europeo (BCE) tendría que destinar nuevos recursos para mantener con vida el sistema financiero. En este punto se generarían dos escenarios: “Alemania aceptaría los llamados indirectos de Italia y España por nuevos recursos, que la llevarían a revisar drásticamente su estrategia”.
Pero si esto fracasa, sólo quedaría un último resultado, el cual se consignaría en los libros de historia: “El fin del euro”.
Merkel u Hollande: pulso por el liderazgo de la Eurozona
La crisis se convirtió en el escenario ideal para que Alemania impusiera sus recetas económicas entre los 27 miembros de la unión monetaria.
Las medidas se aplicaron con todo el rigor del caso, pero lo que la canciller Ángela Merkel y su equipo no previeron fue el surgimiento de un sentimiento antifiscal en el continente.
Uno de los protagonistas de tal sentimiento fue François Hollande, quien llegó a la presidencia de Francia, país aliado de Berlín, con la propuesta de fomentar la productividad de la economía.
Es un discurso que incluso encuentra eco en el corazón alemán. “No sólo necesitamos consolidación fiscal, también algo que genere crecimiento sostenible, que es lo que crea empleo”, dijo Wolfgang Schaeuble, ministro de Finanzas de Alemania.
Claro que los analistas descartan un cambio dramático. “La UE aprobó un nuevo tratado que otorga nuevos poderes fiscales y obliga a los estados a cumplir la convergencia económica para recibir rescates”, dice el catedrático Eric Tremolada.
Los giros a la banca europea
1.000 billones de euros les ha girado el BCE a los bancos de Europa en créditos blandos.
1 por ciento es la tasa de interés fija que cobrará el banco central por estos desembolsos.
800 bancos de toda Europa solicitaron los recursos, que se asignaron por medio de una subasta.
3 años es el plazo en el que los beneficiados tendrán que devolver los recursos al BCE.