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Lecciones de Mubarak a Luis XIV

La familia del depuesto líder egipcio no sólo se ha convertido en una de las más acaudaladas del mundo, sino que es la culpable de erosionar y perjudicar el ecosistema empresarial del país africano.

30 de junio de 2012 - 04:00 p. m.
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Nunca sabremos cuánto pudo haberse robado Hosni Mubarak. Uno de los muchos supuestos expertos ha incluso dicho que la riqueza del derrocado presidente egipcio y su familia es mayor a 40.000 millones de euros, lo cual lo convertiría en uno de los hombres más ricos del mundo junto con Carlos Slim, Bill Gates y Warren Buffet. Otros estimativos son mucho menores, pero siguen incluyéndolo en la lista de los multimillonarios.

Sea cual fuere el verdadero alcance de la fortuna de la familia Mubarak, sigue estando dramáticamente opuesta al ingreso de la mayoría de los egipcios. El Producto Interno Bruto per cápita en Egipto es de tan sólo US$2.500. En Europa Occidental y América del Norte, ese indicador asciende a US$40.000; sin embargo, las capacidades de la élite intelectual y empresarial de Egipto rivalizan con las de cualquier otro Estado en el mundo.

El daño real impuesto por hombres como Mubarak no es el dinero que pudieron haberse robado. La tragedia es que el sistema que les permite robarlo destruye oportunidades para que otros generen riqueza, no sólo para ellos sino para el resto de la población.

El precio de que un potencial Mark Zuckerberg o Gates deba pagar US$100 de soborno a cada uno de los diez funcionarios designados por la ley antes de establecer su nuevo negocio no son los US$1.000 que se llevan los burócratas corruptos; es el que muchas empresas nunca pudieron nacer porque no navegaron el camino de corrupción necesario para obtener las respectivas licencias. Entretanto, alguien que pudo haber sido un empresario exitoso prefiere buscar poder político. Si el emprendimiento es frustrante y la política ofrece recompensas, la escogencia de carrera para la gente capaz y emprendedora es obvia.

Las instituciones son la clave de la prosperidad económica: no fue por su excelente política económica que Alemania Occidental tuvo un mejor desempeño que Alemania Oriental. Como Daron Acemoglu y James Robinson señalan en su libro Por qué fracasan las naciones, una característica crítica de las instituciones económicas exitosas es que limitan el espectro para lo que estos autores llaman la “actividad de extracción”, o lo que otros han descrito como la depredadora búsqueda de rentas que se apropia de la riqueza creada por otros.

“El Estado soy yo”, dijo Luis XIV, y cuando uno es el Estado, la ley apoya esta apropiación y la riqueza del Estado también es de uno. Los criminales más malévolos a menudo no rompen la ley porque controlan las leyes. Mubarak, los Estuardo y Luis XIV crearon sociedades en las que la riqueza y el poder se lo entregaban no a aquellos que fueran exitosos en los negocios, sino a sus amigos o a quienes hubieran apoyado su liderazgo

La conducta en sus cortes desalentaba a la empresa productiva y desviaba el talento hacia actividades que reducían, en lugar de promover, el crecimiento económico. Sir Thomas More y Oliver Cromwell probablemente habrían sido líderes exitosos de grandes corporaciones, pero no fue lo que hicieron, ni lo que tenía sentido para ellos.

Con cierta licencia poética, Acemoglu y Robinson identifican la Revolución Gloriosa de Inglaterra, en 1688, como el punto de giro de la historia moderna. El Parlamento depuso a la dinastía de los Estuardo y convirtió a un mercader holandés y a su esposa en los monarcas constitucionales. Este levantamiento estableció el marco para instituciones inclusivas que fomentaron una sociedad democrática, y que limitaron el poder de “extracción”.

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Algunos amigos de la corte se beneficiaron de los monopolios estatales, un fenómeno común hoy en día. En Egipto, como en Rusia o en América Latina, vemos políticos disfrazados de empresarios. Hombres de negocios cuyo poder y éxito financiero no proviene de los recursos y actividades que ayudaron a crear, sino de los recursos y actividades que les permite el control de las instituciones a través de sus influencias.

A menudo es difícil de identificar la frontera entre la actividad productiva y la depredadora, pero es necesario mantener una vigilancia incesante sobre ella. Antes de que nos felicitemos por nuestro sistema de libre empresa, deberíamos reconocer cuán vulnerables son nuestras propias sociedades a la actividad de “extracción”.

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Mucho de lo que sucede en el sistema financiero tiene estas características, y las actividades de quienes dirigen las contribuciones corporativas hacia los candidatos del Congreso y la Presidencia difieren de quienes compraron soldados para los York o los Lancaster durante la Guerra de las Rosas tan sólo en que han adaptado sus métodos a los tiempos contemporáneos. 

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