Un par de semanas movidas ha tenido el viejo continente. El hecho importante es que el euro está agonizando mientras en la sala de cuidados intensivos unos galenos, evidentemente abrumados, se dedican a administrar insuficiencias.
El euro, un hito en la historia monetaria internacional, está basado en la idea sencilla de que la integración continental se facilita al amparo de una moneda y una política monetaria común a todos los miembros. El beneficio de esta decisión era, para los países de la periferia, una reducción automática de las tasas de interés, a su vez fruto de la desaparición de riesgos inflacionarios y cambiarios. Para Alemania, la ampliación de sus fronteras comerciales, en la medida en que era claro que lograría imponer en la región su legendaria pasión por la estabilidad monetaria y por ende eliminar fuentes de volatilidad que perjudican el comercio y el ambiente general de los negocios.
Por supuesto, el día cero (enero 1 de 1999) fue precedido de acuerdos que buscaban consistencia entre esta nueva manera de hacer política monetaria y las exigencias que ella impone. Por ejemplo, el tratado de Maastricht, firmado en 1992, hizo explícitas algunas metas de naturaleza fiscal —déficits de caja y saldos de deuda, entre ellos— que los miembros tendrían que satisfacer. Infortunadamente, la reflexión sobre los requisitos fiscales, que es muy importante, no permitió discutir algunos otros requisitos igual o aún más importantes: los salarios y los bancos. Vamos por partes.
Los requisitos fiscales, acordados con años de anterioridad, quedaron en cabeza de cada país y no se cumplieron con el rigor requerido. Como suele suceder, terminaron engendrando malabarismos en la contabilidad fiscal y toda suerte de genialidades destinadas a hacer más o menos lo mismo que los talentosos culebreros del “dónde está la bolita”. Ilustrativa, en ese sentido, de la diferencia entre lo que decían los libros contables en Atenas hacia 2008 y lo que terminaron diciendo en 2011.
La ausencia de una política laboral continental produjo, de otra parte, brechas crecientes entre países que buscaban que la dinámica salarial reflejara con alguna sensatez la evolución de la productividad y aquellos a quienes eso les importaba un pito. Cuando un país opta por elevar salarios por encima de su capacidad de pagarlos en el futuro, usualmente paga la cuenta recurriendo a la inflación. Cuando uno ha entregado la máquina de la emisión, ello sólo es posible si el delegatario de la cesión también cree en dicho vudú como mecanismo de reducción de salarios reales.
Finalmente, como también sucedió en Estados Unidos en el período de fuertes entradas de capital de comienzos de milenio, hubo excesos crediticios amparados por dichas entradas de capital y por marcos regulatorios inadecuados para lidiar con los ágiles y sofisticados mercados financieros del siglo XXI. Mientras la regulación, a la manera del siglo anterior, dividía el “riesgo” en lindos compartimientos-estanco —liquidez, crédito, operación y así—, incentivó la creación de instrumentos que tornaron exponencial el riesgo agregado, en su afán de minimizar la anticuada carga regulatoria. Impactante, de nuevo, la diferencia entre el riesgo que el regulador estimaba que estaba asumiendo Lehman, por ejemplo, y el riesgo que, en efecto, estaba asumiendo.
La carretera del ajuste pasa, creo yo, por la salida temporal de algunos miembros, salida que les permitirá lograr una devaluación, una rebaja en el valor de las deudas (o sea una expropiación del patrimonio de los acreedores) y una rebaja en el salario real. Ojalá, después de la argentinada inevitable ya, se comience a hablar sobre los temas de fondo: la unificación fiscal, los salarios y los bancos.