Cuando habla de sus años de niña se ve montada en ‘Brujo’, un caballo colorado con un lucero en la frente en el que recorría la finca de Caldas, Antioquia, que fue su casa por más de diez años. Ve a una niñita de 7 años cabalgando junto a su tío Marco Aurelio y su hermana Margó, por los campos aledaños. Cuando se graduó del colegio Sol Beatriz Arango —presidenta de la Compañía Nacional de Chocolates— y sus padres y sus seis hermanos se trasladaron a vivir a Medellín. Entró a la universidad y cada vez tuvo menos tiempo para volver a la finca y para las cabalgatas.
En Medellín nació, en una casa de esquina del barrio Prado. Fue la menor entre siete hermanos: cinco hombres y dos mujeres. Hija de Ángela Mesa —quien tenía 48 años cuando la vio nacer— y de Francisco Arango; ella ama de casa y él constructor. Vivió poco en ese barrio del centro, luego llegó la vida en el campo, diez años en Caldas y el regresó a Medellín a estudiar ingeniería de producción en Eafit.
“Quería ser ingeniera civil como mi papá, pero antes de tomar la decisión conversé con él; me decía que pensara en una carrera más novedosa”. Y lo escuchó, porque era el hombre al que admiraba y seguía, el de la mentalidad moderna, la persona que más la ha influenciado. Entonces, decidió estudiar ingeniera de producción.
Fue una estudiante consagrada —la mejor de su promoción—; fiestera y amante del pop. Un año antes de graduarse, en 1981, se vinculó como practicante a la Editorial Susaeta, una compañía familiar liderada por Juan Susaeta: inmigrante español; recio, disciplinado. Fue gerente de producción y luego gerente financiera. Estuvo allí nueve años, tiempo en el que también hizo un posgrado en finanzas en Eafit, conoció a Sergio Pérez en una cita a ciegas, se comprometió luego de tres meses de noviazgo, se casó al cumplir los seis, y se convirtió en madre de: Sebastián y Simón.
Su nuevo cargo sería el de directora de planeación financiera en Industrias Alimenticias Noel, un puesto de más bajo perfil. ¿Por qué aceptó? Dice que ya tenía claro el manejo de las empresas familiares y quería conocer “el mundo institucional”. Estuvo en Noel por seis años, hasta cuando renunció para ir a Nueva York, “con Sergio, Sebastián y Simón”, a estudiar un posgrado en gerencia en Pace University. Sólo un año porque recibió la propuesta de trabajar en la Nacional de Chocolates. Cinco años después asumiría la presidencia.
“Es un cargo muy intenso, que requiere organización y disciplina, pero también de un balance entre lo personal y lo laboral”, dice Arango con un tono amable. Anota que los fines de semana son para “Sergio, Sebastián (21 años) y Simón (18)”. Cocina (“me encanta el ritual de preparar y compartir después en la mesa”), camina, viaja, se toma cinco cafés al día, lee noticias, le apasiona la tecnología.
El año pasado las ventas del Grupo Nacional de Chocolates crecieron 4,5% llegando a $3,2 billones, lo que la ubica entre las compañías más poderosas del país. Y entre las cabezas de la empresa está Sol Beatriz Arango, una mujer impaciente y obstinada (“cuando tomo una decisión me gusta hacerla realidad de inmediato”). Una mujer “inteligente, con una visión muy clara del manejo de la compañía —dice Gloria Burgos, su secretaria hace once años—. Exigente pero tranquila, humana, considerada”.