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Los dividendos de la Prohibición

La firma amplía su operación con el concepto ‘Speakeasy’, los bares clandestinos de los años 20 en EE.UU. que hoy ofrecen un ambiente reservado. Abrirá el primero en Bogotá.

15 de enero de 2014 - 05:20 p. m.
La compañía invirtió alrededor de $700 millones en el montaje de su nuevo bar, inspirado en el filme futurista ‘Tron’. / Fotos: Cortesía
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Es una puerta amarilla junto a las mesas del restaurante. Un extraño círculo con una pantalla digital la diferencia de los demás accesos y a simple vista parece que conecta a un depósito. Pero el misterio aumenta cuando algunos clientes sitúan un extraño instrumento frente a la pantalla, esta se enciende y la puerta se abre. Los breves segundos que pasan antes de que vuelva a cerrarse, permiten divisar un ambiente de fiesta y música al otro lado. Los comensales preguntan qué hay del otro lado, pero en la mayoría de los casos encuentran silencio.

Esa puerta se encuentra en uno de los cuatro restaurantes en Bogotá de Wingz, la cadena colombiana cuya especialidad son las alas de pollo y la cerveza y que desde hace seis años viene consolidándose como una propuesta interesante en el segmento familiar. Con ella se han expandido a cuatro ciudades y obtuvieron ventas anuales cercanas a los $3.800 millones.

Claro que esos logros no le ocultaron a Felipe Giraldo, su cofundador y director de Experiencia, la oportunidad de innovar con un nuevo formato: “Nos dimos cuenta de que nuestros clientes comenzaban a abandonar los restaurantes hacia las 8:30 de la noche porque venían con sus hijos y estábamos perdiendo la posibilidad de atraer a una clientela mayor”.

La respuesta estaba en Nueva York y le fue revelada en una conversación con un amigo: “¿Ha ido a un Speakeasy?”. La negativa lo guio a las calles de la ciudad, a locales anónimos cuyas fachadas (a veces tiendas, a veces un callejón) que en su interior escondían restaurantes y bares exclusivos, conocidos por unos pocos y selectos afortunados —a menudo clientes de alta fidelidad—, quienes tenían el privilegio de invitar a sus más cercanas amistades.

Se trata de un formato creado en los años de la prohibición a los juegos de azar y las bebidas alcohólicas en los EE.UU. de la década de 1920, cuando los bares clandestinos funcionaban bajo fachadas para despistar a las autoridades y sus clientes debían guardar el secreto para seguir olvidando su rutina al paso de unos tragos.

En los decenios posteriores la idea se retomó con el objetivo de atraer a grupos selectos y pequeños de clientes, quienes se encargarían de promocionar el lugar a través del voz a voz con sus círculos de amistades. “Se busca explotar la naturaleza humana del poder que se siente al saber algo que nadie más conoce y ofrecer un ambiente agradable para un público selecto”, explica Giraldo.

Ese es el mundo que se encuentra al otro lado de la puerta amarilla. Adentro hay un bar inspirado en la película futurista Tron, con ambientes oscuros, iluminados por luces led, con capacidad para 60 personas que pueden entablar una conversación al ritmo de cocteles elaborados con frutas y hierbas (se trajeron dos expertos barmen de San Diego para diseñar la carta) y con rock electrónico como música de fondo.

“Es un segundo ambiente que no es ni ‘rumbeadero’ ni discoteca, simplemente un espacio divertido. Algo más exclusivo de lo que es Wingz”, explica el empresario pereirano, quien revela una inversión cercana a los $700 millones en su montaje.

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Afuera, la misma puerta amarilla junto a las mesas en uno de los restaurantes de la cadena en el norte de Bogotá. Sólo podrán abrirla los clientes fieles a la marca, quienes tienen en su poder la llave: un pequeño cuadrado plástico que integra un chip; al situarlo frente a la pantalla, se activa el mecanismo que abre la cerradura y permite al comensal y sus amigos acceder al exclusivo ambiente.

“Nosotros mismos nos encargamos de buscar a nuestros mejores clientes para entregársela. Este es nuestro primer ensayo. Si funciona, lo implementaríamos en otros locales”, asegura Giraldo, quien se niega a revelar la ubicación exacta de esta nueva experiencia.

 

 

dmayorga@elespectador.com

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