Ciertamente tenía en mente la “unión bancaria”, que apunta a reducir el riesgo de fracasos bancarios en los estados miembros más vulnerables de la Eurozona.
La semana pasada la Comisión Europea (CE) atendió el llamado de Draghi con una propuesta para trasladar de los supervisores nacionales al BCE la tarea de supervisar los bancos de la Eurozona. El banco central se apoyaría sobre una red de supervisores nacionales, pero mantendría la última voz en temas como cuándo cerrar un banco.
El aspecto más importante del plan es que contempla que todos los bancos de la Eurozona se acojan al acuerdo. Algunos estados, como Alemania, hicieron lobby para limitar el alcance de la supervisión a los bancos más grandes.
Sin embargo, la CE tuvo razón al mantener la fuerza original de la propuesta. Como demostró la crisis bancaria en España, incluso una pequeña institución puede desencadenar serios problemas para el sistema bancario de la Eurozona. Mientras que una sola caja puede no ser sistémicamente importante, en conjunto obligaron a que España buscara ayuda.
Pero una supervisión común debe estar acompañada de un régimen de resolución bancario para toda la Eurozona. Esto debería incluir cláusulas para que los deudores no evadan sus responsabilidades, lo cual acabaría con la complicidad entre bancos y estados y minimizaría el riesgo de transferencias fiscales transfronterizas.