El pasado martes 13 de mayo, en Pekín, el presidente Gustavo Petro firmó un plan de cooperación con China que marca el ingreso definitivo de Colombia a la Iniciativa de la Franja y la Ruta, también conocida como la nueva Ruta de la Seda.
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Fuentes de la Embajada de China en Colombia señalaron que el documento tendría los mismos efectos prácticos de un memorando de entendimiento, el mecanismo habitual para formalizar esta adhesión.
Para entender qué fue lo que se firmó, conviene mirar el camino que han recorrido ambos países. Han pasado 45 años desde que se establecieron los primeros vínculos diplomáticos, y desde entonces la cooperación entre China y Colombia ha ido creciendo, como una casa a la que se le suman pisos con el tiempo.
Primero fue el comercio, pero con los años la relación se ha vuelto más compleja: llegaron los proyectos de infraestructura, las inversiones, los intercambios educativos y tecnológicos. El martes, con la firma del plan de cooperación en Pekín, se agregó un nuevo piso que, vale la pena decirlo, podría ser el más versátil y, a la vez, el más importante de todos.
Lo que viene ahora es definir qué uso se le dará a este espacio que se creó durante el Gobierno Petro y cómo llenarlo. Las obras en esta casa seguirán, desde luego, pero ya hay una base sólida.
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¿A qué le dimos el “sí”?
Con base en la experiencia de otros países, lo que se ha visto es que la adhesión de un país a la Franja y la Ruta no implica compromisos automáticos, pero sí abre puertas con la segunda economía global.
Según el enfoque que promueve China, esta iniciativa no implica aceptar un tratado de libre comercio ni crea un paquete cerrado de inversiones, sino es más una plataforma de cooperación flexible.
Desde 2013, cuando se creó la Franja y la Ruta, los diferentes gobiernos de Colombia consideraron la posibilidad de entrar o no a la Franja y la Ruta. Incluso la administración Petro, que en octubre de 2023 —tras la primera visita del mandatario a China— decidió no dar ese paso, terminó por cambiar de rumbo.
Esta vez sí hubo un acuerdo para establecer una hoja de ruta, es decir, poner sobre la mesa las prioridades de cada país y la disposición de hablar sobre lo que podría venir: qué puede aportar China en infraestructura, tecnología, comercio o conectividad, y qué puede ofrecer Colombia a cambio. Cada país define hasta dónde quiere llegar y cómo.
Así las cosas, Colombia y China —como ya lo han hecho cerca de 150 países— dejaron iniciada una agenda de trabajo que ahora debe tomar forma. Lo que sigue es llenar de contenido esa hoja en blanco.
Lo que viene
De nuevo, aunque el plan de cooperación -en lo que se conoce hasta el momento- no contempla pasos concretos ni proyectos específicos, la firma no es un salto al vacío.
En palabras de David Castrillón-Kerrigan, profesor de la Universidad Externado de Colombia, la adhesión de Colombia no fue una decisión improvisada. Antes de la firma ya se habían dado conversaciones entre diferentes entidades del Estado sobre qué tipo de relación se quería construir con China, y en ese proceso tomó forma la idea de sumarse a la Franja y la Ruta como un paso natural para avanzar en esa agenda.
Horas antes de la firma se conoció un borrador del memorando que apuntaba hacia 11 áreas de trabajo conjunto, entre ellas comercio, inversión, infraestructura, agricultura, innovación tecnológica, energía, conectividad, turismo, cooperación para el desarrollo y educación. Esto da indicios muy generales de hacia dónde podría orientarse la relación en esta nueva etapa.
Lo que viene ahora es aterrizar ese compromiso diplomático firmado por la Presidencia y la Cancillería, y llevarlo al terreno técnico: ministerios, agencias de inversión, áreas de cooperación. Ese proceso —que puede tomar años— será el que realmente le dé forma a la entrada de Colombia a la Franja y la Ruta. Sólo entonces empezará a sentirse su impacto en la vida cotidiana del país.
Desde un enfoque práctico, lo primero que la Franja y la Ruta permitirá son canales de diálogo más frecuentes y fluidos, tanto bilaterales como multilaterales.
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Según Castrillón, limitar esta alianza solo a lo que pueda pasar con China sería un error: la Franja y la Ruta también ofrece espacios con más de 140 países y actores de todo tipo —sector privado, academia, partidos, medios— que pueden abrir puertas inesperadas.
“Esto no es solo con China. Es una oportunidad para conectar con países y espacios que normalmente no tocaríamos”, explicó el docente.
Lo que se podría construir
Desde Pekín, la entrada de Colombia a la Franja y la Ruta se ha interpretado como algo más que un gesto diplomático.
Xu Tianqi, subdirector del Instituto de Finanzas de Chongyang de la Universidad Renmin, les dijo a medios de comunicación chinos que la adhesión “abre una ventana importante para una cooperación económica más profunda”.
Uno de los principales frentes es, sin duda, la infraestructura. Ha sido un eje clave en la relación entre China y los países que se han sumado a la Franja y la Ruta, donde se han impulsado grandes proyectos como autopistas, ferrocarriles, puertos, líneas de metro y redes eléctricas.
En paralelo, el comercio bilateral sería otro de los temas en la mesa. China se ha consolidado históricamente como el segundo socio comercial de Colombia, pero hay espacio para mucho más.
Wu Zewei, investigador del Banco Su Commercial, afirmó a la prensa china que este paso marca “el comienzo de una nueva etapa en las relaciones económicas y comerciales” entre ambos países.
Según él, la participación en la Franja y la Ruta podría impulsar el intercambio en sectores como agricultura, ciencia, tecnología y comunicaciones digitales, al tiempo que fortalece la posición de China como socio clave en América Latina.
Y mientras se abre el camino para nuevas negociaciones, algunas puertas ya están entreabiertas.
Este miércoles, el Invima anunció que Colombia exportó más de 1.100 toneladas de carne bovina a China durante el primer trimestre de 2025. Además, avanzan procesos para habilitar el ingreso de otros productos como carne porcina, camarón de cultivo, pescado, carne aviar y alimentos procesados.
En resumen, ya existe una base de empresas exportadoras, acuerdos sanitarios y envíos de contenedores. Un engranaje podría acelerarse y fortalecerse si esta nueva etapa con China se traduce en una agenda comercial más ambiciosa.
Y si Colombia logra posicionarse como proveedor confiable, con trazabilidad, calidad e innovación, el mercado chino —de más de 1.400 millones de consumidores— podría convertirse en un destino estratégico.
Pero mejorar en estas vías no es un asunto fácil ni inmediato, pues construir cultura exportadora, además de aprobar procesos de certificación y encontrar mercado, toma tiempo, dinero y esfuerzo.
Lo que hay que cuidar
Más allá del entusiasmo por las oportunidades, la entrada de Colombia a la Franja y la Ruta también plantea desafíos importantes.
Uno de los principales es el riesgo de que la relación se limite a exportar materias primas e importar grandes obras, sin generar valor agregado dentro del país. En otras palabras, una nueva forma de reprimarización de la economía, que profundice la dependencia de sectores extractivos o poco industrializados.
Otro foco de alerta es el profundo desequilibrio comercial entre Colombia y China. En 2024, Colombia exportó al país asiático apenas US$2.377 millones, mientras que importó más de US$15.936 millones, dejando una balanza negativa superior a los US$13.500 millones.
Para la Cámara de Comercio Colombo Americana (AmCham Colombia), uno de los grandes retos será avanzar hacia una relación más equilibrada, en la que aumenten las exportaciones con valor agregado y no solo las compras de bienes intermedios o finales.
Por el lado del comercio exterior, Analdex ha planteado reservas frente a la posibilidad de que Colombia reconozca a China como una economía de mercado, una decisión que podría dificultar el uso de mecanismos de defensa comercial.
Como ha advertido su presidente, Javier Díaz, sin esas herramientas “podríamos causar daño a nuestro aparato productivo”, especialmente en sectores sensibles como manufactura, confecciones o metalmecánica.
En este contexto, Colombia necesita tener claro qué busca de esta alianza y cómo la va a gestionar, si quiere realmente orientar el rumbo de la relación. Habrá que tomar decisiones técnicas, exigir condiciones justas, proteger sectores sensibles y apostarle al valor agregado y a las inversiones con propósito.
Lo anterior podría marcar la diferencia entre repetir las dependencias del pasado o aprovechar de verdad las oportunidades que se abren en el vínculo con Asia.
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