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Desigualdad rural en el trabajo: la realidad de las mujeres en el campo

Las brechas se ensanchan y las oportunidades disminuyen. Las mujeres rurales viven y se enfrentan a situaciones aún más complejas que las de los hombres rurales o las mujeres urbanas.

11 de octubre de 2025 - 08:10 a. m.
Nada más el 36,8 % de las mujeres campesinas se encuentran en ocupación laboral según el DANE.
Foto: EFE - Rodrigo Sura
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Las mujeres sufren mayores desigualdades que los hombres: se enfrentan a brechas salariales, labores de cuidado no remuneradas, violencia económica, sexual, entre otras. Estas desigualdades se agudizan en la ruralidad.

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Según el DANE, las mujeres que habitan zonas rurales deben enfrentarse a situaciones de vida distintas a las que viven los hombres rurales y las mujeres de zonas urbanas. En su más reciente informe sobre mercado laboral, la entidad explicó que, entre mayo y julio de 2025, solo el 36,8 % de las mujeres campesinas hacían parte de la población ocupada, mientras que los hombres campesinos tuvieron una ocupación del 75 %.

Mariana Vargas, antropóloga miembro del Grupo de Investigación en Estudios Agrarios y Campesinos Suma-Paz, explica que en el sistema de trabajo actual, además de la imposición de las labores de cuidado, en muchas ocasiones las mujeres deben cumplir también con un tiempo de trabajo, por lo que se duplica la jornada con menor retribución económica.

Estas jornadas laborales suelen ser —dentro de la población campesina— enfocadas en trabajos como internas cumpliendo con las mismas labores de las que se tienen que encargar en sus propios hogares, entre ellas hacer aseo y cocinar. Cuando vuelven a sus casas deben continuar con esas tareas, además de cuidar a los niños y de mantener la finca a nivel general.

Esto las ubica en una posición de desigualdad laboral considerable: mientras que los hombres cumplen con sus horas de trabajo —y reciben el pago acorde al mismo — para llegar a sus casas a descansar, las mujeres tienen la mayor parte de la carga familiar.

Estos trabajos son casi en su totalidad informales. Según el reporte más reciente sobre este tema elaborado por el DANE, entre mayo y julio de 2025, el 83,1 % del trabajo en zonas rurales se hizo desde la informalidad, lo que no garantiza los derechos básicos de las trabajadoras, perjudicando su acceso a salud, pensión, salario justo y en general a una vida digna. Sumado a esto, según la entidad, en 2024 el 42,5 % de la población rural estaba en condición de pobreza monetaria, ubicándose 10,7 puntos porcentuales por encima del total nacional.

“Cuando consideramos factores como ser mujer, vivir en zonas rurales o ser afrodescendiente o indígena, notamos que la pobreza y la extrema pobreza aumentan. Esto refleja una de las manifestaciones de la desigualdad económica”, señaló Oxfam Colombia en su último reporte sobre desigualdad en el país.

Al hablar de mujeres rurales existen muchas realidades que se entrelazan y que cambian dependiendo de la región en la que estén ubicadas.

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Según Paloma Bayona, politóloga e investigadora en conflicto y paz, debido a que el trabajo en el campo es un trabajo manual, muchas veces los dueños de las fincas prefieren no contratar a las mujeres debido a que pueden quedar en embarazo o deben cumplir con el cuidado de sus familias. De esta manera se establecen relaciones patriarcales que refuerzan las desigualdades y aumentan la brecha de género.

No remuneración: la desigualdad desde lo financiero

Debido a estas labores no remuneradas, las mujeres muchas veces terminan siendo el eje principal de sus familias. Tatiana Gélvez, docente e investigadora de la facultad de Economía de la Universidad Externado de Colombia, explica que sin ellas, la economía agrícola del país no se mantendría.

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Desde el núcleo algunas ejercen acciones comunitarias, otras buscan la preservación de la flora y la fauna a través de prácticas productivas sostenibles. Sin embargo, ninguna de estas acciones se ve económicamente remunerada y por tanto su estabilidad financiera es bastante débil.

Este trabajo no remunerado “genera que las mujeres rurales se encuentren en situación de pobreza del tiempo”, afirma Gélvez, pues deben destinar gran parte de sus días a actividades sin pago. Por el contrario, los hombres tienen la posibilidad de destinar su tiempo a actividades que aportan ingresos monetarios, permitiendo que puedan acceder más fácilmente a recursos financieros y tenencia de tierras, lo que a la larga representa mayor control de los recursos económicos y refuerza las limitaciones de la autonomía femenina.

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Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), para 2021, en promedio, las mujeres rurales dedicaban casi tres veces más tiempo diario al trabajo no remunerado que los hombres rurales.

“Estas situaciones no solo crean condiciones desequilibradas entre hombres y mujeres en su relacionamiento, sino que perpetúan comportamientos de violencias basadas en género que persisten como una realidad permanente para las mujeres en la ruralidad”, puntualiza Gélvez.

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Los mayores retos de la desigualdad rural femenina

Mientras que las zonas urbanas tuvieron un indicador del 100 % en inclusión financiera durante 2024, las zonas rurales se ubicaron en 56 %, según el más reciente informe sobre este tema de la Superintendencia Financiera y la Banca de Oportunidades.

“Las mujeres […] enfrentan barreras para entrar al mercado laboral, lo cual afecta directamente su capacidad de generación de ingresos”, indica CEPAL. La inclusión financiera rural y femenina está por debajo del promedio general en el campo, pues tienen menores ingresos y menor tenencia de tierras debido a la cantidad de trabajo no remunerado que deben de cumplir.

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“Es perentorio que se reconozca que la diversidad de las mujeres rurales es una variable fundamental para considerar en el diseño de políticas: la experiencia desde lo étnico, etario y geográfico hace que la inclusión financiera cuente con diversas necesidades y enfoques. No todas las mujeres rurales son iguales. Cuentan con realidades, experiencias y proyecciones de desarrollo humano diferentes”, afirma Gélvez.

Reconocer y reivindicar la importancia del rol que juegan las mujeres rurales en el desarrollo económico y social es clave. Este reconocimiento, debe además venir desde las personas que diseñan las políticas públicas y extenderse hacia los proyectos comunitarios y hacia la financiación de iniciativas de producción con enfoque de género, sostiene la investigadora.

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A pesar de que las mujeres tienen más educación que los hombres en la ruralidad, participan menos en el mercado laboral debido a la sobrecarga de trabajo no remunerado a la que están expuestas, según CEPAL.

Por último y en relación con el estudio y la producción de datos estadísticos, Gélvez explica que debe existir un desarrollo más cuidadoso y detallado sobre la vida rural de las mujeres para poder llevar una mejor contabilidad de la economía en lo rural.

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Aunque las mujeres rurales son fundamentales para la economía, son las más golpeadas por el sistema actual. Reconocer sus labores y apoyar su desarrollo puede aportar a la reducción de las desigualdades y a las violencias a las que aún se enfrentan.

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Por Luna Mejía Farías

Comunicadora social y periodista de la Pontificia Universidad Javeriana, especializada en temas relacionados con violencias basadas en género y construcción de memoria. En la actualidad cubre temas políticos en el panorama colombiano. lmejia@eleespectador.com
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