Hubo un tiempo en que el carbón era sinónimo de empuje industrial, de trenes humeantes y ciudades encendidas. Hoy, en cambio, su historia se escribe en voz baja. El mundo sigue quemándolo, pero con menos ánimo, como quien termina un plato sabiendo que no habrá repetición.
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Ese es el telón de fondo del más reciente informe de la Agencia Internacional de Energía (AIE). El documento pone cifras a una sensación que llevaba años gestándose: la demanda mundial de carbón tocó su pico y se mantendrá estable —o ligeramente a la baja— de aquí a 2030. En 2025 aún marcará un récord histórico, con cerca de 8.850 millones de toneladas consumidas, un alza de apenas 0,5 %, pero ese máximo ya no anuncia expansión. Es, más bien, una meseta antes del descenso.
Para la economía global, el dato puede leerse como un “ajuste ordenado”. Para Colombia, no. Aquí el carbón sigue siendo una de las principales exportaciones, una fuente clave de divisas, regalías y empleo en regiones donde las alternativas no abundan, donde el Estado llega tarde y el mercado llega con pala y retroexcavadora. Que el mundo empiece a necesitar menos carbón no significa que Colombia pueda hacerlo al mismo ritmo.
China concentra esa tensión. Consume más de la mitad del carbón del planeta y, durante años, su apetito sostuvo el comercio internacional cuando Europa, Japón y Corea del Sur empezaron a retirarse. Hoy el panorama es distinto. Este año, consumirá cerca de 4.953 millones de toneladas (casi plano), y mantendrá su uso de carbón en generación eléctrica cercano a los 3.000 millones de toneladas. Pero lo hará con una lógica defensiva: producción interna elevada, importaciones a la baja y uso del carbón como respaldo mientras expande renovables a una velocidad sin precedentes.
India aparece como la gran excepción. Su consumo crecerá cerca de 3 % anual hasta el final de la década, impulsado por la expansión industrial y una demanda eléctrica en ascenso. También el sudeste asiático registra aumentos rápidos, pero no lo suficiente como para compensar el enfriamiento del comercio global.
En Europa, la demanda de carbón caerá apenas 2 %, muy lejos de los desplomes de dos dígitos de 2023 y 2024, debido a una menor generación hidroeléctrica y eólica en la primera mitad del año.
Estados Unidos ilustra otra cara del fenómeno. Allí, el carbón llevaba quince años en retirada, con caídas promedio del 6 % anual. Este año, sin embargo, volvería a respirar con un alza de 8 %, impulsado por el precio del gas natural y decisiones políticas que ralentizaron el cierre de plantas.
El saldo global es un mercado saturado, con cerca de 9.050 millones de toneladas en la mano (un máximo histórico que crece incluso más rápido que el consumo) para un mercado de 8.850 millones. Mucho carbón disponible, menos compradores dispuestos a pagar lo de antes. Los precios caen, las existencias aumentan y los márgenes se adelgazan a los costos de producción.
En ese tablero, Colombia juega en desventaja. No define precios, no marca tendencias y depende de compradores que hoy ajustan sus matrices energéticas con una mezcla de renovables, gas natural y energía nuclear (es decir, fuentes que desplazan lentamente al carbón en la generación eléctrica, y que, por supuesto, son bienvenidos para la salud del medio ambiente).
Colombia frente a un mercado que ya no crece
El enfriamiento del mercado mundial del carbón encuentra a Colombia en su peor momento productivo. En el tercer trimestre de 2025, la extracción de minas y canteras fue la actividad con peor desempeño del PIB, con una contracción de 5,7 %, según el DANE. La subrama de carbón y lignito encadena varios trimestres en negativo, tanto en el segmento térmico como en el metalúrgico.
Mientras el comercio internacional de carbón empieza a retroceder —la AIE estima una caída cercana al 5 % en 2025, hasta 1.468 millones de toneladas—, Colombia enfrenta el ajuste con menor competitividad y mayores costos internos. El resultado es una pérdida acelerada de volumen exportado justo cuando el país más necesita divisas.
De acuerdo con el gremio del sector, Fenalcarbón, de julio a septiembre las exportaciones de carbón metalúrgico y coque cayeron más de 34 % frente al año anterior. En términos absolutos, el país dejó de vender unas 850.000 toneladas de coque y alrededor de 400.000 toneladas de carbón metalúrgico. Las estimaciones apuntan al cierre del año con una caída de 30 %.
En una pasada entrevista con este diario, el gremio señaló que “antes éramos el tercer exportador mundial de coque, con el 12 % de lo que se mueve en comercio internacional, que son aproximadamente 30 millones de toneladas. En 2024, Indonesia ya nos superó en el tercer lugar, aunque mantuvimos la participación de 12 %”.
Según el DANE, las exportaciones de carbón declaradas en octubre sumaron USD 429,7 millones, casi 7 % por debajo de los USD 460,8 millones del mismo mes de 2024. La distribución también refleja el ajuste: este año el grueso de los embarques se concentró en septiembre (35,2 %) y octubre (30,7 %), mientras que en 2024 casi la mitad (46,7 %) se había despachado en agosto.
Las regalías, por ende, penden de un hilo. En octubre, Fenalcarbón estimó que pasarían de COP 8 billones a 5 billones. Pero el escenario estaba ligado a la hundida reforma tributaria. Aun así, el golpe se ve venir por el mercado global.
Ese desplome continuo ocurre en un mercado que se volvió más estrecho. Según la AIE, China y la India redujeron sus importaciones en 2025 gracias a una combinación de demanda débil, alta producción interna y abundantes inventarios.
La agencia subraya que estos países no solo producen más, sino que acumularon inventarios en niveles históricamente altos, lo que les permite atravesar picos de demanda o eventos climáticos sin recurrir al mercado internacional. En la práctica, cada tonelada almacenada en Asia es una tonelada menos que cruza el océano, un golpe directo para los países exportadores que dependen del comercio marítimo.
Precios globales a la baja, costos locales al alza
El problema no es solo cuánto se exporta, sino a qué precio. En 2025, el carbón térmico se negoció con menos brillo: los precios internacionales cayeron 20 % en Asia y 10 % en Europa frente al año anterior, según la AIE. En varios mercados, los precios se acercaron peligrosamente a los costos marginales de producción, reduciendo los márgenes incluso para los productores más eficientes.
En Colombia, ese ajuste choca con una estructura de costos que se ha encarecido en sentido contrario. Solo en transporte terrestre, los fletes en las principales rutas del interior aumentaron cerca de 40 %, tras los cambios en el Sice-Tac, subrayó Fenalcarbón. A eso se suman mayores costos laborales y una carga tributaria creciente que no distingue entre carbón térmico, metalúrgico ni coque.
El efecto combinado es demoledor. En palabras del sector, el impuesto a las ventas del carbón, aplicado sin diferenciación, puede representar hasta 2 % del valor del producto a lo largo de la cadena, un porcentaje que hoy equivale —o supera— el margen de exportación. A esto se añade el anticipo de renta, que pasó de 1,6 % a 4,5 %, el más alto entre todos los sectores económicos. En 2024, ese esquema generó un exceso de renta pagada cercano a COP 1 billón; en 2025 podría alcanzar COP 2 billones, recursos que las empresas pagan aun cuando exportan a pérdida.
El riesgo es doble. Por un lado, menos exportaciones significan menos divisas en un país con déficit externo persistente. Por otro, el endurecimiento fiscal reduce la base productiva, lo que termina erosionando el recaudo que se busca proteger.
La AIE advierte que el comercio internacional de carbón seguirá disminuyendo hasta 2030; Colombia, en cambio, acelera su propio ajuste por la vía interna.
El peso del carbón en la energía
En 2024, la generación mundial de electricidad alcanzó 31.100 Teravatios-hora (TWh), y el carbón aún aportó una parte central de la seguridad del sistema. Por su parte, la demanda de carbón para generación eléctrica fue de 5.946 millones de toneladas.
Este año, pese al crecimiento de la electricidad global hasta 32.200 TWh, el uso de carbón en el sector eléctrico se mantiene prácticamente estable, en 5.964 millones de toneladas. No crece. Pero tampoco se derrumba.
El resultado es un desplazamiento lento pero constante del carbón en la matriz: su participación en la generación eléctrica mundial caería del 35 % en 2024 al 27 % en 2030, anticipa la agencia, aunque la capacidad instalada seguirá siendo alta.
Atrás quedó la lucha del carbón por la grandeza de producir sin medida; ahora se levanta como centinela de la estabilidad, custodio de los instantes de vértigo del sistema y acompañante de la danza intermitente del viento y del sol.
Lo que queda fuera de la ecuación colombiana
Para países como Colombia, este rediseño del sistema energético global deja poco margen. El carbón sigue siendo necesario, pero cada vez menos comerciable.
La AIE estima que el comercio internacional de carbón térmico caerá hasta 936 millones de toneladas en 2030, desde 1.111 millones en 2025. Es decir, habrá menos carbón cruzando océanos, incluso si el consumo interno en algunos países se sostiene: el carbón que sobrevive es el que se quema cerca de donde se extrae.
Esa quietud favorece a gigantes con mercado interno —China, India— y castiga a exportadores lejanos, dependientes del transporte marítimo y de precios internacionales cada vez más ajustados. Colombia pertenece a este segundo grupo.
La evidencia no está solo en los informes globales. También aparece en los muelles.
Según la Superintendencia de Transporte, entre enero y septiembre, el sistema portuario movilizó 126,7 millones de toneladas, una cifra que el Gobierno celebró como récord. Sin embargo, el dato completo cuenta otra historia.
Frente a 2024, cuando se movieron 135 millones de toneladas, el volumen cayó 6,2 %. También quedó por debajo de 2023 (131,1 millones) y muy lejos de 2019, el último año plenamente estable antes de la disrupción logística global, cuando se movilizaron 146,1 millones de toneladas. La brecha es de 19,4 millones de toneladas, una caída cercana al 13 %.
La contracción ya tiene expresión material. En los puertos carboneros del Caribe, el principal producto de exportación del país registró una caída cercana al 23 % en lo corrido del año, con retrocesos particularmente marcados en Ciénaga y La Guajira, donde el carbón concentra buena parte de la actividad logística.
La AIE anticipa que esta presión se intensificará. A medida que las importaciones de carbón térmico caigan en Asia y en las economías avanzadas, el comercio marítimo perderá volumen y los exportadores competirán por un espacio cada vez más estrecho. En ese escenario, pesan más la cercanía al consumidor, los costos internos y la flexibilidad operativa que la mera disponibilidad del recurso.
Colombia no controla ninguna de esas variables. No define precios, no tiene un mercado interno capaz de absorber el carbón que deja de exportar y enfrenta costos logísticos y fiscales que se mueven en sentido contrario al mercado.
El informe deja claro que el mundo está lejos de un colapso, pero sí de un periodo de estabilidad sin crecimiento, un escenario donde se mantendrán a flote quienes tengan un interno mercado, costos bajos y respaldo estatal. En Colombia, con márgenes estrechos y grietas fiscales a la vista, el desafío ya no es cuánto queda bajo tierra, sino cuánto más resistirá un sector que, pese a la presión, sigue aportando a las finanzas públicas mediante regalías cuyo impacto dependerá de la dirección del mercado.
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