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Por qué un dólar más débil no preocupa a Estados Unidos: ¿quién gana y quién pierde?

La depreciación global del dólar no inquieta a Donald Trump, quien la califica como “genial”, y encaja en una lectura más amplia sobre la estrategia económica de Estados Unidos para fortalecer su competitividad y exportaciones.

10 de febrero de 2026 - 06:00 p. m.
En comparación con hace un año, el dólar ha perdido más de 10 % de su valor frente a las principales monedas del mundo en el Índice DXY. Imagen de referencia.
Foto: Bloomberg - Paul Yeung
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A finales de enero pasado, con el dólar estadounidense registrando una depreciación frente a varias de las principales monedas del mundo, el presidente Donald Trump fue consultado por periodistas sobre el comportamiento de la divisa.

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La respuesta del mandatario fue: “Me parece genial. Miren los negocios que estamos haciendo. Al dólar le está yendo muy bien”.

Esta reacción contrasta con la lectura pesimista (y, en algunos casos, abiertamente apocalíptica) que suele instalarse en los mercados cuando una moneda registra una tendencia bajista.

En general, nadie quiere que su moneda valga menos, pues ese movimiento suele asociarse con presiones inflacionarias, pérdida de confianza o desequilibrios financieros. Salvo que, como parece ser el caso, exista una estrategia detrás.

Precisamente, la Administración interpreta los retrocesos del billete verde como una dinámica que encaja con las prioridades económicas del país.

Dólar vs. el mundo

Los principales indicadores que miden el comportamiento de la moneda estadounidense frente a otras monedas muestran una depreciación clara a nivel global.

Uno de ellos es el índice DXY, que mide el valor del dólar frente a una canasta de seis monedas de economías desarrolladas, entre ellas el euro, el yen japonés y la libra esterlina. Al 10 de febrero de 2026, el indicador acumulaba una caída superior al 10 % en los últimos 12 meses, lo que refleja una pérdida de valor del dólar frente a sus principales pares internacionales.

Ese comportamiento también se observa en el cruce más seguido del mercado cambiario: el euro–dólar.

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Al 9 de febrero de 2026, un euro se cambiaba por cerca de 1,19 dólares, cuando un año atrás la cotización rondaba niveles cercanos a 1,03. Esto significa que hoy se necesitan más dólares para comprar un euro, una señal directa de depreciación de la moneda estadounidense frente a la principal divisa alternativa de reserva global.

Y en Colombia, la tendencia es consistente con ese panorama internacional. La Tasa Representativa del Mercado (TRM) se ubicó el martes 10 de febrero de 2026 en COP 3.651,90 por dólar, tras caer COP 18,3 frente al día anterior. En comparación con el mismo día del año anterior, la TRM muestra una reducción de 11,23 %, equivalente a COP 461,8 menos.

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Ante la pasividad de Trump frente a lo evidente, vale la pena preguntarse qué hay detrás de esta dinámica y si, incluso, existe una “operación depreciación” de la moneda estadounidense desde el propio gobierno de ese país.

La política económica de EE. UU.

Expertos coinciden en que la debilidad del dólar no debe interpretarse necesariamente como una señal de fragilidad macroeconómica, sino como un movimiento que puede resultar funcional para la estrategia económica de Estados Unidos.

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Para María Claudia Lacouture, presidenta de AmCham Colombia (la Cámara de Comercio Colombo Americana), un dólar más débil no es, por definición, una señal de crisis.

La depreciación, explica Lacouture, “se vuelve preocupante si cae por pérdida de confianza o por desorden financiero”. Sin embargo, cuando el ajuste es gradual, “puede ser funcional”, reitera la líder gremial, en la medida en que mejora la competitividad y apoya la actividad productiva.

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En esa línea, la presidenta de AmCham señala que un dólar más bajo mejora la competitividad-precio: abarata en moneda extranjera parte de lo producido en Estados Unidos, encarece las importaciones en dólares y favorece sectores como las exportaciones, el turismo y algunos servicios, además de apoyar procesos de relocalización productiva.

El riesgo de esta estrategia, advierte Lacouture, está en el impacto inflacionario, pues mayores costos de importación pueden trasladarse a los precios internos, por lo que la conveniencia de un dólar débil depende del contexto macroeconómico.

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De ahí que desde la administración Trump, la depreciación del dólar no se asume como un problema. En palabras de Lacouture, mientras el ajuste sea ordenado y Estados Unidos siga siendo percibido como un destino seguro para el capital (por la profundidad de sus mercados, su liquidez y su capacidad de financiamiento), un dólar menos fuerte encaja más en una narrativa de crecimiento y empleo que en una lectura de fragilidad económica.

En esto coincide Ricardo Triana, director ejecutivo del Consejo de Empresas Americanas (CEA Colombia). A su juicio, la relativa debilidad del dólar es coherente con la estrategia de reindustrialización promovida por Donald Trump, que busca producir más dentro de Estados Unidos y, necesariamente, exportar más.

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Precisamente, Triana plantea que no se trata de una depreciación “accidental ni ignorada”, sino de un resultado consistente con un conjunto de políticas orientadas a reducir el costo relativo de la moneda estadounidense y a mejorar la competitividad externa. “Incluso a través de señales directas de intervención o coordinación cambiaria”, puntualiza el director ejecutivo del CEA Colombia.

Triana añade que, desde la visión de las empresas estadounidenses con operaciones en Colombia, un dólar más competitivo también puede favorecer mayores flujos de inversión y exportación, fortaleciendo la integración comercial y las operaciones regionales sin sacrificar la competitividad global de Estados Unidos.

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Bajo esta visión, el dólar deja de ser un termómetro de estabilidad macroeconómica y pasa a funcionar como un instrumento político y comercial al servicio del empleo, la producción y el reposicionamiento industrial del país.

Reindustrialización, deuda pendiente

La estrategia económica que hoy defiende la Casa Blanca se entiende mejor si se mira el paisaje industrial de ese país.

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Durante décadas, Estados Unidos ha atravesado un proceso profundo de desindustrialización que ha reducido de forma sostenida el peso del sector manufacturero en su economía.

Según un estudio del National Bureau of Economic Research (NBER), el empleo manufacturero estadounidense alcanzó su punto máximo a finales de los años setenta, con cerca de 19,5 millones de trabajadores, y desde entonces ha seguido una trayectoria descendente.

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Solo entre 2000 y 2017, la economía perdió 5,5 millones de empleos industriales, una caída estructural que no logró revertirse ni siquiera en los años previos a la pandemia.

El NBER también documenta que entre 2000 y 2014 Estados Unidos perdió más de 75.000 establecimientos manufactureros, y que hoy cuenta con unas 50.000 plantas menos que a finales de los años setenta.

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Esta transformación profunda dio lugar a un aparato productivo con menos fábricas, plantas más grandes y procesos crecientemente apoyados en capital y tecnología, más que en mano de obra intensiva.

Pero la apuesta de Trump por atraer de regreso cadenas productivas, impulsar la manufactura local y vender más al exterior se enfrenta a una realidad compleja en el frente comercial.

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De acuerdo con cifras del U.S. Census Bureau (la agencia estadística de ese país), en noviembre de 2025 las exportaciones de bienes y servicios de Estados Unidos cayeron USD 10.900 millones, un descenso de 3,6 %, hasta USD 292.100 millones, tras haber alcanzado un máximo histórico el mes anterior.

La caída estuvo concentrada en los bienes, con retrocesos en insumos industriales y bienes de consumo, mientras que las exportaciones de servicios mostraron un leve aumento.

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En cualquier caso, el objetivo de exportar más y recomponer la base industrial no es inmediato ni automático. Por lo tanto, un dólar más débil aparece como una variable dentro de la estrategia; no como una solución per sé, pero sí como un factor que puede facilitar la competitividad de los productos estadounidenses en los mercados internacionales y acompañar el esfuerzo por revertir una tendencia de desindustrialización de largo plazo.

Ganadores y perdedores del dólar débil

En economías que importan más de lo que exportan, como la colombiana, el primer impacto de un dólar más débil suele sentirse del lado de los costos.

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Cuando la divisa estadounidense baja, se abaratan los bienes importados, los insumos de producción y la maquinaria, lo que puede aliviar presiones sobre los precios y sobre la estructura de costos de las empresas.

Sebastián Chacón Marín, del Politécnico Grancolombiano, explica que un dólar más débil tiende a jugar a favor de los países que dependen de importaciones para producir y consumir.

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Ese alivio también se extiende al frente financiero: los países y empresas con deuda denominada en dólares pueden verse beneficiados cuando la moneda estadounidense pierde valor, pues el peso de esas obligaciones, medido en moneda local, se reduce. En economías emergentes, este efecto puede traducirse en un mayor margen fiscal (para hacer pagos de deuda pública), al menos en el corto plazo.

El panorama cambia cuando se observa del lado de los exportadores. Para quienes venden en dólares, pero enfrentan costos en moneda local, una apreciación cambiaria implica que cada dólar recibido rinde menos, lo que puede afectar márgenes y competitividad, especialmente en sectores donde los precios internacionales no se ajustan con rapidez.

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Y es que la debilidad del dólar va de la mano con un entorno de alta incertidumbre global, atravesado por decisiones de política monetaria, ciclos económicos y riesgos políticos, lo que dificulta identificar con claridad riesgos u oportunidades.

Carolina Grünwald, economista jefe de Prudential AGF Chile, le dijo a este diario durante el evento ‘Insights for Investors, Perspectivas 2026’, organizado por Colfondos, que anticipar el rumbo del dólar es cada vez más complejo, por lo que las decisiones de inversión requieren cautela y una evaluación cuidadosa del riesgo.

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Esa complejidad también se refleja en el comportamiento del mercado cambiario. Valeria Álvarez, cabeza de Estrategia de Itaú Colombia Comisionista de Bolsa, señala que incluso en un escenario de dólar más débil pueden presentarse episodios de corrección y volatilidad, impulsados por datos económicos, cambios en las expectativas sobre tasas de interés o tensiones internacionales.

A su turno, el equipo económico de DaviBank coincide en que el comportamiento reciente del dólar responde a una combinación de flujos de capital, expectativas sobre política monetaria y factores geopolíticos. Por lo tanto, un dólar más bajo no elimina los riesgos, sino que obliga a leerlos de otra manera.

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Más que una historia de ganadores y perdedores absolutos, la debilidad del dólar es un elemento más del tablero: por sí sola no define decisiones, pero sí altera el entorno en el que gobiernos, empresas e inversionistas evalúan riesgos y oportunidades.

Solo el tiempo dirá si a Estados Unidos le bastó con dejar caer el dólar para recuperar lo que perdió durante décadas de desindustrialización.

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Por Daniel Felipe Rodríguez Rincón

Comunicador Social y Periodista. Desde 2017, se ha desempeñado en diferentes medios de comunicación colombianos. DanfeRodriguez drodriguez@elespectador.com
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