Jaime Coba Velandia, un joven de 20 años, quien ayudaba a su familia en las labores del campo, se levantó un día soñando con ser alcalde de Paz de Ariporo, el municipio más extenso de Casanare y uno de los más golpeados por la violencia paramilitar.
La decisión surgió después de un éxodo campesino ocasionado por la intimidación de este grupo armado. Su familia huyó.
Pero él es consciente de que a punta de rezos a Nuestra Señora de Manare, patrona del pueblo, su sueño no se volverá realidad, a menos que se prepare y estudie. Por eso la misión del Proyecto Utopía es “arrancarle a la guerra a nuestros jóvenes y acercarlos a los libros”.
“Desde que entré a Utopía, mis metas dejaron de ser una fantasía y no tuve que ir por el camino minado. Me preparo para ser un ingeniero agrónomo, y cuando ya lo sea, no sólo voy a ayudar a mi familia, sino a la gente del pueblo, por eso quiero ser alcalde: sí, un político, pero de los buenos. Entonces no es ninguna Utopía, yo empecé a ser alguien”, explica Jaime Coba, quien a las 8:00 a.m. llega embarrado hasta las rodillas después de su clase de ‘práctica productiva’, que empieza a las 5:00 a.m.
El año pasado, Jaime, después de someterse a un proceso de selección, ingresó a Utopía, una ciudad universitaria ubicada a 45 minutos del casco urbano de Yopal, en un área de 1.000 hectáreas de cultivo y tierras ganaderas. El proyecto es de la Universidad de La Salle, que ha invertido más de US$30 millones y además cuenta con el apoyo del Banco de Bogotá.
“Nuestra oferta no es de educación de segunda para ciudadanos de esa misma categoría. El plan está integrado por tres componentes: el programa de ingeniería agronómica, el Centro Lasallista de Investigaciones Agrícolas y Ganaderas y el Programa de formación para el liderazgo social, político y productivo”, asegura Carlos Gómez Restrepo, rector de la universidad.
En este lugar conviven 60 jóvenes provenientes de Arauca, Vichada, Casanare y Caquetá, quienes cursan el tercer cuatrimestre de la carrera. El sostenimiento de cada uno de ellos, durante los cuatro años de estudio, es de $75 millones, de los cuales el estudiante paga por cada cuatrimestre un salario mínimo.
A mitad de año se espera ampliar la convocatoria a Chocó, Putumayo y Bolívar.
“Aquí llegué y conocí historias más tristes que la mía. Todos los que vivimos en este lugar compartimos un pasado violento y unas ganas de salir a delante muy berracas”, comenta Coba camino a la cafetería a almorzar, a las 12:00 del mediodía.
Después de reposar un rato, se reúne con los integrantes del grupo del cultivo de piña, el cual tiene asignado para discutir los avances del cultivo.
Antes de entrar nuevamente a clase, de 4:00 a 10:00 p.m., pasa por la biblioteca “para entender mejor y no quedar como el más preguntón de la clase”.