Internamente el dólar fluctuó en un estrecho rango después de intentar fallidamente penetrar abajo el nivel de los $2.200. De romper arriba los $2.300 y si logra el acompañamiento de un deterioro o retroceso de los mercados internacionales, sería señal del agotamiento de la tendencia bajista que se fundamentaba principalmente por la masiva emisión de dólares que ha tenido que inyectarse al mercado para recuperar su liquidez, pero que probablemente no llega aún a manos de los consumidores y empresas debido a problemas de transmisión en el golpeado sistema financiero internacional.
Ahora bien, me atrevería a decir que lo peor ya pasó y que los futuros momentos de presión que sufran los mercados son oportunidades en los que la valentía, de una ponderación entre riesgo y expectativas de rentabilidad de cada inversionista, será debidamente compensada. Los ajustes son necesarios y más cuando el daño sobre la economía ha sido tan profundo y sólo comparables con antecedentes que se remontan a la Gran Depresión.
Con los actuales niveles sería aconsejable retornar a la liquidez, sobre todo cuando las tasas de interés son tan bajas y castigan con mínimo costo de oportunidad a los recursos sin invertir. El cero de rentabilidad es mejor que perder capital y después del optimismo observado es aconsejable retornar a lo conservador en espera de niveles de entrada que pueden ser mejores que los actuales.
El sistema de mercado demostró con la recuperación de estas últimas semanas que su fin está aún lejano y que definitivamente la toma de riesgo es la palanca que mueve los negocios, lo importante es tener la paciencia para asumirlo en niveles que sean acordes con el rendimiento esperado y a sabiendas de que de presentarse pérdidas, éstas sean aceptadas con resignación y pasadas con disciplina. La cabeza fría, más que el comportamiento de rebaño, debe primar en los actuales mercados, que siguen cargados de alta volatilidad.