La crisis de la economía mundial ha alcanzado una dimensión tal que los analistas internacionales no han podido encontrar la metáfora apropiada. Muchos hablan de un tsunami. Otros, de la tormenta perfecta o incluso del tsunami perfecto. Desde la óptica de América Latina, la metáfora adecuada es otra. Podemos hablar de un gran terremoto cuyo epicentro está ubicado ya no en el mundo en desarrollo sino en el mundo desarrollado. Las ondas sísmicas (y las continuas réplicas) amenazan con derrumbar las frágiles estructuras económicas de la región, con destruir lo construido durante los años precedentes de prosperidad y esperanza.
Esta metáfora nos permite precisar varias cosas. Primero, los tremores, las grandes sacudidas llegarán (ya lo han hecho) a todos los lugares, sin excepción: desde el río Grande hasta la Patagonia. Y segundo, los daños causados por el terremoto financiero serán muy distintos, variarán de un país a otro. Serán mayores en los países más cercanos al epicentro. Y menores en los países con instituciones mejor preparadas, con algún grado de sismorresistencia. Ningún país latinoamericano está blindado contra la crisis. Pero unos la resistirán mejor que otros.
En el caso de Colombia, existen varias razones para no esperar lo peor. Es difícil ser optimista en estos momentos. Pero es posible serlo, al menos, en un sentido relativo, en comparación con nuestros vecinos o con otros países en desarrollo. En parte como consecuencia de la crisis de la década pasada, la peor en la historia de Colombia, la economía colombiana está hoy mejor apertrechada, mejor preparada para resistir el terremoto más grande de los últimos tiempos.
Existen, al menos, cuatro razones para no esperar lo peor o para esperar un mejor comportamiento relativo de la economía colombiana. En primer lugar, el sector financiero colombiano no tiene problemas. Los bancos obtuvieron utilidades, han repartido o van a repartir dividendos, tienen altas provisiones y una cartera saneada. Más importante todavía, están prestando. El sector privado colombiano, a diferencia de lo que ocurre en la mayor parte del mundo, tiene actualmente acceso al crédito. El buen comportamiento del sistema financiero colombiano no es fortuito: es el resultado de un actuar prudente y estricto por parte de reguladores y administradores.
En segundo lugar, el Banco de la República tiene todavía suficiente margen para bajar la tasa de interés de referencia. A diferencia de la crisis anterior, la política monetaria no va a frenar la economía: va a empujarla. La devaluación también ayudará a impulsar la actividad económica de los sectores exportadores y de los que compiten con importaciones. El Banco de la República ha podido dejar que el peso se deprecie pues las deudas en dólares del sector privado colombiano se
redujeron ostensiblemente en el pasado. El Fondo Monetario Internacional estimó recientemente que sólo siete por ciento de las empresas colombianas listadas en bolsa serían afectadas por una devaluación significativa. Hace diez años el mismo porcentaje ascendía a cincuenta por ciento.
En tercer lugar, las remesas han tenido un comportamiento más estable en Colombia que en el resto de América Latina. En el caso de los Estados Unidos, al menos, los emigrantes colombianos tienen más años de educación que los emigrantes centroamericanos, están menos concentrados en los sectores más vulnerables (como la construcción) y tienen, en promedio, salarios mayores. En general, los colombianos han sido menos golpeados por la crisis y han podido seguir, en buena medida, enviando remesas. En 2008, por ejemplo, las remesas aumentaron con respecto a 2007.
Y en último lugar, la economía colombiana está menos integrada a la economía de los Estados Unidos, tiene un comercio internacional más diversificado y un mercado interno todavía dinámico. Al mismo tiempo, los valores de algunas exportaciones colombianas han tenido un comportamiento aceptable. El precio del carbón ha caído menos que el del petróleo. El precio del café se ha mantenido más o menos estable. Y las flores se siguen vendiendo a buen precio.
Con todo, el terremoto tendrá efectos previsibles. El Gobierno sigue prediciendo una tasa de crecimiento de tres por ciento para este año. Pero seguramente reducirá su predicción en las próximas semanas. Actualmente el promedio de las predicciones está alrededor de dos por ciento: un crecimiento mediocre en tiempos normales pero aceptable en tiempos de grandes crisis. Algunas economías en desarrollo, en Europa del este, por ejemplo, experimentarán caídas significativas, hasta de dos dígitos, en la actividad económica. Allí los cimientos no aguantaron.
Algunas medidas recientes del Gobierno, como la congelación del precio de la gasolina, son contraproducentes. Otras, como el anuncio de un plan de choque que reiteraba los proyectos ya presupuestados, son inocuas. Además, el Gobierno no ha aceptado la dimensión (y el carácter estructural) del problema del empleo. Pero más allá de los yerros de la política económica, de lo que el Gobierno hace o deja de hacer, el hecho cierto es que la economía colombiana tiene hoy en día un nivel aceptable de sismorresistencia.
Si la crisis se sigue profundizando, si las réplicas continúan ganando fuerza, nada podrá evitar un desplome catastrófico. Pero, por ahora, las predicciones apuntan a que la economía colombiana saldrá relativamente bien librada. El sector financiero está bien, la política monetaria y la devaluación apuntan en la dirección correcta, las remesas no disminuirán de manera drástica y el comercio internacional conservará alguna dinámica. Hace ya una generación, a comienzos de los años ochenta, Colombia resistió, con problemas, pero mucho mejor que sus vecinos, el último gran terremoto de la economía mundial. Si la historia se repite, podemos darnos por bien servidos.
* Decano de Economía de la Universidad de los Andes