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Retroceder para avanzar

La belleza y el diseño en la producción de artesanías son insuficientes sin la aplicación de un modelo empresarial y estratégico. Este es el nuevo reto de Artesanías de Colombia.

13 de diciembre de 2008 - 05:00 p. m.
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Con apenas 32 años de edad y un inconfundible aspecto de universitaria informal, Paola Muñoz Jurado desarma cuando toma la palabra. Su tono informal del saludo protocolario se transforma en un discurso pragmático y lúcido, que deja ver muy rápidamente cuál es el principal empeño de su gestión: hacer que los artesanos colombianos dejen de verse a sí mismos como creadores marginales y comiencen a tomar en serio su trabajo, con la expectativa de abrirse espacios comerciales sólidos y perdurables, dentro y fuera del país. “La artesanía es una manifestación cultural y creativa, pero también debe ser un negocio autosostenible”, dice Muñoz, en el marco de Expoartesanías 2008, programada entre el 4 y el 17 de diciembre de este año.

Pastusa de nacimiento y de formación, y proveniente de una familia de empresarios y comerciantes, Muñoz estudió derecho y se especializó en gestión pública. Ha sido viajera por gusto personal y políglota por elección y, sin duda, es una de las jóvenes mejor formadas de su generación. En la actualidad es candidata a un PhD en gobierno y administración pública dentro de los programas de posgrado de una universidad española.

Recibió una entidad que, gracias a sus administraciones anteriores, logró sacar a las artesanías nacionales del anonimato, ubicándolas en una categoría de pedestal. “Pero si bien es cierto que los objetos producidos alcanzaron estatus, sus productores —individuales o colectivos— no contaron con la misma suerte”. Esto se ha debido, fundamentalmente, a la carencia de una visión empresarial y a la falta destrezas financeras y administrativas.

Durante sus 27 meses de gestión, y sin abandonar el terreno ganado en el campo del diseño, Muñoz ha dado prioridad a la formación de los artesanos como gestores y administradores de sus propios negocios. “Lo que estoy haciendo es caminar hacia atrás, para fortalecer el sector y permitirle una mejor perspectiva hacia el futuro”.

Su postura ha generado roces con quienes ven a Artesanías de Colombia como un protector de la cultura. Pero ella contraataca: “Ese papel lo debe cumplir el ministerio del ramo, no esta entidad”. Explica que si alguien examina los estatutos, entiende que Artesanías de Colombia es una empresa de promoción y fomento de la artesanía, “pero también debe ser una institución que, de manera paralela, ayude a mejorar la calidad de vida de los artesanos a través de las ventas de sus productos”.

La estrategia de Muñoz ha rendido frutos porque muchos artesanos han aumentado el número de horas que dedican a la actividad, motivados por una razón elemental: están generando cada vez mejores ingresos. Muchos han creado asociaciones temporales para atender pedidos de volumen o han desarrollado sus propios proyectos de exportación, sin que se les tome de la mano. Este es un avance significativo, dice.

Bajo un aguacero torrencial y guarnecida en el tercer piso del restaurante La Cigale, en el norte de Bogotá, Muñoz contó que otra de sus acciones ha sido establecer indicadores y fijar metas de gestión. Además, aprovechando sus conocimiento jurídicos, ha iniciado el proceso de registro de propiedad intelectual para proteger y beneficiar a los creadores de las artesanías emblemáticas nacionales. Ha empezado por los utensilios de barro negro de La Chamba, en Tolima, y seguirá con las hamacas wayúu de La Guajira, la cerámica de Ráquira y Pitalito, el Barniz de Pasto y los sombreros de Sandoná. Los productores serán los dueños de las marcas —previo el lleno de ciertos requisitos— y podrán usar un logo para identificar la denominación de origen.

Todos estos pasos apuntan a construir una plataforma más sólida para seguir hacia delante, “porque no puede ser que el producto artesanal sea perfecto y el sector artesanal no marche bien”.

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