De acuerdo con muchos parámetros, la economía global atraviesa una época muy favorable. Casi todas las regiones importantes del planeta experimentan al mismo tiempo crecimiento sostenido y prosperidad por primera vez en una década.
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Sin embargo, en el discurso de los principales organismos del mundo encargados de la política económica, que se encuentran reunidos en Washington esta semana, se percibe un tono muy sombrío.
“Los buenos tiempos que experimentamos no durarán mucho”, declaró Maurice Obstfeld, consejero económico del Fondo Monetario Internacional (FMI), cuando dio a conocer las proyecciones más actualizadas del organismo, que pronostican una expansión firme del 3,9 % para la economía global en 2018.
En palabras de su jefa, la directora gerente del FMI, Christine Lagarde: “el panorama global actual es radiante, pero en el horizonte se observan nubes más densas”.
El pesimismo de los responsables de la política económica, que asisten a las reuniones de primavera del FMI y el Banco Mundial (BM) en Washington esta semana, contrasta con el comportamiento de los mercados financieros. A pesar de haber sufrido algunos altibajos por un par de meses, los precios de los valores y casi todos los demás activos financieros todavía se encuentran a niveles que sugieren que el crecimiento se mantendrá acelerado durante algún tiempo.
“A los economistas les pagan por preocuparse”, señaló Nathan Sheets, economista en jefe de PGIM Fixed Income y exfuncionario del Departamento del Tesoro de Estados Unidos y la Reserva Federal. “Nos pagan por detectar problemas e identificar retos. Me parece que los mercados, por otra parte, tan solo viven el momento”.
¿Qué preocupa tanto a estos funcionarios? ¿Se trata tan solo de un grupo de economistas que le hacen justicia a la reputación de ciencia lúgubre que goza su disciplina o, peor aún, permiten que sus propias preferencias en política definan sus pronósticos? ¿Acaso será que la economía mundial, con todo y su aparente prosperidad, en realidad se encuentra en peligro?
Analicemos las amenazas interrelacionadas que observan los economistas.
— Inquietud ante la posibilidad de una guerra comercial
El presidente Donald Trump tuiteó el mes pasado que las guerras comerciales son “buenas y fáciles de ganar”, pero lo cierto es que los principales encargados de la política económica no concuerdan con él. Por el contrario, perciben que las amenazas del gobierno de imponer aranceles podrían causar estragos: un ciclo continuo de represalias podría interrumpir las cadenas de suministro de las empresas y hacer tambalear al comercio global.
Lagarde arguyó en un discurso dirigido la semana pasada que el sistema de comercio global ha producido beneficios enormes como la reducción de la pobreza y la creación de empleos con salarios más altos. “Sin embargo, ese sistema de normas y responsabilidad compartida ahora corre el riesgo de ser fracturado”, se lamentó.
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Por lo pronto, este riesgo es más bien teórico, pues no ha causado interrupciones importantes en la expansión económica.
El gobierno de Trump amenazó con abandonar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, imponer aranceles muy elevados a las importaciones de acero y aluminio y gravar importaciones chinas con un valor de US$50.000 millones (o hasta US$150.000 millones). No obstante, se ha abstenido de llevar a la práctica esas amenazas; por el contrario, está participando en conversaciones para renegociar el TLCAN, ha otorgado exenciones de los aranceles sobre el acero y el aluminio a muchos países y ha pospuesto la imposición de aranceles a las importaciones chinas.
En esencia, el patrón del gobierno de Trump hasta ahora ha sido combinar lenguaje beligerante con acciones muy moderadas en comparación. Los socios comerciales han logrado encontrar resoluciones para evitar el estallido de una franca guerra comercial. Existe un plan tentativo para renegociar el acuerdo comercial de Estados Unidos con Corea del Sur, por ejemplo, y continúan las negociaciones del TLCAN.
— Un mundo de desequilibrios financieros
Además de los conflictos comerciales, a los encargados de establecer políticas económicas en todo el mundo les preocupan muchos otros aspectos. También observan que comienza a surgir una serie de desequilibrios y riesgos financieros que podrían provocar, o bien agravar, la siguiente desaceleración económica.
Por ejemplo, algunos países, entre los que destacan Alemania, Japón y China, han registrado durante años superávits en su cuenta corriente, lo que significa que exportan más de lo que importan; en esencia, exportan capital al resto del mundo. Otros países, como Estados Unidos y el Reino Unido, han registrado déficits de cuenta corriente.
Después de algún tiempo, estos patrones pueden crear cierta vulnerabilidad a las perturbaciones financieras; contribuyeron tanto a la crisis financiera global de 2008 como a la de 2010 en la eurozona. También hay que tomar en cuenta que el FMI proyecta que se agraven en los siguientes dos años, a pesar del crecimiento económico sostenido.
Por ejemplo, se espera que el superávit de cuenta corriente de Alemania aumente del ocho por ciento del PIB registrado en 2017 al 8,2 % en 2018 y 2019, según las Perspectivas de la Economía Mundial del FMI. Según el pronóstico, se espera que el déficit de cuenta corriente de Estados Unidos aumente del 2,4 % al 3 % del PIB.
Cada país cuenta con las herramientas necesarias para prevenir estos cambios. Alemania podría canalizar una mayor parte de su gasto a inversiones nacionales y Estados Unidos podría reducir su déficit presupuestario, con lo cual podría comenzar a reducir los desequilibrios. Ninguno ha mostrado interés político en hacerlo.
— Mucha deuda, tasas bajas y la siguiente recesión
Otra inquietud más es que, si bien las principales economías parecen relativamente fuertes en este momento, quizá también sean muy frágiles cuando se presente la siguiente conmoción.
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En vez de aprovechar este periodo de estabilidad y prosperidad para liquidar sus deudas, algunas economías importantes han tomado la dirección opuesta, como demuestran los elevados niveles de deuda pública en Estados Unidos y la enorme deuda privada en China.
“En Estados Unidos, si bien el impulso fiscal es importante, llega un punto en que no puede contribuir nada más al crecimiento”, explicó el miércoles en una entrevista Agustín Carstens, gerente general del Banco de Pagos Internacionales y exgobernador del Banco de México. “Por su parte, China debe seguir mejorando la calidad de su crecimiento desde el punto de vista de su dependencia del crédito”.
Debido a su dependencia de la deuda, cuando se presente la siguiente desaceleración económica quizá los gobiernos tengan menos espacio de maniobra para manejarla mediante un aumento en el gasto público.
Además, como las tasas de interés todavía son bajas en todo el mundo avanzado, una de las herramientas empleadas por lo regular para enfrentar una recesión todavía tiene una capacidad limitada. Por ejemplo, al comenzar la última recesión, la tasa de interés a corto plazo de la Reserva Federal era del 5,25 %, y la redujo casi a cero para diciembre de 2008. Ahora, el nivel objetivo es de entre el 1,5 % y el 1,75 %.
El Banco Central Europeo tiene todavía menos espacio de maniobra, pues sus tasas todavía son muy cercanas a cero.
De hecho, una década después de la crisis financiera, si llegara a presentarse otra recesión, tanto los bancos centrales como las autoridades fiscales tendrían muy pocas municiones para combatirla.
— Las personas que tienden a preocuparse
El tipo de inquietud que se ha generado en las salas de conferencias de Washington esta semana debe tener una dimensión antropológica.
Quienes llegan a convertirse en gobernadores de bancos centrales, ministros de Finanzas o funcionarios del FMI tienden a preocuparse mucho por todo lo que podría salir mal. También tienden a darle más valor que otras personas al tipo de instituciones internacionales que respaldan al sistema de comercio global, de las cuales desconfía mucho el gobierno de Trump.
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No obstante, también es cierto que las noticias económicas de este momento, en su mayoría positivas, van acompañadas de algunas advertencias que más vale considerar. Aunque disfrutemos los días soleados, no está de más planear qué haremos si comienza a llover.
The New York Times