¿Cómo fue su experiencia al salir de la Asobancaria?
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He de decir que por los meses que me retiré de la Asociación pasaron tres eventos que me marcaron. El primero fue descubrir que era una dicha poderme levantar en las mañanas sin tener que madrugar corriendo para ningún lado ni tenerle que rendir cuentas a nadie. Llevaba casi cincuenta años matándome por todo y manejando de manera permanente un enorme grado de estrés. Hubo épocas en que trabajé hasta por más de veinticuatro horas seguidas para cumplir con algún compromiso.
Descubrir, de un momento a otro, que no tenía que responderle a nadie por nada, que me podía ir a almorzar con Juana Castello y Jorge sin pensar que estaba haciendo lo que no debía; que podía sentarme a tomar drinks con Marta y mis amigos sin preocuparme por el guayabo; que podía leer cualquier cosa e incluso ver telenovelas. Sonaba casi inverosímil. ¡Era toda una dicha!
Y no solo eso, también podía ir al Congreso sin tener que estar detrás del Gobierno ni de los parlamentarios pidiendo favores. Ángel Custodio Cabrera solicitó que se me entregara una condecoración importantísima del Senado. La más importante de todas. Lo más increíble fue que para el efecto le prestaron el salón Elíptico, cosa que en muy pocas ocasiones ocurre frente a ceremonias de esa naturaleza.
Allá estaban reunidos la mayoría de los senadores. Además de Ángel Custodio, varios pidieron la palabra siendo muy elogiosos respecto de mi carrera profesional. Entre los que recuerdo que hablaron estuvieron Iván Duque, Claudia López y María del Rosario Guerra. Fue un acto muy reconfortante para el ego. Después de la ceremonia protocolaria me ofrecieron una enorme recepción en otro recinto del Congreso. Además, recibí otras dos condecoraciones por parte de la misma institución. Una anteriormente motivada por Sergio Cabrera, y la otra, posteriormente, por Pierre García cuando fueron representantes a la Cámara.
El segundo evento se dio a los pocos días de salir de la Asobancaria, cuando me atropelló un taxi. ¡Suerte la mía! Antes de retirarme quise recuperar mi capacidad de manejar. Rescaté la licencia de conducción y volví a sacar el carro. Eso funcionó muy mal. Manejar en Bogotá es una pesadilla.
El día que me atropelló el taxi venía de manejar veinte cuadras durante una hora mientras me rodeaban mil motos. Por ese motivo resolví irme caminando a un almuerzo al que muy amablemente me habían invitado José Manuel Gómez y Gina Pardo. Cuando atravesé la carrera once, en la mitad de la calle vi que dos taxis me embestían. Tuve una fracción de segundo para reaccionar, para decidir si echaba para adelante o me devolvía. El interrogante era cómo iban a reaccionar los taxistas porque si volteaban para el mismo lado que yo lo hacía, me podrían matar. Por fortuna no fue así y solo uno de ellos me golpeó con el espejo.
Como consecuencia, tuve dos costillas rotas y se me perforó el pulmón. Estuve diez días hospitalizada y dos meses con unos dolores terribles. Nunca volví a manejar. No sé por qué resolví mentalmente que el taxista que me atropelló era yo misma; es decir, que me había atropellado a mí misma o que yo había atropellado a otra persona. Algo extraño, pero así fue, y hasta ahí llegó mi profesión de conductora de carros.
Pero no solo dejé de manejar. Además: ¡dejé de fumar! Llevaba fumando varios paquetes al día desde los veinticuatro años. En la clínica era imposible hacerlo, luego en mi casa mis hijas me miraban con una cara terrible si intentaba siquiera encender un cigarrillo. Para colmo, tuve que usar oxígeno porque los pulmones habían sufrido muchísimo con el golpe.
Un dato curioso es que en la Asobancaria me venían haciendo bullying, diciéndome que tuviera cuidado porque me podían demandar por viciar el aire. Que incluso también el conductor de mi carro lo podía hacer. Mejor dicho, me sentí acosada por andar fumando. Resolví mentalizarme y, de alguna manera, aprovechar el accidente para no volver a fumar.
Al comienzo el cigarrillo, curiosamente, no me hizo falta para nada. Pero a los dos meses me empecé a sentir terrible. No podía dormir, cosa que no me había pasado. Nunca había entendido la razón por la que la gente se quejaba de no poder hacerlo hasta ese momento. Sentía que el corazón se me iba a salir por la boca. Todo me parecía una tragedia. La vida se me había vuelto imposible. No lograba entender qué me pasaba.
Después de ocho días en que me sentía de esta manera, Mariana me pidió cita con Patricio Uribe, bioenergético, quien me dijo que estaba pasando por un shock de abstinencia de nicotina. ¡Vaya sorpresa! Al menos tenía nombre el problema.
Entonces me recomendó tomar grandes cantidades de extracto de cocombro. A los ocho días no quedaba sombra de que alguna vez hubiera fumado. Había pasado cuarenta y cinco años consumiendo más de dos paquetes diarios. Desapareció como por arte de magia esa desesperación que no me dejaba dormir.
Esto me dejó muchas enseñanzas. La primera fue entender lo que siente la gente cuando dice que no puede dormir, porque hacia las seis de la tarde yo entraba en pánico. Veía con terror la llegada de la noche al pensar que solo me iba a poder dormir, exhausta, a las cuatro de la mañana para despertar a las seis.
Por otro lado, aprendí a respetar lo que implica tener ansiedad de algo que no se entiende. Eso también me sirvió para ver con más benevolencia a las personas que son afectadas por ese tipo de crisis.
El tercer evento fue que Luis Carlos Villegas, ministro de Defensa, le ofreció a Mariana el viceministerio. Fui feliz a su posesión. Llevaba dos meses sin salir de mi casa por cuenta de las secuelas del accidente y, por lo tanto, me sentía extraña. Lo increíble fue que entré al Ministerio como la doctora María Mercedes y salí como la mamá de la viceministra. En ese instante entendí que mi carrera profesional estaba llegando al final. A mi edad tenía que dejarles el espacio a las nuevas generaciones, a la de mis hijas, porque no me iba poner a competir con ellas.
No obstante, el que hubieran cambiado las circunstancias por las que estaba atravesando mi vida no significaba que me fuera a dedicar a mirar para el techo. De hecho, no podía, por cuenta del lío tributario.
Precisamente, arriba hablé de un quiebre en su vida, pero este momento sí que lo fue para usted.
Independientemente de Felaban (ella fue elegida en noviembre pasado presidenta Federación Latinoamericana de Bancos), con el retiro de la Asobancaria debía considerar opciones de futuro. Tenía sesenta y nueve años recién cumplidos. En mi mente siempre había rondado una historia de mi abuelo Alfonso López Pumarejo. Él decía que su vida útil se extendería hasta los setenta y dos años. De ahí en adelante todo era ñapa. Se murió a los setenta y tres.
Si bien la expectativa de vida ha aumentado considerablemente en Colombia frente a la época de la muerte de mi abuelo, no parecía fácil seguir trabajando como hasta entonces. Las sociedades occidentales penalizan a los viejos, más por la edad que por sus capacidades mentales.
Entonces debía organizarme. Esto implicaba cambiar de vida en varios frentes y reflexionar en diversos aspectos de cara al futuro. Estos fueron desde reorganizarme financieramente, preocuparme por mis nietos y padecer porque mis hijas se empezaron a radicar en el exterior, con lo que ello implica desde el punto de vista personal.
Vayamos por partes. ¿Cómo fue su reorganización financiera?
Yo estaba acostumbrada a recibir un buen sueldo mensual y todo marchaba bien. Al final de cada mes encontraba disponible una consignación en mi cuenta suficiente para el diario vivir y para ahorrar. Hacia adelante tocaba replantear todo para tener, además de la pensión, un flujo mensual de ingresos adecuado para atender mis gastos. Por fortuna, siempre tuve conciencia de que había que pensar en la manera de sobrevivir por mí misma en el futuro.
Por la época en que estuve en el Ministerio de Hacienda con Rodrigo Botero, en 1974, leí un libro de Pearl Buck: La madre. La trama tiene lugar en Moscú a principios del siglo pasado. La protagonista de la novela era una abuela a quien el día que dejó de ser útil y empezó a enfermarse la sacaron a la calle en pleno invierno para que se muriera de frío y no tener así que incurrir en gastos por cuenta de ella. Me impresionó mucho y creo que marcó mi vida.
Es por ello que en ese entonces realicé algunos cálculos y le propuse a Rodrigo que a las personas de más de setenta años se les pagara un auxilio por parte del Gobierno. Realicé distintos cálculos para establecer un posible monto. Me parecía que un Estado que se respetara no podía abandonar a sus viejos. Recuerdo que no costaba mucho. La población en ese entonces era joven y había pocos viejos. Aun así, nadie le dio importancia a mi propuesta.
Probablemente por cuenta de esa historia, a pesar de que nunca trabajé directamente en pensiones, les seguía la pista a todas las normas que se expedían al respecto y, desde muy joven, tuve conciencia de la importancia de lograr una pensión y de que quienes estuvieran cerca de mí la tuvieran.
De ahí que por fortuna yo contaba con una desde que cumplí cincuenta y cinco años. Pero como consideraba que esta no iba a ser suficiente para mis gastos, incorporé a mi mente la disciplina del ahorro. Nunca dejé de lado la importancia de no malgastar la plata. Mamá decía: “La plata no se produce en los árboles”. Por eso siempre pensé que había que ahorrar para el futuro. De esta manera, mal que bien, no debería tener problemas para atender mis gastos hacia adelante.
Finalmente, tenía un patrimonio que, por lo menos en teoría, me serviría para mantenerme hasta el final de mis días. Además, me sentía muy orgullosa. Iba, como en La república, de Platón, a poder dejarles una herencia a mis hijas más grande de la que me dejaron a mí, que no era mucha: lo que recibí se aproximó a cero. No obstante, rápidamente concluí que la vida no es tan fácil como a veces la pintan. Primero descubrí que disponer de pensión y ahorros no garantiza nada en Colombia. Cuadrar un flujo de caja mensual para personas naturales proveniente de ahorros en finca raíz y en recursos financieros no resulta para nada fácil, debido a que los mercados no funcionan. Adicionalmente en el país se persiguen tributariamente los capitales.
* Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial. Isabel López es periodista y escritora. María Mercedes Cuéllar fue investigadora de Fedesarrollo y viceministra de Hacienda durante el gobierno de Belisario Betancur. Fue la primera mujer directora del Departamento Nacional de Planeación y ministra de Desarrollo durante el gobierno de Virgilio Barco. Además, fue la primera mujer en integrar la Junta Directiva del Banco de la República, en 1991; presidenta del ICAV entre 1998 y 2006, donde afrontó la crisis del UPAC, y presidenta de Asobancaria por casi una década hasta 2014. Isabel López Giraldo es economista y biógrafa. Escribió una columna económica para La Tarde y otra para El Diario del Otún de Pereira, que sumaron una década ininterrumpida. Más adelante produjo su programa radial en el 2005, llamado Protagonistas de la noticia. A la fecha ha escrito más de quinientas historias de vida en su estilo Memorias conversadas para isalopezgiraldo.com, que comparte con El Espectador. Los invitados reseñados van desde expresidentes de la República hasta jóvenes talentos, pasando por personajes de la vida cultural, intelectual, política y económica del país. Es coautora con Guillermo Perry de los libros Decidí contarlo y El Banco Mundial en privado, y autora de Vida, pensamiento y obra de un cirujano, libro sobre el médico José Félix Patiño Restrepo y publicado por El Malpensante. También es autora del libro privado sobre la vida del emprendedor Eduardo Robayo Ferro. En el año 2020 fue reconocida por RTVC como Mujer Pionera de Colombia.