La transición energética global entró a una fase extraña. Por un lado, el mundo invierte USD 1.000 millones diarios en paneles solares. Por otro, revive centrales de carbón por miedo a quedarse sin combustible.
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La arista se completa con la tecnología de moda: la inteligencia artificial, que promete automatizar el futuro, pero obliga a construir más plantas de gas natural para alimentar servidores.
La geopolítica, por su parte, vuelve a imponerse sobre el idealismo climático con la sutileza de un misil cruzando el Estrecho de Ormuz.
Para la Agencia Internacional de Energía la gravedad del asunto reposa en la inversión. El organismo calcula que la inversión energética mundial alcanzará USD 3,4 billones en 2026, un aumento de 5 % frente al año anterior. El dato, por sí solo, ya dibuja un planeta gastando cantidades industriales de dinero para sostener su metabolismo eléctrico. Pero el detalle relevante está en cómo se reparte ese capital.
- USD 2,2 billones irán hacia tecnologías de bajas emisiones, redes eléctricas, almacenamiento, eficiencia y electrificación.
- USD 1,2 billones seguirán apuntalando petróleo, gas y carbón.
El tablero energético ya no funciona como una simple batalla entre fósiles y renovables. Se parece más a una reorganización militar global donde cada país intenta blindarse frente al próximo shock de suministro.
Ormuz cambió la conversación
Durante años, la transición energética estuvo narrada como una carrera climática. Reducir emisiones, descarbonizar economías, cumplir metas net-zero.
Pero el cierre efectivo del Estrecho de Ormuz alteró la lógica completa.
La guerra en Medio Oriente quebró la confianza en las rutas marítimas que sostienen gran parte del comercio energético mundial. Asia quedó particularmente expuesta: entre 80 % y 90 % de las exportaciones del Golfo terminan allí. El resultado fue un giro pragmático y mucho menos romántico. La prioridad dejó de ser únicamente producir energía limpia. Ahora importa producir energía dentro de casa.
Ese cambio explica buena parte de las contradicciones que atraviesan el nuevo ciclo energético.
El carbón sobrevive por miedo
La inversión global en carbón alcanzará USD 180.000 millones este año, el nivel más alto desde 2012. Hace apenas una década, gran parte del mundo desarrollado hablaba del combustible como una reliquia industrial condenada a desaparecer.
China concentra cerca del 70 % de toda la inversión mundial en suministro de carbón. El motivo responde a una decisión de seguridad nacional, aquel viejo dogma del cuidado interno, urgente en un mundo cada vez más volátil, y que, en este caso, no rechaza tampoco, cabe aclarar, el cuidado climático.
Muchos importadores asiáticos prefieren extender la vida útil de sus centrales locales antes que depender de barcos vulnerables en Medio Oriente. En tiempos normales, el carbón parecía un problema ambiental. En tiempos de crisis energética, vuelve a verse como póliza de seguro.
La paradoja confluye, pues, en dos aristas: el combustible más cuestionado del planeta resurge precisamente cuando el mundo más invierte en energía limpia.
El regreso nuclear
La energía nuclear también vive un renacimiento.
La inversión anual ya supera USD 80.000 millones y actualmente hay unos 80 gigavatios de nueva capacidad en construcción repartidos en 15 países. Para muchos gobiernos, la nuclear recuperó atractivo porque ofrece algo extremadamente valioso en tiempos de tensión geopolítica: carga base estable sin dependencia permanente de importaciones fósiles.
La transición energética empieza a parecerse menos a una revolución verde y más a una obsesión por reducir vulnerabilidades estratégicas.
Gas natural: el combustible puente se niega a morir
El gas natural atraviesa uno de sus momentos más fuertes en años. La inversión en suministro escalará hasta USD 330.000 millones, el nivel más alto de la última década.
Gran parte de ese impulso viene del frenesí alrededor del GNL. En 2025 se aprobaron proyectos de exportación por más de 100.000 millones de metros cúbicos, un récord histórico. Estados Unidos concentró casi el 90 % de esas aprobaciones. Catar aparece detrás.
Pero el alivio esperado para los mercados no termina de llegar. La crisis en Medio Oriente dañó infraestructura crítica y golpeó directamente al gigantesco complejo de Ras Laffan, uno de los pilares globales del gas natural licuado. Dos de sus 14 trenes de licuefacción quedaron afectados. La reparación tardará años.
Más de 30 instalaciones energéticas fueron golpeadas en la región y al menos 20 buques petroleros sufrieron ataques con drones o misiles. La factura asciende a decenas de miles de millones de dólares. Dinero que antes financiaba expansión energética y ahora se consume reparando cicatrices de guerra.
Petróleo: precios altos, inversión débil
La lógica habitual diría que precios altos del crudo deberían disparar nuevas inversiones petroleras.
Está ocurriendo lo contrario.
La inversión global en petróleo caerá por tercer año consecutivo y quedará por debajo de USD 500.000 millones. Parte del problema está en Medio Oriente: Irak y Kuwait perdieron capacidad exportadora al depender casi completamente de Ormuz.
Fuera del Golfo, muchas compañías dudan sobre comprometer capital en proyectos de largo plazo mientras persiste incertidumbre sobre cuánto durará este nuevo pico de precios. También hay problemas prácticos: faltan plataformas marinas disponibles y los costos siguen elevados.
Estados Unidos escapa parcialmente a esa dinámica por su capacidad de reaccionar rápido a cambios de mercado. Algunos proyectos en Venezuela, África y América Latina también siguen avanzando.
USD 1.000 millones diarios para la solar
Las renovables siguen absorbiendo cantidades gigantescas de capital.
La inversión anual en energías renovables alcanzará USD 665.000 millones. Solo la solar fotovoltaica recibirá USD 365.000 millones. Traducido a escala diaria: cerca de USD 1.000 millones cada día.
La energía eólica atraerá USD 200.000 millones y la hidroeléctrica otros USD 75.000 millones.
Pero incluso aquí aparecen señales nuevas. El ritmo de crecimiento de la inversión verde comenzó a desacelerarse desde 2024. Parte de la explicación está en la caída masiva de costos de los paneles solares. Otra parte proviene de cambios regulatorios y mayor incertidumbre en China y Estados Unidos.
Las nuevas reglas federales estadounidenses elevaron el perfil de riesgo para algunos proyectos energéticos. China, mientras tanto, empezó a recalibrar subsidios y prioridades industriales.
Aun así, las renovables representan cerca del 70 % de toda la inversión mundial en nueva generación eléctrica.
La trinchera solar del mundo emergente
La crisis energética está generando otro fenómeno menos visible: hogares y pequeños negocios comenzaron a usar paneles solares como mecanismo de defensa económica.
Filipinas declaró emergencia energética nacional en marzo y triplicó sus importaciones de paneles solares chinos durante el primer trimestre de 2026. En África, al menos 15 países registraron récord histórico de compras solares por más de USD 400 millones en apenas tres meses.
No se trata necesariamente de grandes megaproyectos verdes. Muchas veces es supervivencia básica frente a diésel caro, redes eléctricas inestables y combustibles impredecibles.
La energía solar distribuida se está convirtiendo en una especie de búnker doméstico para economías vulnerables.
El cerebro digital quiere más gas
Mientras buena parte del planeta intenta electrificarse, la inteligencia artificial agregó un nuevo problema al sistema: hambre masiva de electricidad.
La expansión de centros de datos y modelos de IA disparó en Estados Unidos los pedidos de nuevas plantas eléctricas a gas natural hasta el nivel más alto en 25 años. El fenómeno ya empieza a distorsionar mercados completos.
La demanda estadounidense y de Medio Oriente provocó escasez global de turbinas. Varias regiones directamente dejaron de encontrar inventario disponible a corto plazo.
El resultado es una ironía: el cerebro digital que promete optimizar el futuro está obligando al mundo físico a quemar más gas del esperado.
Las venas eléctricas del nuevo sistema
Toda esta electrificación necesita infraestructura.
La inversión en redes eléctricas alcanzará USD 550.000 millones este año, un salto interanual de 20 %. El almacenamiento en baterías comerciales superará por primera vez los USD 100.000 millones.
Las redes eléctricas empiezan a convertirse en el cuello de botella más importante de la transición energética. Generar electricidad limpia ya no basta. El problema ahora consiste en moverla, almacenarla y estabilizarla.
La nueva fractura energética
Debajo de todas estas cifras aparece otra división más profunda: quién puede financiar la transición y quién no.
La volatilidad financiera y el alza global de tasas están golpeando especialmente al mundo en desarrollo. Las energías limpias requieren grandes inversiones iniciales y dependen mucho del costo del crédito. Cuando el dinero se encarece, la transición también.
Para muchas economías emergentes, financiar proyectos renovables sigue siendo considerablemente más caro que en Estados Unidos o Europa. Ese diferencial funciona como una especie de impuesto financiero invisible sobre la descarbonización.
La transición energética global avanza, pero cada vez más fragmentada. Menos como un movimiento coordinado del planeta y más como una competencia geopolítica por blindar suministro, controlar cadenas industriales y reducir vulnerabilidades estratégicas.
El viejo relato climático no desapareció. Solo quedó atrapado dentro lde lalógica de supervivencia energética en un mundo que volvió a desconfiar de sus propias rutas comerciales.
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