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Una semilla para disminuir la pobreza

El proyecto se ejecuta con personas víctimas de la violencia a través de asesorías que tienen como objetivo fortalecer la competitividad de sus empresas y de esa forma, la del país. Cuatro historias reflejan el impacto del programa en su rentabilidad.

21 de noviembre de 2015 - 09:00 p. m.
María Alejandra Moreno Tinjacá / María Alejandra Moreno Tinjacá
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Asoakumaja es el nombre de la empresa que lidera Sindra Tatiana González, y en la cultura wuayuu significa hacer y crear. También tiene una historia ancestral; describe a una mujer viajera que busca nuevos conocimientos para enriquecer su sabiduría y compartirla en la comunidad. En el año 2009 fue víctima del conflicto. Su familia y ella vieron pasar la muerte por su lado cuando los paramilitares protagonizaron una de las masacres más sangrientas del país: la de Bahía Portete. Allí vivían. De allí huyeron buscando paz. Buscando un mejor futuro. Entonces se desplazaron hasta Santa Marta y desde esa tierra empezó a tejer y diseñar mochilas para poder sostener a su familia. “Después del conflicto lo único que me quedó fue mi cultura y vi una oportunidad de negocio”.

Cuando una persona sufre un choque externo, llámese violencia, enfermedad o desplazamiento cuenta con el capital humano como activo que es la experiencia y el conocimiento que posee. Esto es lo único que puede permitirle estar en el mercado y trabajar para superar las adversidades. En opinión de Alfredo Sarmiento, experto en desarrollo humano, “la experiencia y el conocimiento son las herramientas para combatir la pobreza. Pero es determinante que crean en sus capacidades y en que se puede salir adelante”. Por lo general, las personas que enfrentan estas situaciones pierden las ganas de vivir, por eso “es importante el acompañamiento del Estado u otras organizaciones que los guíen para crear nuevos sueños”, señala el decano de la Facultad de Administración de la Universidad Eafit, Manuel Acevedo.

En este contexto, el programa de Desarrollo de Proveedores de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que se implementa desde hace dos años en Colombia, tiene como objetivo trabajar desde las habilidades y las fortalezas de las personas para que identifiquen oportunidades y escriban nuevas historias. El método que se ejecuta es claro: a través de asesorías que realizan los consultores, quienes son previamente capacitados, se inicia un trabajo en equipo en donde la primera etapa acompañan a los emprendedores a construir sueños, diseñar caminos para lograrlos y, finalmente, con las herramientas que se brindan hacerlos realidad. Según Fernando Herrera, coordinador del PNUD en Colombia, “capacitamos a las personas para liderar cambios sostenibles a través de un enfoque humano y con la convicción de que los sueños se pueden hacer realidad”. Este acompañamiento fue el que recibió Asoakumaja y su creadora Sindra Tatiana González.

Y en la misma ruta, apareció la motivación para Omaira Navarro Aguilar, gerente y propietaria de Creaciones Gotitas de Ternura, ubicada en Valledupar. En la empresa se confeccionan todo tipo de artículos para bebés, desde pañaleras hasta la decoración de las cunas. Aunque el nicho estaba claro, faltaban hábitos sencillos como llevar un libro de contabilidad o buscar nuevos mercados. Así que empezó un trabajo en equipo con Jeison Carranza, el consultor, quien la visitaba una vez a la semana durante dos horas y por seis meses para enseñarle a gestionar las relaciones con los clientes, como administrar el tiempo, construcción de marca y temas de innovación. “Nunca me imaginé que llegaría a ser empresaria. Hoy estoy segura de que la pasión y el trabajo con disciplina generan frutos”.

Pero como en los negocios las que hablan por sí solas son las cifras, la rentabilidad de la empresa Crazy Crepes, que es liderada por Lilibeth Monroy Mestre, es evidente. Su capacitación culminó hace un año, pero a diario aplica todos los conocimientos adquiridos y en especial uno que le ha trazado la ruta al éxito: el ahorro, el mismo que le permitió remodelar y expandir el negocio. También es proveedora para grandes eventos y tiene como objetivo estudiar cocina, y para lograrlo todos los días, en su jornada de trabajo, se pone su uniforme y con una gran sonrisa atiende a sus clientes en el parque El Viajero, en Valledupar. Le va bien. En sus palabras, “amo cocinar y quiero expandir mi negocio. Tuve una ilusión y hoy se está cumpliendo para mí y mi familia”.

El programa del PNUD es un trabajo importante para construir valor compartido entre los emprendedores y los grandes empresarios. En opinión del decano Manuel Acevedo, “este ejercicio rompe el círculo vicioso de la pobreza, mejora la calidad de vida de las personas y es la semilla de lo que ha de ser el desarrollo sostenible de Colombia”. La iniciativa ya se había aplicado con éxito en México y El Salvador, y en 2012 llegó a Colombia. Hoy se desarrolla en 23 ciudades, son más de 1.200 los beneficiados y en la práctica el programa está demostrando que, de cara al posconflicto, es una buena oportunidad para disminuir la pobreza. Rafael Rivera, coordinador nacional del PDP, lo define como “una experiencia que permite acceder a más oportunidades y mejorar la calidad de vida, esto se ve reflejado en mejor educación y sueños realizados”.

Durante los dos años que lleva el proyecto, que además es gratuito, el aprendizaje ha sido mutuo. Deyanith Almarales, dueña de la empresa Variedades Ainara, asegura que “en este proceso uno forma lazos de amistad y aprende a enfrentar retos”. Gran parte de su día transcurre en las playas El Rodadero, en Santa Marta, donde vende sandalias y artesanías que elabora junto a su hija. Es fácil de encontrarla, siempre usa un chaleco naranja, una mochila cruzada, muchas manillas y un sombrero para protegerse de los rayos del sol, acompañada de una gran sonrisa. Dolores Velázquez, su consultora, afirma que “es muy gratificante ver cómo Deyanith está logrando sus sueños. Ha pasado por momentos difíciles, pero es más fuerte su deseo de seguir adelante”. El trabajo de los consultores lo resume Carmenza Caraballo, mentora de Sindra Tatiana González: “Es una experiencia que te fortalece como ser humano y permite enamorarse de la capacidad de resiliencia de las personas”.

Las cuatro emprendedoras ahora tienen objetivos comunes: quieren exportar sus productos, generar empleo, innovar y empezar a utilizar las plataformas digitales para no perder ningún cliente potencial. Sindra ya está liderando un grupo de 45 artesanas de la Alta Guajira para conformar su asociación y trabajar en equipo. La dinámica es simple: ella reparte el trabajo entre las artesanas de la ranchería Puttuna’a, y después de una semana recoge los productos para entregarlos a los clientes y pagarle a cada una de sus colaboradoras. La estrategia funcionó. Sus mochilas son pedidas en dos líneas distintas de consumidores y hasta tienen compradores en la plataforma Linio, una de las más conocidas del comercio en línea del país.

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