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Alejandro Gaviria, rector de la Universidad de los Andes

“Yo he dado clases desde 1992. Uno aprende, con el tiempo, a entender que hay unos ritmos en el aula de clase: momentos de atención y momentos de distracción en los cuales las mentes se dispersan y las miradas se pierden. Uno debe, entonces, subir el tono, hacer una pausa o cambiar de tema.

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Con las clases virtuales, esa retroalimentación se pierde. Uno habla, pero no puede apreciar la atención de los estudiantes. He tratado de fomentar la participación, de lograr algo de interacción en pantalla y por el chat, pero las dudas permanecen sobre la eficacia de las explicaciones. Esta semana, en la mitad de una clase de dos horas, comencé a ver que varios estudiantes salían de la reunión: seis o siete abandonaron simultáneamente la sesión virtual. Ce di cuenta después de que era un problema técnico, pero creí transitoriamente que mi etapa de profesor virtual había encontrado un fracaso temprano.

Horas después, entré a una clase de la profesora Sandra Vilardy y me encontré con una disquisición de Carlos Vives sobre la relación entre diversidad cultural y biológica en la región Caribe. Todo matizado con canciones. En algún momento, leyó, un poema de Héctor Rojas Herazo: un momento feliz que me reconcilió con la virtualidad y nos trajo a todos en la clase un poco de esperanza” en medio de todo esto.

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