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Un ejemplo para el debate de antiintelectualismo: “Aprender a aprender”

De acuerdo con la Comisión Europea, “aprender a aprender” es una de las ocho competencias claves para la formación de individuos que demanda la sociedad del conocimiento. La redundancia con la que se formula esta competencia es atractiva, pero no tanto por el vértigo inicial que produce esta especie de metacción: la puesta en abismo “aprender a aprender” simula la profundidad de expresiones como “pensar el pensar” o “crítica de la crítica”. Su poder mágico, sin embargo, viene de otra parte. Por un lado, convierte el aprendizaje en algo individual, adaptado a las necesidades y los deseos de cada uno: uno aprende a aprender porque es autónomo, porque reconoce sus propios límites y desea superarlos. Por el otro, evoca el conocido proverbio de que es mejor enseñarle a pescar al hambriento que darle un pez ?un proverbio, por lo demás, muy caro a quienes nunca han tenido hambre?.

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Pero es imposible aprender a pescar cuando no hay peces, ni agua, ni redes, ni instrumentos de pesca: no hay aprendizaje que tenga sentido si no está profundamente orientado por las preguntas decisivas de cuál es la materia que se ha de aprender y para qué. Nadie aprende, y mucho menos aprende a aprender si no llena el aprendizaje de contenido.

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