A esta altura del partido no necesito explicar el clamor universal que levantó la publicación del ¿poema? de Günter Grass, Lo que hay que decir, cuyo texto puede leerse abriendo este enlace:
http://internacional.elpais.com/internacional/2012/04/03/actualidad/1333466515_731955.html
No ha habido apóstol moral autoentronizado que no aprovechase la ocasión para anatemizar a Grass como antisemita. Paradoja: los únicos que lo han defendido son algunos israelíes, aunque aclarándole que sus acusaciones ya fueron formuladas mucho antes en el propio Israel, por quienes están en contra de la política de archiconservadores como Netanjahu & Co.
En todo caso, a mí me sigue rechinando la traducción del segundo versículo del poema: «Es el supuesto derecho a un ataque preventivo lo que podría exterminar al pueblo iraní, subyugado y conducido al júbilo organizado por un fanfarrón».
Miguel Sáenz es ‘el’ traductor de Grass, por antonomasia, y es un gran traductor. Su versión del poema se ciñe como un guante al original, excepto en ese “ataque preventivo”. Y ello me llevó a pensar en lo curioso de que no haya en castellano una expresión para «Erstschlag», como dice el original, aunque me parece que si uno se metiese a repasar la prensa del tiempo de la guerra fría, con bastante seguridad, encontraríamos una expresión específica creada y empleada para designarlo.
El Erstschlag no es un ataque preventivo, sino lo que su mismo nombre dice: el golpe (Schlag) que se da primero (Erst), porque el que da primero da dos veces (tal es la estrategia disuasoria y cínica que subyace a la expresión). Claro está, que si eres el primero que golpea —bien entendido que sería con armas atómicas—, y el otro se achanta o es aniquilado, entonces el Erstschlag sí se revalida a posteriori como ataque preventivo.
Pero ni USA ni la URSS se habrían quedado con los brazos cruzados ante un ataque del otro, ni un primer golpe sería tan aniquilador que dejase inerme al enemigo, y al haber respuesta el primer golpe se consolida semánticamente como Erstschlag y nunca como ataque preventivo. Y a ello creo que se debe el que Grass usara esa palabra y no otra. Aunque, desde luego, a Irán le resultaría muy difícil levantar cabeza tras un ataque nuclear israelí. De eso sí podemos estar ciertos.
Con independencia de todo ello, lo que casi nadie ha dicho, o al menos no lo he leído, es que se trata de un poema bastante flojo, para no decir que es malo (y punto), que no le hace honor literario a un Premio Nobel. Y no voy a ser tan cínico como para afirmar que eso es más imperdonable que el contenido del poema, pero la tentación de no callármelo es muy fuerte.
El poema
Lo que hay que decir
Por qué guardo silencio, demasiado tiempo,
sobre lo que es manifiesto y se utilizaba
en juegos de guerra a cuyo final, supervivientes,
solo acabamos como notas a pie de página.
Es el supuesto derecho a un ataque preventivo
el que podría exterminar al pueblo iraní,
subyugado y conducido al júbilo organizado
por un fanfarrón,
porque en su jurisdicción se sospecha
la fabricación de una bomba atómica.
Pero ¿por qué me prohíbo nombrar
a ese otro país en el que
desde hace años —aunque mantenido en secreto—
se dispone de un creciente potencial nuclear,
fuera de control, ya que
es inaccesible a toda inspección?
El silencio general sobre ese hecho,
al que se ha sometido mi propio silencio,
lo siento como gravosa mentira
y coacción que amenaza castigar
en cuanto no se respeta;
“antisemitismo” se llama la condena.
Ahora, sin embargo, porque mi país,
alcanzado y llamado a capítulo una y otra vez
por crímenes muy propios
sin parangón alguno,
de nuevo y de forma rutinaria, aunque
enseguida calificada de reparación,
va a entregar a Israel otro submarino cuya especialidad
es dirigir ojivas aniquiladoras
hacia donde no se ha probado
la existencia de una sola bomba,
aunque se quiera aportar como prueba el temor…
digo lo que hay que decir.
¿Por qué he callado hasta ahora?
Porque creía que mi origen,
marcado por un estigma imborrable,
me prohibía atribuir ese hecho, como evidente,
al país de Israel, al que estoy unido
y quiero seguir estándolo.
¿Por qué solo ahora lo digo,
envejecido y con mi última tinta:
Israel, potencia nuclear, pone en peligro
una paz mundial ya de por sí quebradiza?
Porque hay que decir
lo que mañana podría ser demasiado tarde,
y porque —suficientemente incriminados como alemanes—
podríamos ser cómplices de un crimen
que es previsible, por lo que nuestra parte de culpa
no podría extinguirse
con ninguna de las excusas habituales.
Lo admito: no sigo callando
porque estoy harto
de la hipocresía de Occidente; cabe esperar además
que muchos se liberen del silencio, exijan
al causante de ese peligro visible que renuncie
al uso de la fuerza e insistan también
en que los gobiernos de ambos países permitan
el control permanente y sin trabas
por una instancia internacional
del potencial nuclear israelí
y de las instalaciones nucleares iraníes.
Solo así podremos ayudar a todos, israelíes y palestinos,
más aún, a todos los seres humanos que en esa región
ocupada por la demencia
viven enemistados codo con codo,
odiándose mutuamente,
y en definitiva también ayudarnos.