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Adiós al maestro Armando Villegas

El pintor colombo-peruano falleció ayer dejando un legado de más de un millar de obras y valiosos aportes académicos en el estudio de las artes. Tributo a un maestro.

29 de diciembre de 2013 - 05:33 p. m.
El maestro Armando Villegas en su estudio, en Bogotá. /Óscar Pérez
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Armando Villegas se fue, pero se quedó, pues la única razón de su partida era la búsqueda incesante de terreno fértil para construir una cosmovisión artística inevitablemente inspirada en sus raíces. En ese 75% de sangre indígena que con orgullo reivindicó antes y después de salir de Pomabamba (Perú) hacia la convulsa Bogotá de los 50.

Se lo trajo una beca de la Universidad Nacional para estudiar en la Escuela de Bellas Artes, de la que a la postre se volvió decano. Llegó con mochila, por tierra, sin cinco centavos y, como consecuencia de su vocación, se integró a la intelectualidad de la época.

Marquetero de la Librería Central en el día, arrendatario de una modesta pensión frente a la Casa de Nariño en las noches, contertulio de Gabriel García Márquez (a quien conoció en una fiesta) en charlas sobre minotauros aparecidos en los tranvías. Pintor de todas las horas y exponente de un americanismo a la americana, alejado de las visiones trazadas desde Europa y Estados Unidos.

El Nobel de Literatura rememoró en los 80 dichos encuentros señalando que “la pintura en Colombia se estaba restableciendo entonces de los estragos del muralismo mexicano y parecía a punto de naufragar en el pantano de la novedad abstracta, pero ya todos los grandes nombres de hoy estaban disputándose la primera fila. Armando Villegas era quien les enmarcaba los cuadros en la trastienda de una galería, con serrucho y martillo, y se defendía muy bien con su oficio de carpintero anónimo, mientras dedicaba sus pocas horas libres a pintar como lo ha hecho siempre: con la fuerza y la tenacidad de un galeote”.

Y, refiriéndose al contacto que Villegas tenía con las grandes figuras de la pintura de la época en Colombia, García Márquez aportó una anécdota que los pinta con exactitud a ambos:

“Por eso recuerdo con tanta admiración, y con tanta gratitud, que hubiera tenido la modestia de pedirme que le inaugurara su primera exposición importante en Bogotá. Me quedé muy confundido, porque ambos estábamos rodeados de insignes inauguradores profesionales, que de veras habían visto la mejor pintura del mundo y tenían sus discursos escritos de antemano con citas en su idioma original clasificadas por orden alfabético para cada ocasión. A pesar de eso, pensé que el acto de valor civil de Armando Villegas merecía ser respondido con la misma sangre fría, y le contesté que sí. Aquella fue la única y la última exposición que presenté en mi vida y, pensándolo bien, el único discurso que he pronunciado por mi propia voluntad. Delante de todos los pontífices de la ciudad tuve esa vez los riñones de decir: “Tengo la satisfactoria impresión de estar asistiendo al principio de una obra pictórica asombrosa”. Hice bien en decirlo, porque eso fue hace 25 años, y ahora estoy disfrutando de la satisfactoria impresión de no haberme equivocado”.

Amante de los ocres, por ser los colores de la tierra y por estar sumergidos en la esencia precolombiana, Villegas le dijo en 2010 a El Espectador las tres palabras del quechua que a la luz de los acontecimientos resultan una especie de definición de sí mismo: “Ama Llulla, Ama Quella y Ama Sua (No sea mentiroso, No sea flojo, No sea ladrón). Eso es lo que amo y ahí ha gravitado mi conducta”.

En eso se mantuvo como un guerrero, como los guerreros que recreó en sus obras y que caracterizó como limpios, transparentes. Un guerrero defensor de la cultura y crítico de los políticos, pues solía preguntarse por qué la última ministra en ser nombrada fue, precisamente, la de ese ramo.

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De hecho, una de sus cruzadas resultó ser un mensaje revolucionario a favor del aprovechamiento de la basura para el arte. La basura, le dijo a este diario, “es la esencia de los residuos de una cultura, de una civilización. Actualmente hay una gran corriente que utiliza la basura como material de arte y es válido, pero en nuestro medio la basura también es tercermundista, no se aprecia”.

Ayer, tras 63 años viviendo en Bogotá, Villegas partió de nuevo, dejando un incalculable legado para su Perú natal, para la Colombia que lo adoptó y para una humanidad a la que sirvió y de la que recibió todo tipo de honores, quedándole pendiente el Premio Príncipe de Asturias, al que fue nominado este año.

 

Por Élber Gutiérrez Roa

Jefe de redacción y editor multimedia desde 2008. Fue editor político en Colprensa, Primerapágina.com, El Espectador, CM& y Semana.com. Ganó los premios de periodismo Rey de España (digital e investigación), SIP, Ipys-Tilac, Simón Bolívar y CPB. Máster en asuntos internacionales y especialista en asuntos políticos de la U. Externado. elbergutierrezr egutierrez@elespectador.com
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