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Adiós, querida tirapiedras

Uno de los amigos más cercanos de Ana Mercedes Hoyos, el periodista, documentalista y curador Gonzalo Robledo, hace una semblanza de la artista fallecida el viernes en Bogotá.

06 de septiembre de 2014 - 09:00 p. m.
Con su archivo Palenque Files en una de las últimas fotos de su vida durante la visita a su estudio del Bosque Izquierdo para el especial “Celebra ser colombiano”, publicado en El Espectador el 20 de julio.
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Eran las diez de la noche del viernes en Tokio cuando recibí la noticia más triste del año para San Basilio de Palenque y para los amigos de la maestra Ana Mercedes Hoyos y de su obra. De inmediato desfilaron en mi mente los encuentros con ella y con su marido, Jacques, en su casa familiar del Bosque Izquierdo. De cada reunión, obligatoria en mis visitas anuales a Bogotá, Jacques, Ana Mercedes y yo dejábamos no más de una botella de vino vacía y dos o tres de sus frases lúcidas y contundentes, memorables no sólo porque ella las pronunciaba como si fueran decretos sino porque transmitía los ideales de una generación de maestros como Enrique Grau, quien un día en un famoso escrito la denominó “la más interesante de los tirapiedras”. En ese grupo entraban otros pintores irreverentes y rompedores, como Luis Caballero y Momo del Villar.

“Soy una burguesa que no quiere hacer denuncia, sólo quiere llamar la atención”, me soltó una tarde en referencia a su papel de abanderada de San Basilio de Palenque. No soportaba que un país con un diez por ciento de población negra que contribuyó y contribuye a la economía y a la cultura como los demás, segregara a su gente de color y la relegara al último plano en educación, industria, diplomacia y arte. El argumento lo repetía delante de los coleccionistas extranjeros, artistas, diplomáticos, periodistas, expresidentes y ex primeras damas que desfilaban juntos o por separado por su estudio. Su sinceridad y su hospitalidad hacia todos ellos la convirtieron en Anamer, su confidente, y por eso sentarse con ella era dialogar con una de las personas mejor informadas del país. “Media hora contigo equivale a un día entero en internet”, le dije agradecido un día.

Me la presentó en la década de los noventa una amiga común japonesa llamada Yasuko, que Anamer había conocido cuando vino a Tokio invitada por una organización estatal llamada Japan Foundation y fue tratada “como si yo fuera un jefe de Estado”. De inmediato me pareció una personalidad digna de perennizar y en lo sucesivo aprovechábamos nuestros encuentros para grabar algún trozo de conversación, alguna declaración, algún dibujo.

Se sabía muy burguesa y no ocultaba su rigurosa exquisitez. Una vez la visité en Nueva York en el exclusivo apartamento de 240 Center Street, cuando Anamer y Jacques eran vecinos de Cindy Crawford en un edificio barroco eduardiano situado en el cruce de Soho, Little Italy y Chinatown.

Allí me contó muerta de risa que había tenido que dejar plantado a un famoso, arrogante y machista marchante japonés que le hacía exigencias injustas. No le habló como una de las artistas latinoamericanas más cotizadas de ese año en las subastas de Christie’s sino que se limitó a decirle: “Yo ya estoy muy vieja para que usted me trate así”. Años más tarde, cuando inaugurábamos la exposición de Anamer en el Museo de Arte de Yokohama, el galerista apareció en busca de una reconciliación, pero se encontró con que la pintora no había podido asistir.

Si Anamer no tuvo la paciencia para meterse en política, tuvo lucidez para identificar y describir los problemas de Colombia, centrarse en la defensa de la negritud y elegir un lenguaje plástico festivo y optimista que la convirtió en una contestataria muy bien valorada. El origen de su refinamiento visual estaba en lo que ella llamaba su “infancia de princesa”. Lo pude confirmar cuando por trabajo coincidimos en Madrid y vi que se movía en el fastuoso hotel Palace como si fuera la casa de su infancia, pues era allí donde vivía cuando su padre arquitecto la llevaba al vecino Museo del Prado para que viera cómo dibujaron y mezclaron colores los grandes maestros europeos.

Por eso en las entrevistas ensartaba con fluidez en el mismo argumento a Zurbarán, Picasso, Andy Warhol, Isabel la Católica y su comadre Zenaida en Palenque.

Nuestro mayor acercamiento profesional tuvo lugar cuando yo rodaba un documental sobre un galeón español naufragado en el siglo 17 en las aguas de Onjuku, un puerto vecino a Tokio. La investigación sobre las rutas comerciales europeas me reveló el Comercio Triangular, el periplo que sirvió para exportar a la fuerza a las Américas la raza negra. Cuando yo entraba en el tema, Anamer ya estaba de vuelta. Me explicó cómo sus bodegones, sus escorzos de manos y los regazos rodeados de papayas, bananos y sandías, eran su intento de plasmar la vitalidad y el optimismo de los descendientes de las víctimas del tráfico forzado e inhumano de los esclavos africanos.

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Su afán de erudición en materia esclavista la llevó a continuar las investigaciones en San Basilio de Palenque a través de Danilo, un joven palenquero al que convirtió en sus ojos y sus oídos enviándole una cámara fotográfica y una grabadora de bolsillo.

En mi última visita a su estudio el año pasado me pidió clasificar miles de fotos y decenas de grabaciones hechas por Danilo, y encontré que Anamer, no contenta con inmortalizar los personajes de Palenque con su obra, había documentado costumbres y tradiciones que poco a poco los propios palenqueros están empezando a olvidar. Bauticé los archivos Palenque Files y elaboramos un plan para donarlos en formato digital a varias universidades del mundo. Al final del trabajo, que hice con la ayuda de Clemencia, su eficaz e incondicional asistente, me entregó un cuadro pequeño de color violáceo que ella tituló TODO. El cuadro casi abstracto era, me dijo, el anticipo de una nueva etapa en su obra. Parecía dispuesta a volver a lo que el maestro Grau llamó “el minimalismo monumental de Ana Mercedes”, en referencia a esas pinturas de juventud que mostraban marcos de puertas o ventanas con fondos de cielos desvaídos. Vacíos y desconcertantes. Ahora que lo miro en la entrada de mi apartamento en Tokio, el cuadro me sonríe y me doy cuenta de que la maestra no quería cerrar su ciclo vital sin tirar su última piedra. Y de paso nos deja solos a muchos y a Palenque desamparado.

 

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