‘El sonido es vida’, aseguró en alguna oportunidad el director Daniel Barenboim. Sin embargo, cuando el público lo recibió con un aplauso tan fuerte, que logró opacar las notas de los instrumentos musicales, él se tapó los oídos. Lo hizo, por supuesto, con un gesto de complicidad que se tradujo en risa en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, de Bogotá. Con la misma amabilidad saludó a ‘los señores, las señoras y las señoritas’ que estaban ahí para presenciar uno de sus ensayos, es decir, personas dispuestas a escuchar música interrumpida, cortes, repeticiones, afinaciones y hasta regaños. Después, ya sin la misma amabilidad y con el carácter enfático que caracteriza a quienes están por encima del bien y del mal, solicitó, él mismo, que no tomaran más fotografías y que apagaran los celulares porque si seguían haciendo tanto ruido, se vería obligado a pedir que abandonaran el auditorio. Su comunicación con los asistentes culminó con una coqueta picada de ojo cuando a una desprevenida de las primeras filas le sonó su teléfono móvil.
Luego se concentró en el trabajo con la West-Eastern Divan Orchestra, fundada por el argentino en compañía del escritor norteamericano Edward Said a finales de la década del 90. Las indicaciones a sus músicos procedentes de Palestina, Israel, Jordania, Líbano y España las hizo en su mayoría en inglés, aunque a veces mezcló el español cuando quiso particularizar el llamado de atención. En lo que él denominó un ‘rápido ensayo’, hizo un recorrido por las Sinfonías Nos. 6 y 7 de Ludwig van Beethoven (1770–1827), las que a la postre fueron el repertorio de su concierto de este domingo a las cinco de la tarde en la capital colombiana.
Tarareó algunos fragmentos de las obras, tal vez recordándoles a sus músicos aquel dicho del gremio sonoro que dice que todo aquello que se pueda ejecutar con las cuerdas vocales es factible de interpretar con un instrumento. Repasó las entonaciones y se aseguró de ajustar las intencionalidades. Su espalda, ancha como la de un fisicoculturista, siempre estuvo recta y se contrajo sólo cuando quiso que la velocidad de interpretación disminuyera. Los músicos de la West-Eastern Divan Orchestra siguieron las indicaciones de su maestro, aunque se sintieron con la suficiente confianza para opinar y proponer de qué manera el esfuerzo colectivo se podía traducir en un sonido mejor.
En su tarima de director, a Daniel Barenboim se rodeó de un atril, un vaso de agua que durante horas permaneció intacta, una toalla tan blanca como el atuendo del Sumo Pontífice y su batuta. En más de una ocasión este instrumento, empuñado siempre con la mano derecha, golpeó el atril cuando el argentino se vio obligado a repetir más de dos veces el ejercicio. Después de su ensayo con boletería, aspecto que solamente se comprende en las grandes luminarias, y de su concierto en Bogotá, el público entendió que su exigencia es directamente proporcional a su fama.
Cuarenta años atrás Medellín lo recibió como a una promesa del piano clásico y en aquella ocasión interpretó las Sonatas de Beethoven. El domingo fue Bogotá la que presenció la grandeza como director de orquesta de este personaje seleccionado como Mensajero de Paz de las Naciones Unidas en 2007. Barenboim se enfrentó dos veces al público capitalino, en un concierto cuyas localidades se agotaron hace algunos días y en un ensayo con boletería. Unas dos mil personas se deleitaron con la orquesta del argentino, mientras que a otro tanto le tocó conformarse con verlo con la actitud de alguien que no deja nada al azar. El ensayo fue la antesala del esperado concierto, la mejor oportunidad de comprobar aquello de que el sonido es vida.