Me pregunto asimismo cómo reaccionaría el señor Pérez-Reverte si yo hiciera reportaje ficción y lo describiese viajando por Latinoamérica acompañado de su prole, a la cual le iría contando, no sin tierna emoción filial: “Mirad, hijos míos, este lugar lo arrasó uno de vuestros antepasados en el siglo XV, esta pirámide restaurada la demolió otro de ellos en el siglo XVI, estos parajes los limpió étnicamente de indios vuestro tataratatarabuelo don Ramiro en el siglo XVII”.
Y me pregunto todas esas cosas porque leo, en La Nación, de Buenos Aires —un diario que yo creía ± fair play—, una crónica en apariencia humorística, del señor Pérez-Reverte, donde describe la manera de identificar bien rápido la nacionalidad de distintos grupos de turistas. Y a propósito de los alemanes, pontifica ex cáthedra: “A los alemanes también está chupado situarlos. Hay mucho rubio, las pavas son grandotas, todos caminan agrupados y en orden prusiano, se paran exactamente donde deben pararse, la mitad suelen ir mamados a partir de las seis de la tarde, y cuando viajan por Europa algunos padres explican a los niños pequeños, no sin tierna emoción filial: ‘Mirad, hijos míos, este pueblo lo quemó el abuelito en el año cuarenta y uno, este monumento restaurado lo demolió en el cuarenta y tres, este barrio lo limpió de judíos el tío Hans en el cuarenta y cinco’ ”.
Descuento, desde luego, que mi mirada sobre los alemanes está condicionada por el hecho de llevar viviendo entre ellos más de cuarenta años. Pero pueden tener la absoluta seguridad de que tan sólo al cabo de uno, todo lo más dos, nunca me habría expresado sobre este pueblo como lo hace el señor Pérez-Reverte.
Cuando leo semejantes crónicas viajeras, tengo la inconmovible certeza de que sus autores practican la más vomitiva de las ocupaciones: el cultivo del estereotipo, el prejuicio y el cliché. Sea como fuere, si el señor Pérez-Reverte escribió ese párrafo en serio, demuestra una ignorancia culpable acerca del pueblo alemán, e incide poco menos que en la calumnia.
Y si lo escribió en broma, pues maldita la gracia, porque es un chiste de bastante mal gusto.
Habrá que regresar a Pigafetta y a Bernal Díaz del Castillo, ésos sí que viajaron sin anteojeras. Pero es bobería lo que digo: a ellos dos regreso de continuo, no sólo por lo que me encocoran (para decir lo menos) las crónicas de los “viajeros” modernos. Incluido el señor Pérez-Reverte, cuyo segundo apellido —nobleza obliga— debiera ser programa para él.