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?, ?àpies

En memoria del artista catalán Antoni Tàpies, quien falleció esta semana.

09 de febrero de 2012 - 03:46 p. m.
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?, ?àpies; quiere decir: tanto que murió el artista Antoni ?àpies; como que existirá más ?àpies por rato. Firmaba como ?àpies desde joven; cuando trataba de rescatar elementos de la iconografía surrealista y se pintaba autorretratos con pelos que de lo enmarañado levantaban una cruz. Una cruz arriba, una abajo, en todas partes, de varios tamaños, o sencillamente, una sola. Casi se puede decir que existe una cruz de Tàpies.
Figurar una de sus obras es posible al recortar de la sección de necrológicas del periódico una gran cruz para hacer collages con distintos elementos, “me dediqué a estudiar los efectos de la obra material en sí misma, dar al cuadro un aspecto expresivo, a través de texturas, relieves, y casi sin quererlo, mi cuadro se fue abultando y llegó el momento en que empecé a hacer obras en tres dimensiones”, decía. En otras de sus obras, solo agregaba A? o a?, como firma.

Fue uno de los herederos de la vanguardia impulsada por Picasso, Dalí y Miró. Y como parte de ese legado, a él también le dijeron varias veces que “su arte un niño podía hacerlo”, cosa que le dolía profundamente y que en sus inicios fue un obstáculo expresivo e interpretativo de su obra, pero le bastaron unos años para adquirir solidez, respeto y admiración entre la crítica, el público y los artistas.
Con un pulso tembloso, este autodidacta trabajó rutinariamente, entraba en la mañana a su estudio y salía en la tarde, algunas veces, con una obra terminada, siempre que su salud se lo permitía. Era un niño enfermizo. A los 11 años, en una de las visitas al dentista, recuerda haberse interesado por el arte tras leer la revista Forma, Vell i nou y Art, pero solo hasta la navidad de 1934 tuvo su primer encuentro inolvidable con el arte moderno, cuando llegó la revista D´ací i D´allà, dedicada al arte del siglo XX. Así escudriñó una cubierta de Miró, conoció por fotografías la obra de Hans Arp, Picasso, Braque, Severini, Juan Gris, Kandinsky, Mondrian, Ernst y Duchamp; “un choque que parecía iluminar cada vez más los paisajes interiores de mi imaginación”, afirmaba.

Sus primeros dibujos se hicieron durante un periodo de convalecencia al terminar su bachillerato, como respuesta al comentario, usted no sabe hablar, de su profesor Cruset. Me expresaré mejor pintando, pensó en aquel entonces ?àpies y en 1943 tuvo su primer taller en la calle Jaume I de Barcelona, y paralelamente, se inscribía para estudiar derecho y abandonarlo.

En 1948 tuvo oportunidad de presentar su obra en el Salón de Octubre, y allí vendió su primer lienzo a Xavier Vidal i Llobatera y ese mismo año conoció a Miró y “lo absorbí con una devoción casi ridícula”, decía. Hacia la mitad de siglo le llegó otro afluente a su obra, el marxismo; “¿Cómo no preocuparme por todo aquello que puede representar un intento de mayor libertad para el desarrollo vital del hombre?”, se preguntaba. Se volcó hacia el ‘arte comprometido’ -de moda en aquel entonces-; reflexionaba sobre la memoria histórica de España al mismo tiempo que experimentaba; incluía sobre sus lienzos -de colores negros, sepias, ocres y blancos-, arena, paja, tablas, alambres, pero una de sus figuras más replicadas fueron las medias, célebres y polémicas cuando ?àpies quiso adornar con una de estas la gran sala oval del Museo Nacional de Arte de Cataluña, en Barcelona. Su obra pasó de centrarse en la forma -lisa y colorida-, a querer imitar la materia -rugosa, con pliegues, rasgada, como piel-. Su primera exposición individual en la galería Laietanas de Barcelona fue el resultado de esta etapa, aunque sin éxito. Cuatro años después, en 1954, se casa con Teresa Barba Fàbregas, con quien tendrá tres hijos: Antoni, Clara y Miquel.

La te -t-, las cruces -?- y las equis -x-, se volvieron símbolos constantes de sus obras, como una secuencia de pensamiento propio. Juan Eduardo Cirlot, uno de los críticos especializado en ?àpies, ha descrito la ‘x’ como un signo de doble significado que expresa: “la destrucción del espacio o la materia sobre el que aparece, y significa la multiplicación”. La dualidad que siempre cautiva al artista. Esta idea fue alimentada por su interés en el budismo y la cultura oriental; él creía que la materia podía transformar el interior del espectador.

En los años sesenta y setenta, durante la dictadura franquista, se irguió como opositor y asistió a una reunión clandestina, en el monasterio de Montserrat, en protesta del Proceso de Burgos y lo encarcelaron. Además hacía una reivindicación catalana, de allí surgió su obra El espíritu catalán; cuatro barras rojas en el centro del cuadro, un fondo amarillo y disgregada por el lienzo, la frase “Visca Catalunya”, viva Cataluña. Incursionó en soportes como madera, cartón, papel, e innovó con el encolado. Y para sorpresa, publicó un libro de ensayos, La práctica del arte, entre otros, a lo largo de su carrera.
?àpies abrió la década de los ochenta con una fundación que lleva su nombre, para establecer un punto de exposición y discusión sobre arte contemporáneo. Un año después, esas manos temblorosas tuvieron los primeros contactos con la cerámica, primitiva, para ilustrar en su gran mayoría pies, manos, cabezas, cráneos; lógicamente, con una que otra cruz. Durante esta década y la siguiente expuso en los principales museos del mundo con retrospectivas de su obra, muestras de sus diferentes periodos creativos y con motivo de sus nuevas producciones.
Se calcula que pudo haber producido alrededor de ocho mil obras. Al cumplir 80 años, en 2003, ganó el premio Velásquez de artes plásticas y le preguntaron cómo hacer obras útiles, a lo que respondió: “Yo voy a la caza de almas, no de masas. Convencer a las masas no creo que sea posible. Han de convencerse las personas por sí mismas. Cuando trabajo, lo que hago es poner una especie de mecanismos para que la gente produzca un cambio en su manera de pensar y se ponga en el buen camino. Pero yo sólo le apunto un camino. Nada más”.

Le otorgaron el título de marqués en 2010. El 2 de marzo, en la terraza interior de su fundación, se instaló la obra Mitjó -medias-, que después de casi veinte años de haberla ideado pudo hacerla realidad, aunque se redujera de 18 metros a poco más de 2.5 metros, y su interior ya no fuera accesible.
En horas de la tarde, el pasado 6 de febrero se supo de su muerte. En ese momento, en su fundación, de improviso, se preparó una exposición a puertas abiertas por dos días. Unas 2.600 personas estuvieron durante el primer día, se enfilaron y firmaron condolencias. En la sala 1 de la funeraria de Sant Gervasi permanecieron los familiares en estricta intimidad, sin flores. Pronto se sabrá cuál fue la última cruz que pintó. ¡Más cruces para ?àpies, ?, ?!

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