El pasado 22 de abril, en el auditorio de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, el saxofonista Antonio Arnedo ofreció un concierto en cuarteto acompañado por la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia. Verlo en vivo, en ese formato y junto a músicos de primera, nos recuerda por qué se celebra, por estas fechas, el Día Internacional del Jazz.
La UNESCO proclamó el 30 de abril como un día para celebrar valores universales asociados al jazz, como el diálogo entre pueblos, la comprensión mutua, la paz y la educación. Desde sus inicios, en un contexto de interculturalidad en la Nueva Orleans de hace cien años, y en su rápida propagación por lo largo y ancho del mundo, el jazz ha mantenido un halo de apertura y cercanía. Así ha sido, también, en Colombia, y la larga carrera que Antonio Arnedo lleva a cuestas está marcada por esos valores, que se manifiestan en su manera de componer y de hacer música en colectivo: siempre reconociendo la riqueza en las amalgamas; siempre reconociendo al otro.
El repertorio presentado en la Tadeo dio cuenta de todas las posibilidades que hay en el jazz nacional como un idioma musical que tiende puentes entre tradiciones distantes. Las composiciones de Arnedo y su coequipero, el pianista estadounidense Sam Farley, son ricas tanto en el swing como en los aires del Pacífico, el Atlántico y los Andes colombianos. Si a ello le sumamos los arreglos orquestales cuidadosos y elegantes, tenemos como resultado música que difícilmente sería ajena para un público que, sin importar su procedencia, tenga interés en lo bello.
El origen de las piezas también dice mucho acerca de cómo, a través del jazz, pueden hacerse exploraciones y declaraciones de asuntos trascendentales en la vida del ser humano. En un punto del concierto, Arnedo mencionó su intención de abstraerse, a la hora de componer, de ataduras rítmicas, armónicas y melódicas propias del folclore en búsqueda de significados sobre la identidad. Hilvanando a través de las flexibilidades del jazz, habló de la identidad colombiana, por supuesto, pues ese es su lugar de enunciación. Pero luego de hacerlo, puso a disposición del público música que, como anunció, hablaba de arraigo, de tradición y de historia. Y es que no hay pueblo en este mundo cuya historia no haya estado marcada, como la nuestra, por la diferencia, la violencia y el conflicto, o por el orgullo, el patriotismo y el deseo de prosperar.
Un tercer asunto resalta del concierto: el vínculo intergeneracional como uno de los aspectos más importantes en la práctica jazzística. La tradición, el relevo y la vanguardia dependen de que los experimentados acojan a los jóvenes para indicarles caminos posibles en el desarrollo de este idioma. En Colombia, donde desde los años noventa se busca un jazz que dialogue o se amalgame con la música tradicional –música ajena a la juventud urbana–, esto es aún más relevante. Consciente de ello y generoso como todo maestro, Arnedo armó su combo junto a Nicolás Gámez en el bajo y Juan Felipe Calderón en la batería, nueva generación de músicos que demostró estar a su altura.
No parece que el concierto en referencia haya sido planeado como parte de alguna participación deliberada de Colombia en el Día Internacional del Jazz. Pero esto no importa, pues cada vez que un grupo de jazzistas se reúne para tocar está haciendo honor a una expresión cultural en la que confluyen valores que trascienden fronteras nacionales y temporales.