“Me siento semejante a ustedes, mi pueblo ahora está aquí entre ustedes”, dice Amanda, una mujer de la etnia embera chamí, al tener en frente una pasarela blanca, abarrotada de luces, en donde altísimas modelos llevan en vestidos de sedas y pantalones de chifón las grafías que su etnia ha usado inmemorialmente en su cuerpo, símbolos casi matemáticos en los que se han concentrado los intentos de su pueblo por ordenar el caos, por volver concreto lo abstracto.
El ejercicio de creación que Francesca Miranda realizó para las pasarelas del Ixel Moda de Cartagena con las grafías de la etnia embera y de otras 12 etnias que desvelaron sus saberes en el libro Lenguajes creativos de etnias indígenas de Colombia (realizado por el Grupo Sura), las figuras y líneas que transformó en complejos corpiños, faldas de vuelo amplio y mantas, son sólo uno de los múltiples ejemplos de cómo la moda colombiana bebe cada vez más de los saberes tradicionales de las comunidades artesanales e indígenas para construir una identidad propia.
Ese encuentro entre dos mundos tan disímiles, de temporalidades tan opuestas, el de la moda y el artesanal, se ha ido labrando lentamente desde 2003, con iniciativas concretas de Artesanías de Colombia e Inexmoda cuyo objetivo era que la moda nacional les diera otro estatus a las artesanías. “Nosotros vimos en la moda, en su capacidad de imponer tendencias, un lugar privilegiado para salvar a un mundo que yo predecía que iba a desaparecer en 20 años. Iba a desaparecer porque en ese momento la artesanía era sólo un souvenir, cositas que se llevaban los extranjeros, y entonces pensé que esa tradición debía contribuir a una forma de ser y de pensar del colombiano”, asegura Cecilia Duque, quien por muchos años promovió ese caminar en tacones altos para lo artesanal.
El descubrimiento de hilos y colores hecho por esos dos universos ha permitido que diseñadores como Amelia Toro, Adriana Santacruz, Juan Pablo Socarrás y la misma Francesca Miranda puedan proponer una moda única, que se sale de la uniformidad universal y más bien convierte a la ropa en una contadora de historias, que hace de un accesorio o un vestido el vestigio vivo de saberes que de otras maneras nunca superarían ciertas geografías.
La apuesta por hacer que la moda se inspire y rescate lo artesanal ha permitido entender que, como lo explica el antropólogo Fernando Urbina, invitado también a Ixel Moda, “a diferencia de lo que se cree, los indígenas aceptan los retos de integrarse sin perder el perfil propio; los abuelos no se resisten al cambio, lo que no quieren es que sus jóvenes desdeñen el pasado”.
Esos objetos hechos a mano, hechos “una vez cada vez”, que dentro de las comunidades no sólo cumplen una función sino que son el lugar privilegiado para recrear el mundo del que se hace parte, generan sacudones cuando se ponen a conversar con las lógicas del mercado y las altas demandas y hacen que, por ejemplo, sellos de calidad como Icontec tengan que desarrollar estándares particulares para evaluar la calidad, porque, como bien lo saben los artesanos de San Jacinto, esos agujeros que a veces quedan entre la anudada de las hamacas y que a la luz de un gendarme de calidad son un error, son en realidad para ellos “los agujeros necesarios para que las pesadillas se escapen de las hamacas”.
Sin embargo, desde el mismo mundo de la moda se oyen voces que alertan sobre los efectos que ese carácter invasivo, tan natural de la moda, puede tener para las comunidades. “En ese gran auge de la moda étnica se corren riesgos, los diseñadores a veces no entendemos ni los tiempos ni los procesos, ni respetamos la cultura de las comunidades artesanales. Cuando una indígena wayúu teje su mochila, tiene en su cabeza que la araña sagrada baja del árbol para enseñarle a tejerla en forma de espiral. Luego, llega un diseñador a decirle que debe tejer esa mochila horizontal o en forma de un textil y eso crea un choque y se convierte en una amenaza a las formas como su cultura se ha representado”, asegura Juan Pablo Socarrás, diseñador que trabajó con Artesanías de Colombia y que ahora, a través de su propia marca, intenta crear nuevas formas de relacionarse con los artesanos: “Lo importante es que no se imponga una relación paternalista en la que el diseñador siente que salva económicamente a la comunidad gracias a sus diseños”.
Amelia Toro también ha venido dando voces de alerta. Después de un trabajo estrecho y continuo con los kunas, notó que “se ha excedido y casi abusado del saber de los indígenas para vender a un país. No podemos permitir que el dinero termine por acabar con ese saber que hemos intentado conservar”.
La preocupación por la manera como empiezan a popularizarse esas demandas de parte de la moda al mundo artesanal también ha tocado a los antropólogos que trabajan con las comunidades: “Lamentablemente lo que se ve es la tendencia a convertir a los grupos artesanos en hacedores en la cadena de producción. Desprenden al artesano indígena de su saber para convertirlo en el conocedor de un mero oficio. Se le demanda, por ejemplo, que haga metros y metros de trenza de iraka para bolsos y sombreros saltándose toda la cadena completa, y esto ha traído desastres como el que ocurrió en Córdoba, donde las comunidades dejaron de cultivar sus alimentos para crear monocultivos de iraka y poder responder a la demanda”, explica la antropóloga y diseñadora textil Andrea Concha.
Aida Furmanski, gerenta de Artesanías de Colombia, asegura que continuamente se están diseñando programas para “rescatar técnicas y oficios que se han ido perdiendo a través de los años por la incursión de nuevos materiales o nuevos procesos”, y según la investigadora Cecilia Duque hay muchos saberes artesanales que se han “protegido con denominaciones de origen para que nadie pueda copiar ni realizar por fuera de la comunidad esos tejidos”.
Sin embargo, ante este encuentro relativamente nuevo y ante lo provechoso que ha resultado retomar nuestra identidad artesanal desde la moda, aún nadie tiene muy claro cómo deben establecerse las relaciones para que todo esté dentro de un marco de mercado justo.