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Basura

Un hombre recuerda las sombras de otros hombres sentados en torno a una pequeña mesa escuchando canciones viejas y ligeramente nostálgicas.

11 de octubre de 2015 - 09:00 p. m.
/ iStock
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El hombre que recuerda se levanta de la silla en que descansa y camina hacia la cocina, de donde sale un olor delicioso, es la comida que está preparando su mujer. Al llegar al umbral de la puerta, se detiene y recostado contra la pared, observa a su mujer, que está de espaldas cocinando, cuando se da vuelta, sus miradas se entrelazan como dos fieras que luchan. Sin dejar de mirarse, se acercan lentamente. Ella acaricia su rostro y él sonríe, mientras se da cuenta de que ella se ha cortado un dedo de la otra mano, y el olor del guiso se le mete entre la boca y recuerda la primera vez que su mujer le preparó una comida así.

Se percibe el exterior, gracias a algunos sonidos que se cuelan por las rendijas; la sirena de alguna ambulancia o de alguna patrulla que pasa rápidamente por la calle de enfrente. El ladrido de unos perros en el patio de una casa de al lado.

El viento, que no se escucha en la casa, agita las hojas de los árboles y arrastra pedazos de periódico por las calles negras.

Una lluvia ligera pero contundente empieza a invadir la ciudad. En los vidrios, las primeras gotas de lluvia se dibujan de izquierda a derecha (vistas desde el interior), con una inclinación aproximada de ochenta grados. Rápidamente, el dibujo exacto de las primeras gotas de lluvia sobre las ventanas desaparece para convertirse en una muestra abstracta de múltiples salpicaduras de agua sobre una superficie plana. La lluvia se va metiendo donde no la han llamado y los perros callejeros se refugian en donde pueden.

Los locales de un centro comercial están cerrados y un vigilante enfundado en su chaqueta de botones dorados se concentra en la fotografía –demacrada por el sol– de una joven con el torso desnudo y mirada inocente. Los senos firmes y los pezones suaves le dan el calor que no puede encontrar en esta noche helada y finalmente se queda dormido mientras a lo lejos escucha los ladridos de unos perros encerrados en un patio de una casa, frente a la que pasó hace un buen rato una ambulancia o alguna patrulla, llenando todo el espacio con el sonido de la sirena, mientras un hombre y una mujer se miran y se acarician olvidándose del mundo verdadero que se encuentra en el exterior.

Pero, lo verdaderamente irónico, es que ese mundo, ese hombre, así como sus recuerdos de las sombras de otros hombres sentados en torno a una mesa, así como su mujer que cocina, así como las sirenas y los ladridos de los perros y la lluvia y todo, incluso usted y yo; todo es el invento de un alcohólico harapiento que duerme en medio del delirio de la fiebre, entre un basurero.

 

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