Esperan a Godot. Eso hacen, nada más. Hablan, discuten, cantan, se aburren, amenazan con quitarse la vida, se abrazan, se alejan. Y luego otra vez. Regresan, se abrazan, amenazan con quitarse la vida, se aburren, cantan, discuten y hablan. Repiten las acciones, una y otra vez, pero Godot nunca llega y ellos se quedan ahí, esperándolo. Inseparables. Esa es su acción, esperar. No saben cuánto tiempo esperan, no saben desde cuándo ni hasta cuándo, no saben nada. Pareciera que el tiempo no transcurre, pero están ahí, suspendidos, buscando maneras de pasarlo.
Así es Esperando a Godot, la obra de Samuel Beckett. Dos personajes, Vladimir y Estragón —Didi y Gogo—, en medio de la nada. En algún camino del campo, con un árbol. No hay nada más. Nadie va y nadie viene. Sólo Lucky y Pozzo, un amo y su siervo amarrado a una cuerda, aparecen rara vez. Los entretienen. Y se van. Luego llega un chico y también se va.
Estragón es Gadiel López, Vladimir es Camilo Carvajal. Godot es Godot, que nunca llega, y Beckett es Beckett, que hizo que Godot nunca llegara. Everett Dixon los dirige, a López y a Carvajal; los formó como actores para poder dirigirlos. Y así fue que empezó el montaje de Esperando a Godot. Dixon, un canadiense radicado en Colombia, estaba en Cali, y López y Carvajal, en Bogotá. Hacían las tareas que Dixon les dejaba, a distancia. Esa era su manera de dirigir. Luego se sumaron los otros tres integrantes, Edward Gómez, Leonardo Villa y Alexánder Betancourt, y juntos se fueron aproximando al mundo del dramaturgo irlandés.
“Sabíamos lo maravilloso que era el autor, lo cómico, lo agradecido, cuando se sabía montar. Estábamos acostumbrados a ver escenas densas y oscuras, y no queríamos eso. Dixon sabía cuál era ese resultado, algo rebosante de humor, lleno de ganas de vivir. Algo que muestre que, más allá de la tragedia, hay esperanza”, cuenta Carvajal, quien asume el liderazgo del grupo mientras Dixon termina su doctorado en Canadá.
Samuel Beckett escribió después de dos guerras mundiales. En un momento en el que la gente ya no creía en nada, ni en nadie, ni en la religión, ni en los nacionalismos. Los supuestos inamovibles de épocas pasadas habían resultado ineficaces. Ya, sin principios en los que creer, los hombres habían quedado vacíos: descubrieron lo absurda que resulta la vida. Ese es el vacío que este irlandés buscó retratar con su teatro. No desde argumentos, como lo hizo Albert Camus, desde la forma. Que sus obras fueran, en sí mismas, un sinsentido. Eso es Esperando a Godot.
A pesar de la tragedia que ese pensamiento representa, el teatro de Beckett es muy cómico. “Muchas de sus fuentes de inspiración son los grandes del cine mudo; personajes que venían del circo… el clown es lo que permite que Beckett no se vuelva un ladrillo filosófico”, afirma Carvajal. Por eso lo estudiaron y lo entendieron a fondo. Eran clowns que actuaban para sí mismos, para la obra, y las herramientas de la técnica les permitían estar abiertos a lo que pasara en la escena. Con precisión, por supuesto. Como lo obligan los textos de este autor. Cada pausa, cada silencio, cada movimiento.
El proceso de montaje duró dos años o un poco más. Y la obra se estrenó en 2008, en Antioquia. No sólo los que conocían a Beckett, los intelectuales, estaban sintonizados con el montaje. Muchos niños también morían de la risa. Entraban en el código del autor. “Ha sido una experiencia grata ver que la obra logra permear los aspectos de la sociedad. Se valida hacia un público culto y también puede ser para un público popular. Creo que eso es un acierto”, dice Carvajal.
Ahora, cinco años después, celebran la función número cien. En El Anhelo del Salmón, como se llama el grupo, tienen un pacto: presentarla cada año, hasta que lleguen a viejos. Eso es lo que quieren, poder seguir esperando.
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