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Caicedo por naturaleza

Su condición cinéfila llevó al chileno a realizar el montaje de ‘Mi cuerpo es una celda, una autobiografía de Andrés Caicedo’. Todo un ejercicio audiovisual escrito.

11 de diciembre de 2008 - 06:00 p. m.
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Ya grande, Alberto Fuguet encontró a una especie de hermano mayor perdido. Lo ubicó en los libros y a través de los renglones supo que era su alma gemela. No coinciden en el tiempo ni en el espacio geográfico, pero los une algo más fuerte: la pasión por el lenguaje audiovisual y su facilidad para contar historias describiendo imágenes.

Ese hermano mayor refundido en el tiempo y en el espacio, es colombiano, escritor de culto, nació en Cali en 1951, y se llama Andrés Caicedo. Fuguet se encontró con ese mítico personaje en una librería de Lima y, al comienzo, pensó que se trataba de una traducción. Con el paso del tiempo y mientras el avión se aproximaba a Santiago de Chile, comprendió que Caicedo era el eslabón perdido de la literatura criolla y, además, el testigo perfecto de que aquel Macondo que tantos dolores de cabeza le había ocasionado, no era un común denominador en los escritores colombianos.

Fuguet se acercó a Caicedo y descubrió que se suicidó a los 25 años. Ese significativo detalle fue suficiente para entusiasmarse con su historia y tener la ilusión de presentárselo al mundo como el gran cronista que merece un mejor lugar en las letras latinoamericanas.

 “De Andrés Caycedo lo que más me gusta es que hace de la escritura, de la crítica de cine o musical, algo personal. Con el primer libro yo no sabía la clase de personaje con el que me estaba enfrentando, porque ahí había una biografía muy pequeña. Con el paso de los años me di cuenta de lo obsesivo que era y descubrí que él hacía de la crónica y del periodismo, algo personal y eso me encantó”, asegura el escritor chileno que ha tenido publicaciones reconocidas como Sobredosis, Mala onda, Tinta roja y Por favor rebobinar.

Ahora presenta Mi cuerpo es una celda, una autobiografía de Andrés Caicedo, texto con el que siente que salda una gran deuda. En el libro hay mucho de Caicedo y poco de Fuguet, porque él simplemente se dedicó a realizar el montaje. Por eso, considera que fue un ejercicio cinematográfico por escrito.

Su relación con el escritor vallecaucano marcó su decidido distanciamiento con el denominado realismo mágico porque, según Fuguet, intenta vender la idea de que en América Latina todo es simpático y ordenado. Y en respuesta a ese movimiento, publicó McOndo, su selección de cuentos.

“Cien años de soledad es un buen libro pero su título es errado. Es una bonita frase, pero no cumple y todo libro que tiene un título equivocado, tiene, de entrada, un problema. Se tendría que llamar Cien años de vida o algo así. Es un texto muy colectivo. Tal vez Andrés Caicedo sí podría escribir algo que se llamara 25 años de soledad, porque él muestra la soledad desnuda y la desesperanza”, comenta Alberto Fuguet a quien le gustaría tener una vida unplugged, es decir, desenchufada porque en la actualidad está tan conectado con todo que no hay tiempo de escribir. Para él, el problema no es la página en blanco sino lograr llegar hasta ella.

Le gusta vivir en Santiago de Chile y, en términos generales, no requiere de una ciudad inspiradora sino de un lugar en el que pueda desarrollar sus ideas con la tranquilidad y la calma que nunca lo han caracterizado, pero que lo han llevado a convertirse en una figura naciente de la literatura en América Latina.

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Su vida como literato nutre sus crónicas periodísticas y, hoy por hoy, es muy difícil que pueda entender un ejercicio sin el otro. Por eso, de la mano de su hermano mayor, Fuguet se deja llevar por las letras.

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