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Carolyn Cassady: novia de novios complejos

En esta nueva edición de El Magazín, hablamos sobre la llamada "Generación Beat" y el valor de romper con una literatura que escondía la realidad marginal y el relato de personajes que vivían al margen de las buenas costumbres.

04 de noviembre de 2018 - 08:00 p. m.
Carolyn Cassady (1923-2013), escritora y diseñadora, fue relevante en la Generación Beat por su voz femenina y su relación con Neal Cassady, uno de los símbolos del gremio. / Ilustración: Tania Bernal
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Nunca leí a la Generación Beat. Aunque, primero, sé de antemano quiénes fueron Jack Kerouac, Neal Cassady, Allen Ginsberg y William Burroughs. Y segundo, conozco sus rostros de leyendas tristes. Sobre todo, el del autor de El almuerzo desnudo: un ser maligno y perverso que cualquier día de 1951 accionó un arma que a su paso dejó un rastro de siete milímetros de diámetro sobre la frente de Joan Vollmer Adams, su esposa, también poeta, también beat.

—Todo me lleva a la atroz conclusión de que jamás habría sido escritor sin la muerte de Joan —escribió años más tarde Burroughs, el homicida.

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En un homenaje a Allen Ginsberg en que participaron muchos de los líricos de su generación, alguien del público preguntó:

—¿Y dónde están las mujeres beat?

—Hubo mujeres, ellas estuvieron ahí, yo las conocí. Sus familiares las internaron en hospitales psiquiátricos, les aplicaron electrochoques. En la década del 50 si eras hombre podías manifestarte como rebelde, pero si eras mujer tus mismos familiares te encerraban. Hubo muchos casos sobre los que algún día se escribirá —contestó Gregory Corso desde el podio.

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Con esa respuesta quedaron en evidencia dos bases: el aplastaste contexto social que entonces padecían las mujeres y una ideología predominante del statu quo abanderado por una moral que fue más propaganda de Estado que cualquier otra cosa. Los ejemplos no son infinitos, pero sí concluyentes.

Joan Vollmer no fue la única poeta beat con final trágico. El desenfreno de Elisa Cowen por las palabras y las consecuencias que luchar por ellas le supuso terminaron en hospitales psiquiátricos y en una muerte extravagante y ruidosa: a los 28 años se arrojó por la ventana de su apartamento para terminar con lo que sus familiares consideraban mejor para ella. “¿Quién me dará la nalgada / cuando vuelva a nacer? / ¿Quién cerrará mis ojos / cuando a la hora de mi muerte / me vea?”, había escrito.

La poeta Brenda Frazer, o Bonnie, fue prostituida y obligada a vender a una de sus hijas recién nacidas por su esposo, Ray Bremser, también escritor, también beat.

Sin embargo, otras supieron hacerle frente a la transgresión desde su desarrollo artístico e intelectual, Diane di Prima, autora de más de veinte libros, fue una de ellas. Diane Wakowski, otra, así como Marge Piercy, Denise Levertov y Carolyn Cassady, esposa y madre de los hijos de Neal Cassady, y amante de Kerouac y de Ginsberg.

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El papel que juega Carolyn Cassady en esta historia no es de escritora, pintora o diseñadora teatral, como comienzan muchas de sus biografías, sino más bien de musa (apareció como Camilla en On the Road, y como Evelyn en los libros Big Sur y Visiones de Cody, donde es una de las tres voces que dan vida a la narración experimental), y de memoria (fue la fuente manifiesta de todo el que quisiera saber qué era verdad y qué no sobre los beats).

De los cuadros que pintó no nos quedó ninguno. De los libros que escribió, dos: Heart Beat: My Life With Jack and Neal (1976) —que sirvió de inspiración a la película Generación perdida: los primeros beatniks (1980)— y Off the Road: My Years With Cassady, Kerouac and Ginsberg (1990), donde devela la cara menos amable de un movimiento que, según sus propios intérpretes, fue un invento publicitario de los medios de comunicación y de los departamentos universitarios de literatura, por eso, siempre usó las oportunidades que le ofrecieron para dar su lado realista y menos mítico de la historia. Lo que decía no era lo que la gente quería oír.

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Los chicos de aquel club le parecían licenciosos bebedores, machistas practicantes y amigos traidores, y al unísono, personas brillantes, eléctricas y conquistadoras, a excepción de William Burroughs: “Nunca te dirigía la palabra si eras mujer y a tus espaldas te llamaba puta”. Con la misma soltura los referenciaba a todos.

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Había conocido a Neal Cassady en 1947, en 1948 se casó con él y en 1963 se divorció : “Había cosas fundamentales que pasaban por él como la compasión y la no violencia, pero incuestionablemente había dos lados de él. El otro Neal tenía una naturaleza salvaje conducida por el deseo sexual”. Cuando murió, terminó ese capítulo de su historia con tres frases: “Era lo mejor que le podría haber pasado, se sentía una piltrafa y no estaba feliz consigo mismo”.

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Gracias a ese matrimonio entró al círculo que inspiró a The Beatles a llamarse de esa manera (al tiempo que The Crickets, la formación de Buddy Holly, a quien Paul y John veneraban), y tener la amistad y el respeto de los demás integrantes, aunque tardó un poco en saber por qué ella y no otra, estaba allí: “Me tomó 60 años deducir que una de las ambiciones en la vida de este hombre —Neal— era volverse respetable. El minuto en el que me conoció se dio cuenta de que ahí había una chica educada de una familia de clase alta y aquí estaba su pasaporte. Yo llegué y así quedó”.

Carolyne, además de haberse convertido en la musa indiscutida de Kerouac, con quien sostuvo una relación bajo el consentimiento de su esposo, era descendiente de una familia inglesa: su madre, maestra, y su padre, bioquímico, se esforzaron por darle una educación de calidad, a ella y a sus cinco hermanos mayores: empezó a estudiar arte a los nueve años y a los 14 hizo su primer retrato. Tenía una fascinación desbocada por la danza y el teatro, estudió el método de Stanislavski y fue muy cercana al American Ballet Theatre. Ejerció algunos años como profesora de Bellas Artes y de Artes Escénicas en la Universidad de Denver (Colorado), donde diseñó activamente decorados teatrales y experimentó con el dibujo y la pintura gestual. Así consiguió su doctorado.

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En 1984 dejó a Estados Unidos por Inglaterra, donde se dedicó de lleno al diseño de vestuario y decorados para teatro, y donde la buscaron toda clase de reporteros que querían saber algo más. Nunca renegó de sus años beat, pero tampoco se cansó de irse en contra de los fanáticos que santificaron la época y la autodestrucción que ejercieron los protagonistas: “Todos creen que fueron años maravillosos de alegría, alegría y alegría, pero no lo fueron en absoluto. Los imitadores nunca supieron lo miserables que eran aquellos hombres”, le dijo a un periodista. “Hay que distinguir entre vida y literatura”, le contó a otro, abriendo así una puerta que desacralizó muchas leyendas, como el período de escritura de On the Road o la sexualidad de Kerouac y Neal Cassady.

Murió a sus 90 años, en 2013. Todos los periódicos titularon las notas del hecho usando su nombre de casada (nunca regresó a su Carolyn Robinson), la palabra musa y la palabra beat en la misma oración. Un amigo suyo, uno que la conocía de verdad, escribió que al saberlo, debía haberse revolcado en su tumba.

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