Irak se ha convertido en un país de mujeres. Tras las guerras y los centenares de hombres muertos en combates y resistencias, las estadísticas suelen mencionar una relación de 65 mujeres por cada 35 hombres. Entre todas esas mujeres, May Witwit, una profesora universitaria de literatura y compañera de esas 300.000 viudas que deambulaban por las calles de Bagdad, recibió un día del año 2005 la llamada de Bee Rowlatt, una periodista de la radio BBC de Londres, quien quería contar con el testimonio de una mujer iraquí que hablara inglés y narrara de viva voz lo que se vivía durante la invasión que se perpetuaba en Irak.
Así, con una llamada, que luego se convirtió en centenares de correos electrónicos que atravesaban la guerra y la distancia, se inició una amistad entre la periodista inglesa y la profesora de Bagdad. “Al principio, como era de esperarse, la conversación era exclusivamente sobre la guerra y la política”, recuerda Rowlatt, “pero con los meses la charla cibernética, íntima y muy femenina empezó también a hablar del amor y los hombres, de cómo era ser mujer en Irak, de cómo era, del otro lado, ser una madre inglesa y de qué formas se lidiaba con los días ordinarios cuando se vivía en guerra”, añade la periodista y escritora, invitada especial al próximo Hay Festival que se hará en Cartagena del 27 al 30 de enero.
Tras un año de intensa correspondencia, la guerra arreció en Irak y en sus correos, la profesora de literatura empezó a clamar para que esa amiga que la había ayudado a sobrellevar con sus cartas tardes de desidia, le ayudara ahora a salir huyendo de su país. Rowlatt trató desesperadamente de buscar la manera de que Witwit abandonara Bagdad.
Lograr una visa de estudio parecía la opción más certera para el escape. Sin embargo, para obtener una visa de ese tipo, la iraquí necesitaría algo más de US$60 mil, una cantidad imposible de conseguir incluso para la reconocida periodista.
Fue justamente ahí, ante la necesidad imperiosa de salvarle la vida a una amiga, cuando Rowlatt decidió que esas historias secretas que se habían escrito, en las que Witwit había contado con detalle cómo lograba hacer los oficios de la casa en tan sólo dos horas, las únicas en las que contaba con electricidad, o en las que describía cómo en su puerta había permanecido durante tres días tendido el cuerpo de un joven asesinado que llevaba un lata de Pepsi en sus manos, y al que nadie se atrevió a levantar, podían convertirse en un libro.
La propuesta llegó a manos de un editor del afamado sello Penguin, quien tras leer en detalle cada uno de los correos que Rowlatt había cortado y pegado de su e-mail supo que tenía una joya en sus manos. Después del consentimiento que dio May Witwit de la publicación de toda esa intimidad compartida y luego de firmar una cláusula que advertía que no se publicaría el libro si la profesora no lograba salir airosa de Irak, la edición de Talking about Jane Austen in Baghdad (Hablando de Jane Austen en Bagdad) inundó las librerías de habla inglesa.
“Lo más importante que se consiguió con el libro fue recaudar el dinero suficiente para que May pudiera salir de ese infierno, pero luego cuando se lee el libro, creo que hay otra gran conquista y es la posibilidad que ofrece el relato de ver la vida de dos mujeres en contraste, una que representa al país invasor, y otra que encarna al invadido, además de leer una confesión absolutamente sincera y real sobre cómo se vive siendo mujer en Irak”, explica Rowlatt.
Una de las cosas que a la periodista más le sorprendieron de los relatos que leía de Witwit fue enterarse de que la realidad de las mujeres iraquíes había empeorado radicalmente tras la invasión. “Antes de la invasión las mujeres usaban maquillaje, no se cubrían el pelo, podían manejar, beber alcohol y socializar libremente, lo único que no podían hacer era hablar de política, si hablabas de política estabas en problemas, pero si evitabas ese tema, tú podías tener la vida que querías. Luego vino la invasión y de repente las cosas cambiaron drásticamente, las mujeres ya no podían fumar en las calles, ni maquillarse, fueron advertidas de que serían atacadas si manejaban un carro y a May Witwit y el resto de profesionales les prohibieron enseñar”, recuerda conmocionada la periodista, que sentencia: “La ocupación devolvió a las mujeres a vivir en 1930”.
Sin embargo el libro desborda la guerra. Su título justamente deja intuir cómo entre los párrafos se cuelan intensos debates sobre las novelas victorianas y la escritura de esas primeras heroínas literarias, como Jane Austen, pero además a veces con un tono relajado y muy divertido hay disertaciones sobre la vida de familia, sobre los maridos de hoy en día y la manera como las mujeres afrontan las demandas de la sociedad. Es ahí, lejos de los datos de viudas y mujeres asesinadas, es en esas conversaciones más desprevenidas, que todas las diferencias entre la vida de la gran Londres y la conflictiva Bagdad se desdibujan, es ahí en ese diálogo femenino en el que el libro parece confesar que en guerra o en libertad hay cosas que ineludiblemente se comparten.