Durante nueve años el Festival se ha consolidado como un diálogo de diferentes culturas a través del lenguaje universal por excelencia que conecta a los seres humanos en su parte más esencial, trascendiendo costumbres e idiomas, geografías y tiempos. En enero el evento cumplirá diez años y será el momento para reafirmar los vínculos que América y Europa han tenido gracias al arte del sonido.
Antonio Miscená ha diseñado la décima edición a partir de tres aspectos. Por un lado el repertorio europeo, con toda su riqueza estética e histórica que con el correr de los años ha ido llegando a todo el mundo y se ha convertido en un patrimonio universal. Por otro lado, las obras creadas a lo largo de los siglos en América, ya fuera por compositores europeos que fueron permeados por los paisajes sonoros del nuevo mundo (Zipoli, Cerutti) o por compositores americanos formados en la tradición europea pero con un lenguaje personal nutrido por lo local (Copland, Villa-Lobos). La tercera matriz tiene que ver con la influencia inevitable de América en los compositores europeos (Dvorak).
La primera de estas matrices se centrará entonces en algunas de las obras maestras del repertorio clásico, que se refiere aquí a obras musicales que por su belleza y trascendencia se han convertido en modelos, y no solamente a aquellas concebidas durante el período comprendido entre los años 1750 y 1820. Son obras que han demostrado su universalidad, gracias a lo cual han pasado triunfantes la prueba del tiempo y son hoy, sin duda, puntos de referencia en la historia de la humanidad. Entre las obras que se podrán escuchar están Las cuatro estaciones, los cuatro conciertos para violín y orquesta compuestos por Antonio Vivaldi hacia 1723 que han sido considerados como pioneros de la música programática. Del compositor italiano se incluye también uno de sus conciertos para violonchelo y algunas obras para solistas, coro y orquesta como el Gloria o el Magníficat, representativas de su música sacra. Este repertorio estará ilustrado también por obras de Giovanni Battista Pergolesi. Siguiendo en el barroco, ya no italiano sino alemán, se podrán escuchar la Suite orquestal No. 3 en Re mayor BWV 1068 y dos de los famosos Conciertos de Brandenburgo de Johann Sebastian Bach, el No. 2 BWV 1047 y el No. 3 BWV 1048, obras fundamentales del repertorio orquestal. Del período clásico se ha escogido el Concierto para violín y orquesta en Re mayor op. 61 de Ludwig van Beethoven, el único concierto para el instrumento que escribiera el compositor alemán, pero que es uno de los preferidos del público. Nuevamente el violín se hará presente en un estilo diferente y posterior en el tiempo con la rapsodia Tzigane del francés Maurice Ravel, que evoca el universo sonoro de la cultura gitana.
Pero como la experiencia musical no existe sin el intérprete (ni el público, claro), hay que tener en cuenta que para esta celebración se ha invitado a algunos de los solistas y conjuntos que han pasado por el Festival y han dejado su huella, y se han enriquecido también con las luces y el calor de Cartagena. Entre ellos la Orquesta de Cámara Orpheus, la orquesta sin director que participó en la octava edición del Festival, la violinista Anne Akiko Meyers, el italiano Rinaldo Alessandrini, estudioso, clavecinista, director y fundador del Concerto Italiano, quien trabajará con los jóvenes del Coro Filarmónico Juvenil de Bogotá y con la Orquesta Filarmónica Juvenil de Cámara de Bogotá. El violinista Maxim Vengerov será el solista en el Concierto para violín de Beethoven junto a la Orquesta Sinfónica Juvenil de la Red de Escuelas de Música de Medellín dirigidos por Juan Pablo Noreña y en el mismo concierto Vengerov actuará como director en la hermosísima Sinfonía No. 9 en Mi mayor op. 95 del Nuevo Mundo de Antonin Dvorak. Un cierre de lujo que dejará en el ambiente lo mejor de los dos mundos y la expectativa para el siguiente año.
* Periodista musical.