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Claude Chabrol, un joven de 78 años

El reconocido director francés renueva en esta cinta facetas humanas como el cinismo, la mala intención y la envidia.

01 de enero de 2009 - 02:00 p. m.
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El año 2007 fue bueno para la cosecha del cine francés y de sus maestros: Eric Rohmer estrenó Les amours d’Astrée et de Céladon (Los amores de Astrea y Celadón); Jacques Rivette adaptó a Balzac en Ne touchez pas la hache (No toque el hacha); Claude Chabrol reincidió en las pasiones tortuosas con La fille coupée en deux (La mujer partida en dos). Tres directores que pertenecieron a la revista Cahiers du Cinéma se transformaron en críticos que cruzaron el umbral hacia la realización, confirmando con sus películas que la cinefilia y su aprendizaje, más el talento, permiten construir obras de una vitalidad creciente a través de los años.

En el caso de Chabrol y La mujer partida en dos, el director renovó el material del cinismo, los rencores, la mala intención y la envidia, es decir, las facetas oscuras de las que está hecho el ser humano, frecuentes en varias de sus películas —Les cousins (1959), Landru (1963), La femme infidèle (1969), L’enfer (1994).

El amor otoñal y la perversidad vs. el amor juvenil y su confianza en el futuro, enfrentan en la película al escritor Charles Saint-Denis (Francois Berléand) y al joven y patético heredero de una industria familiar llamado Paul Gaudens (Benoit Magimel) —víctima de todos los complejos posibles que ocasiona el trauma del dinero y su arrogancia—, combatiendo por el corazón de un venado sensual, encargado de los pronósticos del clima en la televisión, la rubia Gabrielle Deneige (Ludivine Sagnier), una criatura que parece inconsciente de los estragos que causa —aunque la suerte sea adversa para ella cuando cae en las garras de Monsieur Saint-Denis.

No se trata únicamente de la mujer partida en dos: cada personaje está fragmentado por las pasiones construidas a lo largo de su biografía y por las pasiones del azar impredecible que reta la lealtad y el eje que domina cada vida. Para el escritor: su mujer de varios años (Valeria Cavalli), la literatura y su amante. Para el joven Gaudens: su envidia, su insolencia y el amor frustrado por Gabrielle. Para Mademoiselle Deneige: el amor por el artista que la rebasa en experiencia y edad, y los combates que sostiene con Paul durante los asedios del macho rechazado y herido en su vanidad.

Ninguno de ellos disfruta del todo con lo que ha formado o deformado su intimidad. Chabrol y su coguionista, Cécile Maistre, escribieron una trama donde las tensiones de la sordidez se resuelven con la muerte. Y todavía más allá: tras el asesinato, permanecen sus consecuencias. Acaso no importe tanto el desenlace, sino la forma como se llega a éste. La evolución que descubre la fragilidad y la neurosis de las víctimas que padecen el desastre de sus emociones. La exposición de motivos para comprender que la culpa enferma y destruye; que se puede manejar el destino hasta que el destino maneja las circunstancias de lo inevitable.

La conclusión de algunas escenas con fragmentos musicales le da un aire de farsa a la historia —de hecho, el inicio de la película, mientras desfilan los créditos, está acompañado por el delirio de la ópera que escucha una mujer en su auto—. Chabrol anuncia con su obertura el choque de los amantes, el drama que se agudiza por el entorno apacible en el ámbito rural de Lyon, donde no sucede nada en apariencia, pero en el que la naturaleza y las formas del amaneramiento social disfrazan la turbulencia de la civilización.

Una lección que Chabrol ha impartido desde siempre, cuando a finales de los años 50 estrenó Le Beau Serge y su galería de monstruos, tan cercanos a todos nosotros, empezó a desfilar en el cine —¡y pensar que el joven apenas tiene 78 años de edad!

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