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Colombia: naturaleza muerta

Este lunes se inaugura la muestra internacional de documental con la proyección de "Beatriz González: ¿Por qué llora si ya reí?".

24 de octubre de 2010 - 03:00 p. m.
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Dos oficios: la pintura y el cine. Dos artistas: Beatriz González –la mujer que le restó solemnidad al mundo de las galerías y, por extensión, al mundo del arte, aprovechando el humor para aguantar el desastre, hasta que el humor fue imposible cuando el desastre empeoró-, y el realizador Diego García –documentalista que también ha hecho del humor y la tragedia una forma de expresar la vida desamparada y diversa en la geografía doméstica-. Dos preguntas que podrían hacerse ambos: ¿Es posible reinventar un país a través del arte para reflexionar acerca de sus pesadillas y hacer de ellas un antídoto contra la amnesia?; ¿Será posible reír cuando en la historia de ese país siguen aullando los muertos?

Beatriz González: ¿Por qué llora si ya reí? (García, 2010), encuentra las paralelas del cine y de la pintura alrededor de una historia con un fantasma común: la muerte según Colombia.

Editado por Sebastián Hernández, con música de Sally Station y Sebastián Quiroga, y fotografía de Diego y Sergio García –alternando sus texturas entre el color y el blanco y negro que matizan la pantalla con diferentes registros-, ¿Por qué llora si ya reí? traza con pinceladas de cine a Beatriz González en diferentes momentos de su biografía hecha imágenes.

Un viaje en términos cinematográficos –en otras palabras, estéticos y morales sobre lo que ha significado el miedo ambiente en trance político, tragicómico y horrendo-, alrededor de la obra prolongada en el tiempo por Madame González. El realizador, guiado por sus visiones, conduce al espectador por el mundo que ha decidido la ruta de su pintura en el ámbito local –“una realidad irracional”, según sus propias palabras, hecha de contrastes reunidos por García ante la cámara-. Dos miradas al vaivén de su evolución creativa, de sus pinturas vendidas como retazos de tela para sorpresa del público, de la inteligencia que supo incorporar a su mundo la iconografía popular con una pasión auténtica, descubriendo en los mercados de santos el material de otros sueños.

Los Divinos Niños, los Cristos acostados que adornan sus camas de metal, las materas pintadas como si fueran trajes de fatiga militar –valga la redundancia-, las noticias de prensa que Beatriz González mira y repasa en la película como temas posibles de su obra, revelan que ante nuestros ojos han pasado la historia y su brutalidad de forma tan devastadora que es necesario insistir en repetir cada hecho para evitar el olvido. Caminando frente a los columbarios multiplicados hasta el infinito donde González instaló 8.957 veces la imagen de dos cargueros llevando un muerto, imágenes que cierran las tumbas de las almas que aún flotan en la vecindad de un parque irónicamente llamado Renacimiento, se pregunta: ¿Por qué será que aquí hay que repetir tanto las cosas?

La repetición hecha estilo para enseñar que una imagen, aunque parezca la misma, siempre es algo distinto. El documental aprovecha la insistencia para retornar al punto de partida, frecuente en la obra reciente de González: la muerte y sus variaciones. Agregando en cada plano, en el monólogo de la pintora acerca de sí misma, en la visita que hace a cuadros tan desolados como Autorretrato llorando, en la instalación progresiva de los cargueros en los columbarios, miradas distintas sobre su historia y sobre la historia de Colombia, donde parece que el Sagrado Corazón de Jesús se hubiera echado a dormir.

El documental como testimonio enseña en algo más de una hora el paisaje contradictorio del humor como salvación y del naufragio en el horror. Tras la masacre del Palacio de Justicia en 1985, el antes se transformó por el después del incendio. El ánimo fue distinto. Beatriz González tuvo otro gesto en la risa. La cámara, la edición, el cambio del color al blanco y negro funerario, la música de melancolía romántica –conmueve escuchar un lieder de Schubert, otro muerto prematuro, acompañando a González mientras trabaja en un cuadro-, construyen una forma narrativa para enfatizar en los demonios de la violencia y nos muestra en la complicidad del cine y la pintura un diálogo que permite suponer cuál ha sido nuestro hechizo. Diego García ha logrado así otro testimonio necesario para su exhibición, con el vigor de una cinematografía que retrata a Beatriz González y como base creativa en contra de la destrucción a la que se acostumbró Colombia, vista día tras día como una naturaleza muerta –o como un país donde la muerte es natural en términos grotescos.

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