Si Alexander Calderón y Cormac McCarthy concibieran la literatura como un juego de estrategia, Anton Chigurh y el teniente Ramiro serían las fichas con las que alcanzarían las jugadas más ingeniosas. La agilidad narrativa que se encuentra en La huida, la novela del bogotano, hace que las apariciones del malévolo comandante guerrillero resulten de una frialdad lacónica y engreída propias de un homicida que se sabe poseedor de un gran poder. Escritores de semejantes alcances, logran que se desprecie a estos villanos a la vez que se reconoce la vitalidad fundamental de su presencia en la trama.
Con el teniente Ramiro, Alexander dibuja con trazos salvajes la patológica manía del poder para crear sus propios enemigos, sus propias amenazas, sus villanos favoritos. La huida aterra de principio a fin a través de una narración cinematográfica de primer primerísimo plano donde los pliegues de la trama se desdoblan en la narración desde el punto de vista de cada uno de los personajes; algunos de los cuales establecen un contraste donde la humanidad, la compasión, la solidaridad y el amor son la verdadera revolución de un mundo convulsionado por el horror.
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Personajes como Adela y Carlos se arrojan por la voluntad de su amor y caen en la boca del lobo para salvar a su familia. A su paso se cruzan con la sapiencia médica de Luciano y Germán Guzmán, padre e hijo cuya generosidad alivia los males de una revolución que en otro tiempo parecía necesaria pero que hoy convulsiona en estertores sanguinolentos manchados de plomo. Gente sencilla, con nobles intenciones y sentimientos sinceros, interviene como salvadores y víctimas instantáneas del salvajismo obsesivo de Ramiro y sus esbirros alimentados por su propio miedo.
La huida de Adela y Carlos resulta un permanente torbellino envolvente donde los brazos del horror son los maquiavélicos tentáculos del teniente Ramiro quien, con su olfato de malévolo chacal, se encuentra al acecho de los protagonistas que se procuran los medios y las fuerzas para eliminarlo y, con él, a las disidencias de una guerrilla anacrónica y moribunda que deambula a paso de zombi por la Colombia del siglo XXI.
Con su novela, Alexander Calderón hace una pesquisa sensible en los andamiajes de esa degeneración política que llamamos guerra. Es pesquisa porque se atreve a cambiar de perspectiva con tal de hallar la voz de cada personaje; es sensible porque logra que las voces vuelvan sobre los personajes en un autodescubrimiento minado por las circunstancias del poder que los acosa, los empuja y los aterra.
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El escritor bogotano desliza su prosa por el salvaje vértigo de dos guerrilleros que deciden retornar al mundo del que la incertidumbre social de una época donde el caos se alimentaba de sí mismo, los había arrancado en su juventud; este retorno los enreda en el reto de la destructiva autoconciencia del teniente Ramiro, un psicópata que alterna sus tortura con sesudas reflexiones filosóficas sobre el destino y el poder que alcanzan su punto más alto con afirmaciones desquiciadas como “no se dan cuenta de que yo soy un mal necesario y además soy el resultado de la falta de compromiso, de honor y de lealtad”.
El anhelado cese al fuego que perdura a lo largo de la lectura de La huida mantiene al lector suspendido en el frágil cristal de la existencia de una pareja de desmovilizados que, para escapar de su pasado, deben enfrentarse al ineluctable y demoniaco poder de esa beligerante historia que parece no desistir nunca de empujarlos en una huida signada por la tragedia de la maldad.
Con esta novela parece perfilarse el primer libro de una saga donde el lector es sobreviviente y testigo de la aparente victoria de la desesperanza, el miedo y la fuerza sobre la libertad, la solidaridad y el amor. La descarga electrizante que resulta de su lectura, pareciera buscar que nadie permanezca impasible ante las aparentes políticas del destino donde supuestamente el mal, el crimen, la violencia son consecuencia lógica de la corrupción y la indiferencia.