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Como Pinzón en el agua

El nadador bogotano, segundo puesto en el Deportista del Año de El Espectador, obtuvo medallas en Singapur, Beijing, Tokio y Guadalajara. Ahora se prepara para los Juegos Olímpicos.

10 de diciembre de 2011 - 09:05 p. m.
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En el agua, su medio natural, Ómar Andrés Pinzón García se enteró de dos cosas. Primero, supo que los suaves impactos de las olas al rozarle las orejas se podían traducir en motivaciones para llegar al otro lado de la piscina. Y segundo, comprendió que cada vez que se sumergía, su niño interior lo acompañaba para hacerle un guiño tan vistoso como colorido, y gritarle “eres un duro” por haber conseguido gran parte de lo que alguna vez anheló.

En esos tiempos cuando decidió que lo suyo era seguirle la estela a Neptuno (también llamado Poseidón en la mitología griega) para hacerse amigo de lo acuático y dominar, de alguna manera, un escenario distinto al de la totalidad de los mortales, supo sin teorizar mucho que su biotipo era el óptimo para moverse con destreza dentro del agua. Esa ventaja, representada solamente en el beneficio de no empezar de ceros, había que aprovecharla y desde pequeño lo empezó a hacer con más trabajo y más disposición.

“Sé que fui diseñado para la natación”, comenta Ómar Andrés sin el menor asomo de duda, tal y como actúa cuando decide lanzarse al agua y empezar a sincronizar los brazos, las piernas y toda su figura en torno a un solo objetivo: llegar primero. A este bogotano que nació el 17 de junio de 1989, le incomoda ocupar la segunda estación. Esos lugares sin un protagonismo propio y de los que la gente se acuerda sólo como anecdotario sin una real valoración, no están hechos para él.

Su profesión de economista, recientemente graduado de la Universidad de la Florida, lo tiene acostumbrado a manejar muy bien los números. Sabe a la perfección cuáles son sus registros en natación, así como está en la capacidad de establecer la variabilidad de la oferta y la demanda en un terreno tan particular como el escenario deportivo en América Latina. Esa condición tan inestable como la reacción del agua misma cuando un cuerpo se sumerge en ella, lo hizo pensar en radicarse y prepararse en Estados Unidos, pero para poder representar mejor, con más nivel competitivo, a su país.

“Los que sabemos de economía, tenemos claro que hay un costo y hay un beneficio, y eso lo vemos en cualquier aspecto de la vida. De acuerdo con eso evaluamos los pros y los contras. Yo debo tomar decisiones cada segundo y establecer si resultan beneficiosas para mí y para mi deporte, y por eso opté por concentrarme en una nación distinta a la colombiana”, argumenta Pinzón, quien cree en aquel dicho popular que reza que la excelencia no es un acto, sino un hábito. La vida y la competencia le han mostrado que cuando se concentra en que puede llegar al tope, es cuando ha logrado cosechar más triunfos.

Sus medallas, desde las primeras obtenidas en competencias nacionales y regionales, pasando por las preseas más luminosas de los campeonatos mundiales hasta llegar a las recientes en Singapur, Beijing, Tokio y Guadalajara, no han sido el resultado del azar ni una demostración de la existencia del arte mágico, son la prueba de la tranquilidad que le produce a Ómar Andrés entrar en contacto con el agua y al mismo tiempo un impulso casi innato de moverse a la velocidad de un turbo cuando le dan la partida, sin importar si se trata de la modalidad libre, espalda o combinado.

Para él, los límites están en el universo y mientras mejor siente que es su desempeño, empieza a escribir la exigencia con letras mayúsculas. Que le digan que es el mejor nadador de la historia en Colombia, es un motivo de orgullo, pero en estas palabras no hay abonos para sus sueños y su mentalidad siempre ha sido crítica y cuestionadora.

“He visto muy poca evolución en nuestra natación. Pablo Restrepo fue hace 28 años y creo que estamos esperando que salga un talento al azar y se desarrolle por él mismo. No existen presupuestos y en este tipo de disciplinas hay mucho potencial que necesita un proceso para consolidarse en resultados internacionales”, asegura el deportista cuya máxima motivación ha sido la historia de su padre, Ómar Pinzón, uno de sus principales apoyos desde que, con una terquedad más poderosa que su ambición, escogió esta manera de devorar el mundo, el mundo acuático, a través de brazadas y patadas.

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Durante las etapas de estiramiento y calentamiento, tal vez las más importantes para un deportista de alta competencia, Pinzón trata de no meterse muchos cuentos en la cabeza. Sabe que hay factores predeterminados como la motivación, la condición aguerrida, y por eso siempre que va a competir se desvive por entregarlo todo. “Si me van a ganar deben hacerlo con el esfuerzo más inhumano del mundo, porque yo nunca me voy a dejar derrotar fácil”, concluye pensando ya en lo que será su participación en los Juegos Olímpicos Londres 2012, donde, como hasta ahora, entrará al agua pensando que ese es su medio natural.

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