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Confesiones de un violador 

La gente debe reconocer que una violación no es un asunto meramente sexual.  Una violación conlleva un asunto sobre el poder. La urgencia de perpetuarlo, a la fuerza,  o con su consentimiento, sobre una hembra o un macho. 

03 de febrero de 2018 - 01:53 p. m.
Cortesía Animal Político
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Rara vez un secreto se vuelve de dominio público. A menos que los implicados lo den a conocer. O que la información se filtre y tenga repercusiones que pueden llegar a hacer tambalear un gobierno, como en el caso Bill Clinton y Mónica Lewinsky.  La confesión de un acto de violación por parte de una reconocida periodista conmocionó al país. Su secreto se volvió viral, llegó a formar parte de conversaciones de esquina y cientos de notas de prensa, tanto por los implicados en el hecho, como por su testimonio como prueba para acusar un delito. 

El juego del poder de alguna forma también conlleva una seducción. El violador siente una chispa de luz.  El anhelo de un deseo que no  puede satisfacer en su intimidad.  El violador rara vez es capaz de sostener una relación amorosa por muchos años porque su conducta afectiva es enfermiza. Puede hacer el amor con su mujer o su compañera, o incluso con su novia, por determinado tiempo. Pero el juego del poder le hierve la sangre. Y debe acceder físicamente a alguien que no opondrá resistencia. Y que guardará silencio por años, por miedo. Y por vergüenza.

Lo más probable, es que el violador ni siquiera deba ofrecer algo a cambio, como sucede con los niños. A quienes engañan por dulces, juegos, dinero. Cualquier cosa. Con una persona adulta pocas veces existe una transacción económica de por medio porque siempre existirá un juego de intereses macabro. Si un jefe llama a la puerta de la habitación del hotel, de noche, y en horas fuera del horario laboral, es probable que no se trate de una solicitud de una taza de azúcar. 

El sexo en esta sociedad es un intercambio donde se miden fuerzas. Quizá no hubo sometimiento violento, implícitamente, no hubo mordazas, ni arma blanca. El sometimiento radica en la sumisión. Usted se cree muy digna y muy bonita y muy poderosa y muy casada con su marido. Pues está muy equivocada. Yo soy su patrón o su padre o su consejero o su profesor, o cualquier situación de superioridad. Y usted; no es nadie, simplemente una mujer. Y aquí le dejo su “regalito” para que nunca lo olvide. 

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