Si fuera cierto que los dioses se confabulan para determinar el destino de cada individuo, se podría pensar que con el escritor y periodista Pico Iyer no lograron ponerse de acuerdo, y por ello, lo condenaron a vagar y vagar por el mundo, como cuenta la mitología que hicieron con Odiseo.
Si, por el contrario, llegara a ser cierto que tenemos el poder del libre albedrío, confirmaríamos que Iyer hizo hábil uso de este destino errante para hacer de él su forma de vida y de crecimiento interior. Antes de desembarcar en Bogotá para participar en el Festival Malpensante 2008, el escritor de Dalai Lama: An open road habló con El Espectador.
Usted, que ha viajado de muchas maneras, (como escritor para las guías Let´s go, cuando niño con su familia), ¿cree que esto cambia la perspectiva?
Ciertamente cada viaje es diferente, pero creo que cualquier viaje puede abrirnos los ojos si uno decide que así sea. La belleza de un viaje es que invita a encender todos los sentidos y a prestar atención a aquellas cosas que en casa se dan por hecho. Así, apenas uno lo decide, todo es interesante, incluso prender la Tv. o ir a Mc Donald’s. Creamos el mundo de acuerdo a cómo escogemos mirarlo.
¿Conoce Colombia, qué idea tiene de nuestro país?
Cuando tenía 18 —en 1975— me tomé un año para viajar. Tomé un bus desde Tijuana y recorrí México y Guatemala. Llegué hasta Cartagena, Bogotá, San Agustín y otras ciudades de Colombia. Luego seguí para Ecuador, Perú y Bolivia, antes de volar a Brasil.
Todavía recuerdo claramente mis días en Bogotá, en un hotelucho de nombre Hotel Picasso en una zona bastante peligrosa (que una guía me recomendaba porque era barato). La ciudad tenía una atmósfera muy poderosa, y aunque visité museos y lugares turísticos, lo que más recuerdo son las nubes grisáseas y el ambiente en la noche, ese sentido de cultura sofisticada y sombra.
Recorrí a caballo la zona selvática cerca de San Agustín para ver los tesoros arqueológicos, y casi no pude volver a sentarme en un bus por la falta de costumbre. Una de las razones por las que me parece tan interesante ir al festival y dije que sí enseguida, es mi apetito de volver a este país.
¿Hay algún lugar para volver siempre ? ¿Algo como su hogar?
Creo que tengo dos hogares. Uno es Japón, en donde vivo hace ya 20 años y el otro es un monasterio benedictino en California, donde paso cuatro periodos al año desde hace 17 años, aunque no soy católico. Siento que mientras más viajo más necesito la quietud. Recorrer el mundo sólo tiene sentido si uno tiene una base, una perspectiva que no cambia, a la que se puede volver.
Mi hogar oficial es en California. Allí vive mi madre, pero el verdadero hogar que habitamos consiste en la gente que amamos, los libros, películas y discos que tienen un significado para nosotros. Siempre he creído que es invisible, y ese ideal lo llevo a donde voy.
¿Usted cree que hay lugares más espirituales que otros? ¿O hay sólo viajeros espirituales?
¡Qué hermosa pregunta! Y realmente como lo dije antes, creo que nosotros creamos los lugares que visitamos con lo que llevamos a cuestas. Algunas personas viajan al Tíbet y ven sólo edificios y centros comerciales, otros, como el Dalai Lama, pueden encontrar paz y caridad en el aeropuerto de Los Ángeles. Es cierto que hay culturas que han trabajado más que otras en desarrollar la contemplación (el viejo Tíbet), el silencio (Japón) o la trascendencia (las grandes catedrales).
¿Cuál es el lugar más remoto y el más cosmopolita que conoce?
Corea del norte es el lugar más aislado y escalofriante en el que he estado. Es como otro planeta. Todo lo que yo consideraba humanidad o realidad estaba completamente cambiado en un país que no tiene contacto con el mundo exterior; que construyó un estadio Olímpico, aunque nunca hayan realizado unas olimpiadas, y tiene hoteles de 104 pisos para turistas que nunca han dejado entrar.
Por el contrario, Toronto es la ciudad más globalizada del planeta, y creo que culturalmente la más dinámica, vivaz y moderna. Para mí representa una de las mejores promesas de la comunidad global, más que N.Y. o Londres, Los Ángeles o Sídney, en parte porque su gobierno ha pensado con profundidad sobre la globalización y en parte porque no se comporta como el centro del mundo.
Muchos critican al Dalai Lama por su cercanía con occidente, ¿cree usted que ha perdido el camino espiritual?
No, ni el sentido de su misión, ni su propósito monástico. Yo lo he visitado en su lugar de exilio en Dharamsala, India, desde hace 33 años y ha estado siempre dedicado y devoto a su trabajo como monje. Pero los que lo miran, con frecuencia proyectan sus propias ideas sobre él, así que en Beijing lo consideran un demonio, y en California como un amigo de las estrellas de cine.
Cuando le pregunté al respecto me dijo que no había nada que hacer si la gente escogía verlo como una celebridad, salvo mantener su motivación pura. Él es, de hecho, el político más realista, y tal vez, la figura pública más impresionante que conozco. Precisamente porque trae al mundo de las celebridades toda la permanencia y el vacío de un monje.
El Buda tenía el mismo problema, casualmente. Por 500 años fue representado solamente como un par de huellas o un trono vacío. Cuando el budismo se volvió popular y llego a Europa, los griegos lo esculpieron con el rostro de Apolo. Hoy el mismo proceso toma 500 minutos.
¿Cree que con la presión internacional China podría cambiar de actitud?
Creo que este momento ofrece una gran oportunidad al mundo para pedirle a China que se mire con honestidad y piense realmente en la situación del Tíbet, y así se ofrece una gran oportunidad a los líderes de Beijing de ganar un lugar verdadero en el mundo. Y ciertamente deberían y podrían encontrarse con el Dalai Lama. ¿Qué es tan terrible de encontrarse con un monje de 72 años que ganó el Premio Nobel de Paz y es aclamado mundialmente como un hombre de paz?
En la aldea global, la preocupación de cualquier región debe ser la preocupación de todos. Y nosotros todos, como lo dice el Dalai Lama, necesitamos que China y el Tíbet sobrevivan. Somos como un solo cuerpo que necesita dos piernas, dos brazos y los ojos funcionando bien. Golpear a China o al Tíbet es tan contraproducente como golpear nuestra pierna. Entonces, ciertamente, Tíbet debe ser nuestra preocupación y debemos tratar de protegerlo así como lo hacemos con Ruanda, Colombia o cualquier otro miembro que lo necesite.