No hay forma de que haya una pizca de orden. No cuando en un espacio estrecho y caluroso, más de 23 modelos corretean, cortas de ropa, en busca del vestido que tienen asignado para desfilar, para pasar luego a encontrar entre el sinnúmero de estantes los zapatos dorados que corresponden a su look —que no siempre corresponden a su talla.
No hay orden, pero hay devoción. Hasta para las modelos más famosas y experimentadas en pasarelas de alta talla, como Tala Restrepo, Tuti Barrera y Lina Marulanda, llevar los vestidos diseñados por la barranquillera Silvia Tcherassi siempre representa una sacudida, una pulsión de país.
Mientras tanto, Silvia Tcherassi sonríe y se mantiene serena como algunos de los tules de sus vestidos. Camina y a su paso va anudando moños en la espalda de un corsé, pone a un cinturón algún broche extraviado y luego va ciñendo, unos cuantos milímetros, un vestido drapeado y con cadencia a una cintura minúscula. Da instrucciones aquí y allá y hasta tiene tiempo para darse un retoque de su rojo labial.
Los vaticinios de la periodista y crítica de moda española Lola Gavarrón —quien al verla en uno de sus primeros desfiles en Medellín auguró que en menos de diez años conquistaría las más grandes pasarelas europeas— parecen retumbar en el ambiente y hacerse materia en unos vestidos que desvelan el recorrido que Silvia Tcherassi ha caminado. Cada color revela ser resultado de arduos trabajos de laboratorio y la combinación inusual de los estampados logra una propuesta alegre y festiva.
La diseñadora, radicada en Miami, llegó a la capital paisa por una invitación de la Corporación Antioquia Mía, que trabaja en la consecución de fondos para proyectos educativos infantiles. De hecho, esa ha sido una de las condiciones que la creadora barranquillera ha puesto para presentar sus colecciones en el país: que las pasarelas se hagan con un fin, que todo vaya más allá de hacer una apuesta creativa y llena de magia.
Los primeros beats de música empiezan a sonar y la ansiedad se incrementa. Las modelos más jóvenes no pueden evitar mirarse una y otra vez en los grandes espejos dispuestos en la pared que separa la pasarela del backstage. La hora ha llegado, es tiempo de empezar. Una a una, las modelos van saliendo a pasarela con chaquetas cremas y ocres con cierres voluminosos, faldas que cobijan las rodillas, con prenses y mucho vuelo y una que otra blusa vaporosa con los hombros destapados.
Allegra, la colección Primavera-Verano 2008 de Silvia Tcherassi, es un artístico ejercicio a través del color que explora elementos insospechados como el uso de cremalleras que aparecen en el borde de las faldas, al frente de las blusas y en apliques y que, renunciando a su función utilitaria, se convierten en parte del proceso de embellecimiento de las piezas.
Mientras el desfile transcurre, piezas más elaboradas y glamurosas van saliendo a pasarela. Las modelos van cambiando sus ropas y ganan un toque de sofisticación con los trajes de noche en los que las siluetas son una aproximación renovada a las que usaron las estrellas de Hollywood en los años 50, con énfasis en la cintura y algunos corsés de colores. Las combinaciones de distintos tipos de encaje y tules generan formas geométricas, contrastes y volúmenes. Así crean texturas únicas y originales.
Un estruendo se oye en el escenario y es la señal, ya bien conocida por la barranquillera, de que es hora de firmar su obra, de salir y brindarles una sonrisa a los que han disfrutado del espectáculo.